La noche descendió sobre la mansión Moretti como un sudario de terciopelo negro. En su habitación, Elena sostenía el pequeño frasco de cristal contra la luz de la lámpara. El líquido en su interior era transparente, inocuo a simple vista, pero para ella pesaba más que una piedra. Era una solución de atropina diluida, suficiente para mantener las pupilas de Dante dilatadas y su enfoque borroso, retrasando la recuperación de su agudeza visual sin causar daño permanente.
Era una violación de todo