La mansión Moretti no era solo una casa; era un organismo vivo que respiraba a través de sus conductos de ventilación y vigilaba con los ojos electrónicos de sus cámaras de seguridad. Elena lo sabía. Cada vez que salía de su habitación, sentía el peso de la observación. Pero esa noche, la rabia que sentía por ver a su padre encerrado en aquel sótano era más fuerte que su miedo a los guardias o a la oscuridad de Dante.
Eran las dos de la mañana. El silencio en el ala este era absoluto, roto solo