El rugido de la explosión aún vibraba en los oídos de Elena, un zumbido metálico que amortiguaba los sonidos del bosque. El aire era gélido, pero el calor del incendio a sus espaldas proyectaba sombras largas y erráticas que bailaban entre los pinos.
—¡Por aquí! —susurró Elena, tirando del brazo de Dante.
Él se movía con una torpeza que le partía el alma, tropezando con las raíces que sobresalían como garras de la tierra. Dante respiraba con dificultad; el impacto contra el suelo le había robad