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El trayecto hacia la costa se sentía como un funeral.
Elena Valenti miraba por la ventanilla del sedán negro, observando cómo la lluvia golpeaba el cristal con una violencia rítmica, casi acusadora. A su lado, su maletín médico —el mismo que había cargado con orgullo durante su residencia en el hospital general— parecía ahora una condena. No iba a salvar vidas en una sala de urgencias; iba a entregar la suya a cambio de la de su padre.
—¿Falta mucho? —preguntó Elena. Su voz sonó más pequeña de lo que pretendía.
Bruno, el hombre sentado al volante, no se molestó en mirarla por el retrovisor. Sus manos, curtidas y con cicatrices en los nudillos, apenas se movían sobre el cuero del volante.
—Falta lo suficiente para que te arrepientas si estás pensando en saltar del coche, doctora —respondió él con una voz monótona—. Aunque no te lo aconsejo. Los hombres del señor Moretti son excelentes rastreadores.
Elena apretó los dientes y volvió la vista al paisaje. Su mente retrocedió, como lo había hecho mil veces en las últimas cuarenta y ocho horas, al momento del accidente. Recordó a su padre, Alberto, entrando en casa con el rostro desencajado y la ropa manchada de hollín. “Fue una válvula, Elena. Un error en el sistema de presión. Yo no sabía que el señor Moretti estaba en la sala de calderas…”.
Pero en el mundo de la mafia, la ignorancia no era una excusa. La explosión no solo había destruido una parte de la mansión; había destrozado los nervios ópticos de Dante Moretti, el heredero de un imperio construido sobre el miedo y la sangre.
Cuando el coche finalmente cruzó las imponentes puertas de hierro de la finca, Elena sintió un escalofrío. La propiedad era una fortaleza de piedra gris y jardines que, bajo la lluvia, parecían laberintos diseñados para ocultar secretos. No había flores de colores, solo arbustos perfectamente podados y estatuas de ángeles que parecían llorar bajo el agua.
El coche se detuvo frente a la escalinata principal. Bruno bajó y le abrió la puerta con una cortesía que se sentía falsa, casi burlona.
—Bienvenida a su nueva casa, doctora. Trate de no romper nada más. El señor Moretti tiene un inventario muy estricto de sus posesiones.
Elena ignoró el comentario y subió los escalones con la cabeza alta. Si iba a ser una prisionera, sería una que mantuviera su dignidad.
El interior de la mansión era un despliegue de opulencia fría. Mármol negro, techos altos con molduras de oro y un silencio tan pesado que se podía sentir en los oídos. Una mujer mayor, vestida de negro riguroso, la recibió en el vestíbulo.
—Soy la señora Rosa, la ama de llaves —dijo sin ofrecerle la mano—. El señor la espera en su ala privada. No le gusta esperar y, desde el accidente, su paciencia es inexistente. Sígame.
Subieron por una escalera de caracol que parecía no tener fin. Elena notó que todas las bombillas del pasillo superior habían sido cambiadas por luces tenues, casi imperceptibles. La oscuridad empezaba mucho antes de llegar a la habitación del capo.
Rosa se detuvo ante una puerta de roble doble y pesado. Miró a Elena con una mezcla de lástima y advertencia.
—Un consejo, doctora: él no quiere compasión. Quiere resultados. Si siente que lo tratas como a un inválido, te echará a los perros antes de que puedas decir tu nombre.
Sin esperar respuesta, Rosa abrió la puerta.
La habitación estaba sumida en una penumbra casi total. El único sonido era el crepitar de una chimenea que apenas daba luz. El aire olía a madera quemada, whisky caro y algo más... algo metálico y peligroso.
Sentado en un sillón de cuero, de espaldas a la puerta, estaba él.
Incluso en la penumbra, la figura de Dante Moretti era imponente. Sus hombros anchos llenaban el respaldo del asiento, y su postura era de una rigidez absoluta. No llevaba la venda puesta; sus ojos estaban cerrados, y su cabeza estaba ligeramente inclinada hacia un lado, como si estuviera diseccionando el sonido de la respiración de Elena.
—Tres minutos tarde, doctora Valenti —dijo Dante. Su voz era un barítono profundo, cargado de un veneno tranquilo—. Espero que su precisión con el bisturí sea mejor que su sentido del tiempo.
Elena dio un paso al frente, haciendo que sus tacones resonaran contra la madera del suelo.
—El retraso se debió al estado de sus carreteras, señor Moretti. Y si me permite un consejo médico antes de empezar: la puntualidad es lo último que debería preocuparle cuando sus córneas están en un estado crítico.
Dante se tensó. Lentamente, giró la silla para quedar de frente a ella. Elena contuvo el aliento. Era, sin duda, el hombre más apuesto que había visto nunca, pero su belleza era cruel, afilada como una cuchilla de afeitar. Su mandíbula estaba perfectamente definida, y su cabello oscuro caía sobre una frente que ahora estaba surcada por una expresión de desprecio.
Sus ojos permanecían cerrados, pero sus párpados estaban ligeramente enrojecidos.
—Acércate —ordenó él.
Elena no se movió. —Tengo nombre, señor Moretti. Y tengo un protocolo. Primero, necesito ver sus informes médicos previos y preparar una zona de examen higienizada.
Dante soltó una risa seca, un sonido que no tenía nada de alegría. Se puso de pie con una agilidad sorprendente, extendiendo una mano para tantear el borde de una mesa antes de caminar hacia ella. Cada paso era una amenaza. Se detuvo a escasos centímetros de ella. Elena podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el aroma de su perfume, una mezcla de sándalo y peligro.
—Tú no tienes protocolos aquí —susurró él, inclinándose tanto que ella pudo sentir su aliento en la mejilla—. Tienes una deuda. Tu padre me robó la vista por su incompetencia. Ahora, tú me vas a devolver cada rayo de luz que él me quitó. Y mientras lo haces, me pertenecerás.
—Yo no pertenezco a nadie —replicó Elena, clavando sus pies en el suelo, negándose a retroceder a pesar de que el corazón le latía contra las costillas como un pájaro enjaulado—. Estoy aquí para hacer mi trabajo. Si quiere un esclavo, contrate a alguien más. Si quiere volver a ver, quédese quieto y déjeme examinarlo.
Dante alargó una mano con rapidez felina y le atrapó la barbilla. Sus dedos eran fuertes, y su agarre, aunque no llegaba a ser violento, era una clara demostración de poder. Él movió el rostro, "buscándola" con sus otros sentidos.
—Tienes una lengua muy afilada, doctora. Me pregunto si tus manos serán tan valientes como tus palabras cuando sientas el peso de lo que sucede en esta casa si fallas.
Él la soltó con un gesto despectivo, como si se hubiera cansado de un juguete nuevo tras solo unos segundos.
—Instálese en el cuarto contiguo —dijo él, volviendo a sentarse en las sombras—. Estará a mi disposición las veinticuatro horas. Si necesito algo a las tres de la mañana, estará aquí. Si quiero que me lea informes mientras me ducho, estará aquí. Mi ceguera es su nueva religión, Elena. Empiece a rezar para que sea una de corta duración.
Elena lo miró por última vez antes de salir. Dante se había hundido de nuevo en su sillón, fundiéndose con la oscuridad de la habitación. Ella apretó el asa de su maletín. La batalla acababa de empezar, y sabía que, en esa casa, la medicina no sería su única herramienta para sobrevivir. Tendría que aprender a luchar en la oscuridad de un hombre que, incluso sin ojos, era capaz de ver todos sus miedos.







