Mundo ficciónIniciar sesiónLa habitación asignada a Elena era un monumento a la ironía. Las sábanas eran de seda egipcia con un conteo de hilos que probablemente costaba más que su coche, y los muebles eran antigüedades de caoba talladas a mano. Sin embargo, no importaba cuántos lujos amontonaran en esos metros cuadrados: para ella, el aire se sentía viciado, como el de una celda de castigo.
Se sentó en el borde de la cama, todavía con el uniforme puesto, escuchando el golpeteo incesante de la lluvia contra los ventanales reforzados. No había cerradura por dentro. Ese detalle le escocía más que las amenazas de Dante. En esa casa, su privacidad era un concepto que dependía enteramente de la voluntad de un hombre que no creía en las fronteras de los demás.
Elena abrió su maletín sobre la colcha y comenzó a organizar sus instrumentos por pura inercia, intentando calmar el temblor de sus manos. Estetoscopio, oftalmoscopio, gotas anestésicas, gasas estériles... El orden era lo único que la mantenía cuerda.
De repente, un estrépito rompió el silencio sepulcral del ala este.
Fue el sonido de algo pesado golpeando una pared, seguido del cristal haciéndose añicos. Elena se puso de pie de un salto, con el corazón martilleando contra sus costillas. El ruido provenía de la habitación contigua. La habitación de Dante.
Se acercó a la puerta de comunicación que unía ambas estancias. Sabía que no debía entrar sin ser llamada, pero los ruidos que siguieron no eran de un hombre con poder, sino de un animal herido. Escuchó un gruñido de frustración absoluta, el sonido de libros siendo lanzados al suelo y, finalmente, un silencio denso y cargado de dolor.
Elena apoyó la oreja contra la madera.
—¡Maldita sea! —la voz de Dante llegó ahogada, despojada de su habitual tono de mando. Sonaba rota—. ¡Malditos sean todos!
Elena dudó. Su instinto profesional le decía que el estrés postraumático tras una pérdida sensorial repentina podía ser devastador. La rabia era solo la superficie de un mar de miedo. Sin pensar demasiado en las consecuencias, giró el pomo y abrió la puerta apenas unos centímetros.
La suite de Dante estaba en total oscuridad, pero la tenue luz que entraba desde el pasillo reveló el desastre. Una lámpara de cristal yacía destrozada en el suelo; un mueble bar había sido volcado, y el olor a whisky inundaba el ambiente. Dante estaba de pie en medio del caos, con la camisa desabrochada y el pecho subiendo y bajando con violencia. Tenía una mano apoyada en la pared para no perder el equilibrio, y la otra apretada en un puño que sangraba ligeramente.
—Señor Moretti… —susurró Elena.
Él se giró hacia ella con una rapidez que la hizo retroceder. Sus ojos estaban abiertos, fijos en un punto por encima del hombro de ella, vacíos y nublados por la penumbra.
—¿Quién te dio permiso para entrar? —rugió él. La vulnerabilidad de hace un segundo desapareció, reemplazada por una hostilidad gélida—. ¡Fuera!
—Es usted mi paciente y he oído un estruendo —respondió ella, forzando una calma que no sentía mientras entraba por completo en la habitación—. Se ha cortado la mano. Déjeme verla.
—He dicho que te largues, doctora —dijo él, dando un paso hacia ella. Tropezó con los restos de la lámpara y soltó un siseo de dolor, perdiendo el equilibrio.
Elena se movió por instinto. Se acercó rápidamente y le tomó del brazo para estabilizarlo. El contacto fue como una descarga eléctrica. El brazo de Dante era puro músculo, tenso como un cable de acero. Él intentó zafarse con un movimiento brusco, pero Elena no lo soltó.
—¡Suéltame! —gruñó él, su rostro a escasos centímetros del de ella. Elena podía oler el alcohol y el sudor frío—. No necesito tu lástima, ni tus manos tocándome como si fuera un inválido.
—No es lástima, es medicina —le espetó ella, plantándole cara—. Y si sigue moviéndose así entre cristales rotos, va a terminar con una infección que será el menor de sus problemas. Siéntese en la cama. Ahora.
Hubo un segundo de silencio donde Elena pensó que él la golpearía o la echaría a gritos de la casa. Pero algo en la autoridad tranquila de la doctora pareció perforar la neblina de rabia de Dante. Él soltó un suspiro áspero y dejó que ella lo guiara hacia el borde del colchón.
Elena se arrodilló entre sus piernas para examinar la herida de su mano. Sacó un pañuelo limpio de su bolsillo y comenzó a presionar el corte en sus nudillos. Dante permanecía inmóvil, con la cabeza ladeada hacia arriba, como si estuviera intentando descifrar quién era esta mujer que no temblaba ante él.
—Eres muy valiente o muy estúpida —dijo él en voz baja. La furia había bajado de intensidad, dejando paso a una curiosidad peligrosa.
—He tratado con pacientes mucho más difíciles que usted en las salas de urgencias de la ciudad, Moretti —respondió ella mientras limpiaba la sangre—. Usted solo es el que tiene la casa más grande y el ego más frágil.
Dante soltó una risa corta, casi inaudible. —Mi ego está perfectamente. Son mis ojos los que han fallado.
—Sus ojos sanarán si deja de intentar destruir su habitación cada vez que se siente frustrado —Elena levantó la vista y, por un momento, olvidó que él no podía verla. Observó la línea de su cuello, la fuerza de su mandíbula y la soledad que emanaba de cada uno de sus poros—. Mañana haremos el primer examen detallado. Necesito que descanse. Le pediré a Rosa que limpie esto.
—No llames a nadie —ordenó él, atrapándole la muñeca con la mano que no estaba herida. Su agarre no era violento, pero era absoluto—. No quiero que nadie me vea así. Ni Bruno, ni Rosa. Nadie.
Elena sintió el calor de sus dedos rodeando su piel fina. La vulnerabilidad que él acababa de confesar —el deseo de no ser visto en su debilidad— la conmovió a pesar de sí misma.
—Está bien —accedió ella en un susurro—. No llamaré a nadie. Pero debe prometerme que se quedará en la cama.
Él no respondió de inmediato. Deslizó sus dedos por la muñeca de Elena, subiendo lentamente por la parte interna de su antebrazo, una caricia exploratoria que hizo que a ella se le cortara la respiración. Era como si Dante estuviera intentando dibujar su forma en su mente a través del tacto.
—Tienes la piel suave, doctora —murmuró él, con una voz que envió un escalofrío por la espalda de Elena—. Demasiado suave para este lugar. Mañana, cuando empieces a hurgar en mis ojos, recuerda este momento. Recuerda que tengo tu vida y la de tu padre en mis manos, del mismo modo que tú tienes mi vista en las tuyas.
Él la soltó bruscamente y se recostó en las almohadas, dándole la espalda.
Elena salió de la habitación con las manos temblorosas. Regresó a su cama, pero no pudo dormir. Se quedó mirando el techo, sintiendo todavía la presión de los dedos de Dante en su piel. Sabía que esa noche era solo el preludio. La rudeza de Dante era un muro alto, pero las grietas que había visto en la oscuridad le daban más miedo que sus amenazas. Porque esas grietas eran humanas, y lo humano era siempre mucho más difícil de combatir que lo monstruoso.
Al otro lado de la pared, Dante Moretti permanecía con los ojos abiertos en la negrura, escuchando el sonido de la respiración de Elena a través de la puerta entreabierta. Por primera vez desde el accidente, la oscuridad no se sentía tan vacía. Olía a lavanda y a una voluntad de hierro que empezaba a obsesionarlo.







