Cruzar de nuevo el umbral del salón principal fue como entrar en un foso de lobos con un vestido de seda. Elena sentía el frío del cristal del invernadero todavía pegado a su espalda y el calor de la mano de Dante, que ahora apretaba su antebrazo con una fuerza que amenazaba con dejar marcas moradas.
—Sonríe, Elena —susurró Dante, inclinándose hacia ella mientras avanzaban hacia la gran mesa imperial—. Si alguien ve esa cara de funeral, pensarán que te he contado un secreto. Y en esta mesa, los