La puerta de la cabaña del Cuervo cedió con un quejido de madera vieja y bisagras oxidadas. Al entrar, el aire rancio y el olor a polvo acumulado durante años los golpeó. No era el refugio de lujo al que Dante estaba acostumbrado; era una construcción ruda, un esqueleto de troncos diseñado para cazadores, no para capos de la mafia y doctoras vestidas de gala.
—Quédate aquí —ordenó Elena, ayudando a Dante a sentarse en un banco de madera cerca de la entrada.
—No veo nada, Elena —la voz de Dante