El traslado de Alberto Valenti no fue la escena cinematográfica que Elena había imaginado. No hubo fanfarrias ni disculpas. Simplemente, dos hombres de Dante aparecieron en el sótano, recogieron los planos y las herramientas del anciano y lo guiaron escaleras arriba, hacia una de las habitaciones de invitados del ala este, tres puertas más abajo que la de Elena.
Cuando Elena entró en la estancia, encontró a su padre sentado en un sillón de terciopelo verde. La luz natural de la tarde bañaba su