Elena comprendió esa mañana que las lágrimas no compraban libertades en la mansión Moretti. Tras el colapso en el baño, se miró al espejo y no reconoció a la mujer que le devolvía la mirada. Sus ojos, antes llenos de una chispa de rebeldía y esperanza, ahora eran dos esquirlas de cristal opaco.Si Dante quería un instrumento, eso le daría. Un bisturí no siente, no juzga y, sobre todo, no sufre.Se puso su uniforme blanco, lo alisó con una precisión obsesiva y se recogió el cabello en un moño tan tirante que le tensaba las sienes. Cuando entró en la habitación de Dante para el tratamiento matutino, no hubo portazos ni gritos. Entró como una sombra, en un silencio absoluto que pareció inquietar más al hombre sentado en la penumbra que cualquier insulto.—Buenos días, señor Moretti —dijo ella. Su voz era plana, despojada de toda inflexión emocional. Era la voz de una grabación, no la de una mujer.Dante, que estaba esperando el ataque, el reproche o el llanto tras lo ocurrido ayer en el
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