Mundo ficciónIniciar sesiónCuando huir es la única opción... pero él nunca acepta un no por respuesta. Eva Zenteno solo necesitaba una noche más. Una noche para desaparecer de la Ciudad de México con el dinero que le debían y comenzar de nuevo lejos de las deudas, las amenazas y los hombres peligrosos. Pero sus planes se destruyen en el momento en que cruza la mirada con Damián Oscura, el empresario más despiadado del país, un hombre acostumbrado a comprar voluntades, destruir enemigos y poseer todo lo que desea. Y ahora la desea a ella. Atrapada entre una deuda impagable y un pasado que la persigue, Eva no tiene más opción que aceptar la perturbadora propuesta de Damián: seis meses como su acompañante exclusiva a cambio de su libertad. Pero cada día bajo su control, cada roce calculado, cada palabra envenenada de deseo la hunde más profundo en un juego donde las reglas las dicta él... y la única forma de ganar es no enamorarse. Porque Damián Oscura no cree en el amor. Cree en el poder, la posesión y la venganza. Y Eva acaba de convertirse en su obsesión más peligrosa. Entre la humillación pública y los susurros prohibidos en la oscuridad, entre la guerra de voluntades y los secretos que podrían destruirlos a ambos, Eva descubrirá que huir de Damián Oscura es imposible. Pero quedarse junto a él podría costarle el alma.
Leer másEl tacón del zapato de Eva Zenteno se rompió en el peor momento posible: justo cuando los guardias de seguridad bloqueaban la única salida del salón.
El mármol del Hotel Monarca brillaba bajo los candelabros de cristal mientras Eva intentaba mantener el equilibrio. El vestido negro prestado se adhería a su piel sudorosa. Dentro del bolso apretado contra su pecho, el sobre con diez mil pesos crujía. Dinero que había ganado sonriendo cuatro horas al lado de un empresario aburrido. Dinero que no alcanzaba para la quimioterapia de Mateo, pero que era todo lo que tenía.
—Disculpe, señorita —la voz del guardia cortó sus pensamientos—. Necesito que regrese al salón.
Eva alzó la barbilla, proyectando una confianza que no sentía.
—Mi servicio terminó. Tengo derecho a irme.
El guardia intercambió una mirada con su compañero. Sus manos se movieron hacia los radios.
—Me temo que no puede irse todavía. Hay una situación que requiere su presencia.
—¡Ahí está! ¡Es ella!
Eva se giró. Una mujer de belleza artificial avanzaba hacia ella con pasos que resonaban como sentencias. Labios demasiado llenos, pómulos cincelados quirúrgicamente, vestido de diseñador. Sus ojos verdes brillaban con malicia pura.
—Valeria Montes —se presentó la mujer—. Y tú acabas de robarme un collar de diamantes.
—¿Qué? Yo no he robado nada.
—Revisen su bolso. Ahora.
Uno de los guardias extendió la mano. Eva retrocedió, apretando el bolso contra su cuerpo.
—No tienen derecho a...
—Podemos hacerlo por las buenas o por las malas, señorita.
Con manos temblorosas, Eva extendió el bolso. El guardia lo vació sobre una mesa. El sobre con dinero cayó primero, seguido de su celular con pantalla rota, un lápiz labial casi terminado.
Y entonces apareció un collar de diamantes que Eva nunca había visto en su vida.
—No... —la palabra salió como un susurro quebrado—. Eso no es mío. Alguien lo puso ahí.
La risa de Valeria fue como vidrio rompiéndose.
—Por supuesto. La excusa clásica.
—No soy una ladrona.
—Arrodíllate —ordenó uno de los guardias.
—¿Qué?
—De rodillas. Ahora.
Las manos del guardia la empujaron hacia abajo. Las rodillas de Eva golpearon el mármol frío. El vestido se deslizó más arriba de sus muslos mientras el guardia palpaba sus tobillos, sus pantorrillas.
La humillación quemaba. Eva podía sentir las miradas de los curiosos, escuchar sus murmullos. Una chica como ella, en un lugar como este. Por supuesto que era una ladrona.
Sus ojos se cerraron. Mateo. Tenía que pensar en Mateo. En su hermano de dieciséis años con leucemia que esperaba en un hospital, creyendo que su hermana encontraría la forma de salvarlo.
Sin ese dinero, no tendría tratamiento este mes.
—Suéltenla.
La voz cortó el aire como una hoja afilada. Profunda. Cargada de autoridad absoluta.
Eva alzó la vista.
Un hombre avanzaba con pasos medidos. El traje que vestía probablemente costaba más que el salario anual de Eva: negro impecable, corte perfecto. Pero no era la ropa lo que capturaba la atención.
Eran sus ojos.
Oscuros como la medianoche, enmarcados por pestañas envidiables, esos ojos examinaban la escena con una intensidad que hacía el aire más denso. Su rostro era una obra de arte masculina: mandíbula cuadrada, nariz recta, labios que formaban una línea delgada de desaprobación.
Los guardias retrocedieron automáticamente.
—Jeque Oscura —tartamudeó Valeria—. Yo solo estaba recuperando mi propiedad.
El hombre ni siquiera la miró. Sus ojos permanecieron fijos en Eva.
—Levántate —ordenó.
Los guardias la soltaron. Eva se incorporó con piernas temblorosas, intentando tirar del vestido hacia abajo. El tacón roto la hacía cojear.
Damián Oscura dio otro paso hacia ella. Era alto, mucho más alto. La diferencia la hacía sentir pequeña, vulnerable.
—No robé nada —dijo Eva, su voz más firme de lo esperado—. No sé cómo llegó ese collar a mi bolso.
Una ceja oscura se arqueó.
—¿No?
—No. Pero supongo que para gente como ustedes, una chica como yo siempre es culpable, ¿verdad?
El silencio fue denso. Valeria aspiró aire con fuerza. Los guardias intercambiaron miradas nerviosas.
Damián Oscura sonrió.
No fue amable. Fue la sonrisa de un tiburón que detecta sangre.
—Interesante. Valeria.
La mujer dio un paso adelante inmediatamente.
—¿Sí, Damián?
—Retira los cargos.
El rostro de Valeria palideció.
—Pero... el collar es mío. Ella...
—Dije que retires los cargos.
Valeria apretó los labios hasta volverlos blancos. Sus ojos se clavaron en Eva con odio puro. Pero asintió.
—Como desees.
—Pueden irse. El espectáculo terminó.
La multitud se dispersó. Valeria recogió su collar, dedicándole a Eva una última mirada que prometía venganza, y se alejó.
Eva soltó un suspiro tembloroso. Alcanzó su bolso, metiendo sus pertenencias con manos torpes.
—Gracias —murmuró—. Yo... gracias.
Comenzó a alejarse cuando la voz de Damián la detuvo.
—¿A dónde crees que vas, Eva Zenteno?
El miedo regresó. Se giró lentamente.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Damián extrajo su teléfono.
—Investigué tu nombre en los treinta segundos que me tomó llegar aquí. Eva Zenteno. Veintiséis años. Iztapalapa. Trabajas ocasionalmente como acompañante para cubrir gastos médicos de tu hermano Mateo, leucemia, Hospital General. Debes quinientos mil pesos a Héctor Villalobos.
Cada palabra era un golpe. El mundo se inclinó bajo sus pies.
—¿Cómo...?
—Tengo recursos. Y ahora tengo curiosidad.
Comenzó a caminar, pasando a su lado.
—Ven conmigo.
No era invitación. Era orden.
Eva siguió al hombre por el pasillo hasta un elevador privado. Damián insertó una tarjeta llave. Las puertas se abrieron.
—No voy a lastimarte. Solo quiero hablar.
Mentira. Eva lo sabía. Pero también sabía que no tenía opción.
Entró al elevador.
El espacio se sintió pequeño. Eva se pegó a la pared mientras Damián presionaba el botón del último piso. Podía oler su colonia: cara, especiada, masculina.
El elevador se detuvo. Las puertas se abrieron directamente a una suite. Minimalista, costosa, con ventanales que mostraban la Ciudad de México nocturna.
Damián se dirigió al bar, sirviéndose whisky. No le ofreció nada a Eva.
—Siéntate.
Eva permaneció de pie.
Damián se giró, apoyándose contra el bar.
—No robaste ese collar. Valeria lo plantó porque está celosa.
—¿Celosa de qué? Ni siquiera la conozco.
—No. Pero me conoces a mí ahora.
La confusión debe haberse reflejado en el rostro de Eva.
—Valeria fue mi amante hace seis meses. Cuando te vi esta noche, cuando noté cómo destacabas, ella también lo notó. Y decidió eliminarte.
—No soy una amenaza. Ni siquiera sé quién eres.
—Damián Oscura. Y eres más amenaza de lo que crees.
Tomó un sorbo de whisky.
—Pero eso no es importante. Lo importante es que estás en un problema. Debes quinientos mil pesos a Héctor Villalobos.
La sangre abandonó el rostro de Eva.
—Eso no es asunto suyo.
—Todo es asunto mío cuando me interesa. Y tú me interesas.
Las palabras colgaron en el aire, cargadas de significado.
—¿Qué quiere de mí?
Damián dejó el vaso, caminando hacia ella con pasos lentos. Eva retrocedió hasta que su espalda golpeó la pared. Él no se detuvo hasta estar tan cerca que Eva podía contar las motas doradas en sus ojos oscuros.
—Quiero hacerte una propuesta. Una que resolverá todos tus problemas.
—No estoy interesada en...
—Pagaré todas tus deudas. Quinientos mil a Villalobos. El tratamiento completo de tu hermano, mejores médicos, hospital privado. Te daré un millón de pesos adicional.
El aliento de Eva se atascó.
—¿A cambio de qué?
La sonrisa de Damián se ensanchó.
—Seis meses. De ti. Completamente. Tu tiempo, tu atención, tu cuerpo si así lo decido. Vivirás donde yo diga. Irás donde yo ordene. Harás lo que yo exija. Serás mía en todos los sentidos que importan.
Eva sintió náuseas.
—Está describiendo prostitución.
—No —se inclinó, su aliento caliente contra el oído de Eva—. La prostitución es simple. Sexo por dinero. Esto es mucho más complejo. Esto es posesión.
Eva lo empujó. Él retrocedió con las manos levantadas.
—Está loco. No soy... ¡no!
—Puedo. Y lo haré. Pero solo si aceptas.
Se dirigió a su escritorio, extrayendo un documento grueso.
—Este es el contrato. Seis meses de obediencia absoluta a cambio de libertad financiera total. Al final, te vas con tu dinero, tu hermano está curado, y nunca más tienes que verme.
Eva miró el documento como si fuera venenoso.
—No puedo...
—Tienes hasta que termine este whisky para decidir. Después, te entregaré a seguridad. Tengo cámaras que muestran el collar en tu bolso.
—Me está chantajeando.
—Te estoy ofreciendo una salida.
Eva pensó en Mateo. En su hermano que nunca se quejaba, que siempre sonreía, que le había hecho prometer que encontraría la forma.
Pensó en Héctor Villalobos y sus amenazas violentas.
Pensó en los diez mil pesos que no eran suficientes. Que nunca serían suficientes.
Y miró al hombre frente a ella. Damián Oscura. Guapo como el pecado e igual de peligroso.
Seis meses.
Podía sobrevivir seis meses si Mateo vivía.
Damián apuró el último trago y dejó el vaso con un golpe seco.
—Se acabó el tiempo, Eva.
Los ojos de Eva se clavaron en los suyos. Odiaba cada fibra de su ser. Pero la imagen de Mateo en esa cama de hospital...
Cerró los ojos.
—Acepto.
Cuando los abrió, Damián Oscura sonreía.
Y Eva supo que acababa de vender su alma al diablo.
La Ciudad de México respiraba bajo un manto de neblina que convertía las luces de los rascacielos en manchas difusas contra el cielo nocturno, y Damián observaba el horizonte desde las ventanas del penthouse con la sensación de estar contemplando el tablero de una partida de ajedrez donde alguien acababa de mover la pieza decisiva, la que cambiaría el curso de todo el juego.El paquete había llegado a las tres de la madrugada.Rodrigo lo había traído personalmente, subiendo los cincuenta pisos en el elevador privado con el rostro convertido en una máscara de tensión que Damián reconoció inmediatamente como el preludio de malas noticias. No había dicho nada al entregárselo, solo lo había depositado sobre el escritorio de caoba con el cuidado de quien maneja explosivos sin detonar.El vestido había sido lo primero que Damián vio al abrir la caja.<
La Ciudad de México despertaba bajo un cielo que prometía calor sofocante, y Eva observaba las primeras luces del amanecer filtrarse a través de las cortinas de su departamento con la sensación de estar contemplando los últimos momentos de una paz que sabía efímera, frágil como el cristal antes del impacto que lo destruye.El teléfono había comenzado a vibrar a las cinco de la mañana.Primero fueron mensajes de números desconocidos, luego llamadas que se acumulaban en el registro como evidencia de algo que había explotado durante la noche mientras ella dormía inquieta, perseguida por sueños donde las paredes del penthouse de Damián se cerraban sobre ella hasta convertirse en el ataúd de acero y concreto de Héctor Villalobos.Ahora, dos horas después, Eva sostenía el teléfono con manos que temblaban ligeramente mientra
La Ciudad de México despertaba bajo un sol inclemente que prometía convertir el día en un horno, y Eva observaba las calles desde la ventana del penthouse con la sensación de estar contemplando un mundo que ya no le pertenecía, un escenario donde había interpretado el papel equivocado durante demasiado tiempo.El café que sostenía entre las manos se había enfriado hacía veinte minutos, pero ella no lo había notado. No había notado tampoco el momento en que Damián había entrado en la sala, descalzo y en mangas de camisa, con la mirada fija en su espalda como si pudiera atravesarla con la pura fuerza de su voluntad.—Necesitamos hablar —dijo él finalmente, y su voz sonaba diferente. Despojada de esa arrogancia calculada que solía usar como armadura. Simplemente cansada. Humana.Eva no se volvió. Siguió observando la ciudad que s
La Ciudad de México se extendía bajo un cielo plomizo que amenazaba con descargar la tormenta que llevaba días gestándose, y Eva caminaba por los pasillos de cristal y acero del edificio corporativo de Damián con la sensación de estar moviéndose a través de un territorio enemigo donde cada superficie pulida reflejaba una versión de sí misma que ya no reconocía.Rodrigo la seguía a tres pasos de distancia, la presencia silenciosa que se había convertido en su sombra constante desde que Damián había partido hacia Nueva York esa mañana en su jet privado, dejando instrucciones específicas sobre los movimientos permitidos de Eva y los espacios a los que tenía acceso durante su ausencia.Como si fuera una prisionera que necesita vigilancia las veinticuatro horas.El pensamiento llegó con el sabor amargo de la verdad que Eva había





Último capítulo