Mundo ficciónIniciar sesiónElena de la Vega solo robó una muñeca. Diego Montenegro decidió robarle la vida entera. Desde el primer instante en que la vio, la quiso para sí… pero un hombre como él jamás admitiría que estaba enamorado. Así que la castigó con un matrimonio: para ella, una condena; para él, la única forma de poseerla. Mientras Elena oculta el nombre de su antiguo amor bajo la almohada, Diego se asegura de que ningún otro hombre vuelva a rozar su piel. —¡Deja de amarlo! Todo cambia cuando una nueva vida comienza a latir en su vientre, y Diego dicta su sentencia: —Si ese hijo es mío, será mi heredero. Si no… jamás verá la luz de este mundo.
Leer másEl silencio inundó la sala en cuanto dieron un paso adentro. Durante unos segundos agónicos, nadie se movió. No hubo bienvenidas, ni siquiera un murmullo. En medio de esa atmósfera opresiva, Elena sintió cómo decenas de ojos la escaneaban de la cabeza a los pies.La estaban juzgando. Evaluando. Buscando cualquier debilidad en cada milímetro de su cuerpo, exactamente igual a las miradas amenas de los hombres que se había cruzado en el hospital la noche anterior.La tensión finalmente se rompió cuando un hombre de unos sesenta años se levantó de su silla. Se veía imponente con un traje gris costoso, que contrastaba con su cabello completamente canoso.—Señor Diego —saludó. Su tono era educado, pero para Elena, esa cortesía sonaba avanzada y falsa.Diego conocía muy bien a ese hombre. Era Alonso Vega, uno de los miembros más antiguos del consejo y el que más problemas le había causado a Arturo durante años.—Cuánto tiempo —continuó Alonso, rompiendo el hielo.Diego ni se molestó e
Diego seguía de pie, inmóvil, cerca de los sofás del vestíbulo cuando el ascensor finalmente anunció su llegada con un pitido. Levantó la cabeza por reflejo y, un segundo después, frunció el ceño.Elena salió a paso lento. Llevaba el pelo suelto, todavía un poco húmedo por la ducha, lo que contrastaba con su camisa blanca sencilla y sus pantalones beige. Se veía pulcra, como siempre, pero sus ojos no mentían. Diego notó el cambio de un solo vistazo.—Estuviste llorando —soltó él, antes de que ella pudiera siquiera saludar.Elena suspiró hondo, con un aire de cansancio y resignación ante la agudeza visual de su exmarido. —Buenos días para ti también.—Elena.—Estoy bien.—Mentira —la cortó él con tono plano.Elena cerró los ojos un instante. Era exasperante que, incluso después de un año separados, ese hombre todavía pudiera leerla como un libro abierto. —Solo dormí mal.Diego no respondió. Se le quedó mirando fijamente unos segundos antes de desviar la vista con un gesto de i
El pasillo volvió a quedar en silencio en cuanto el asistente terminó de hablar.Diego no respondió de inmediato. Tenía la mirada fija en la carpeta negra que el anciano llevaba en la mano. Reunión de emergencia. Sustituto temporal. Palabras que significaban exactamente el tipo de problemas que llevaba años intentando evitar.El asistente Arturo estiró el brazo y le tendió la carpeta.—Los documentos para la reunión de mañana por la mañana.Diego la tomó. No tenía ninguna intención de abrirla ni de leer su contenido en ese momento.—No voy a ir —dijo. Las palabras salieron sin más, frías y rotundas.El asistente Arturo cerró los ojos un segundo, como si hubiera esperado ese rechazo desde el principio.—Señor Diego...—Yo ya estoy fuera de todo esto —lo cortó Diego tajante.—Puede seguir repitiéndose eso —el tono del hombre maduro siguió siendo calmado, imperturbable—, pero a esa gente no le va a importar.Diego apretó la mandíbula. La tensión empezó a subirle por la nuca.El a
Elena se quedó inmóvil cerca del ascensor. El tiempo parecía avanzar más despacio, mientras el pecho todavía le latía con fuerza por el impacto de haber escuchado esa conversación.Al fondo del pasillo, los tres hombres de traje seguían frente a Diego. Uno de ellos negó con la cabeza.—El hecho es simple, Diego —dijo el hombre, con una voz tranquila pero impositiva—. Reconocer a esa mujer como hija de Arturo solo va a desestabilizar la empresa. Es complicado.Diego no retrocedió ni un milímetro. —¿Complicado para quién?El hombre pareció ofenderse por el tono de Diego. —Para el futuro de la empresa, por supuesto.—¿O para el control de ustedes?El ambiente se volvió tenso de inmediato. La máscara de cortesía se les cayó en un segundo. El hombre que había hablado se cruzó de brazos.—Solo intentamos mantener la estabilidad.Diego soltó una risa corta. Una risa seca y fría que no tenía nada de gracia.—Entonces dejen de actuar como buitres rondando a un moribundo.Al hombre se





Último capítulo