Mundo ficciónIniciar sesiónElena de la Vega solo robó una muñeca. Diego Montenegro decidió robarle la vida entera. Desde el primer instante en que la vio, la quiso para sí… pero un hombre como él jamás admitiría que estaba enamorado. Así que la castigó con un matrimonio: para ella, una condena; para él, la única forma de poseerla. Mientras Elena oculta el nombre de su antiguo amor bajo la almohada, Diego se asegura de que ningún otro hombre vuelva a rozar su piel. —¡Deja de amarlo! Todo cambia cuando una nueva vida comienza a latir en su vientre, y Diego dicta su sentencia: —Si ese hijo es mío, será mi heredero. Si no… jamás verá la luz de este mundo.
Leer másCasi todos los días, Elena permanecía al lado de la cama de Lucía. Acariciaba con infinita ternura la cabecita de su hermana, cubierta por un gorro de lana rosa. Sus manos temblaban ligeramente.
Al mirar aquel rostro pequeño, sentía una opresión en el pecho. Era tan injusto. Lucía solo tenía siete años; una edad en la que debería estar persiguiendo mariposas en el parque o suplicando por un helado, no luchando por respirar tras una máscara de plástico. Al ver ese cuerpo diminuto invadido por sondas, Elena sentía que el mundo era cruel. Si pudiera curarla, estaría dispuesta a darlo todo. ¿Por qué una niña tan pequeña debía cargar con un peso que ni siquiera un adulto podría soportar?
Los párpados de Lucía se agitaron levemente y se abrieron. Estaba pálida; sus labios, secos y agrietados.
—Elena... —susurró.
—Aquí estoy, cariño —Elena tomó la mano fría de su hermana. La piel se sentía tan fina y frágil que parecía que podría quebrarse en cualquier momento. Elena tragó saliva para contener el nudo en su garganta; no podía llorar frente a ella.
—¿Qué día es hoy?
—Miércoles.
Lucía miró hacia la ventana. El cielo de Madrid empezaba a oscurecerse. —¿Faltan dos días para mi cumpleaños, verdad?
Elena asintió con dificultad, forzando una sonrisa dolorosa. —¿Qué quieres de regalo, cielo?
Lucía giró la cabeza hacia la televisión. Su dedo delgado señaló tembloroso la pantalla, donde aparecía un anuncio de juguetes de colección.
—Quiero esa muñeca. ¿Puedo, Elena?
Elena siguió la dirección de su dedo. Era una muñeca LABUBU, de ojos grandes y sonrisa pícara. Algo estalló en su pecho: una mezcla de esperanza y dolor. Esa muñeca no era un simple juguete; era el único deseo que podía cumplir en medio de su agónica impotencia. Aunque fuera una edición limitada, ella haría lo que fuera necesario para conseguirlo.
—¡Por supuesto! Mañana por la mañana estará a tu lado, ¿vale?
Por primera vez en semanas, los ojos de Lucía brillaron. —¿Lo prometes?
—Te lo prometo —Elena besó su frente.
En cuanto Lucía se quedó dormida, Elena soltó su mano con delicadeza. Salió de la habitación y recorrió los pasillos del hospital con pasos que resonaban con urgencia.
Ya en su Ferrari rojo, Elena apretó el volante hasta que sus nudillos se tornaron blancos. Golpeó el cuero una vez y el claxon soltó un grito sordo hacia el cielo oscuro. No pudo evitar lamentar que, incluso con toda la riqueza de su familia, no hubieran podido curar la enfermedad de su hermana; los De la Vega eran los principales donantes de las cinco fundaciones médicas más grandes de España, pero todo ese poder era basura si no podía comprar ni un solo día sin dolor para Lucía.
Arrancó. Las calles de Madrid eran un laberinto diseñado para retrasarla. Elena cambiaba de carril con agresividad, ignorando los claxons furiosos de otros conductores. No le importaba nada más que el brillo en los ojos de Lucía. Visitó cada tienda de Pop Mart de la ciudad, pero en todas le decían que esa versión ya estaba agotada.
La primera tienda estaba a punto de cerrar. Elena golpeó el cristal con fuerza. Un empleado abrió, sorprendido.
—La muñeca Labubu. ¿La tienen?
El empleado negó con la cabeza. —Agotada, señorita. Desde ayer.
Elena no dijo nada. Dio media vuelta y corrió de nuevo a su coche. Segunda tienda. Tercera. Cuarta.
—Lo sentimos, señorita.
—Se agotaron esta mañana.
—No nos queda stock.
Cada "lo siento" era una bofetada. El aire empezaba a faltarle. Con las manos temblorosas, marcó el número de su asistente.
—¡Busca el Labubu de edición limitada en todas las tiendas! ¡En todos los centros comerciales! ¡Ahora!
Pero minutos después, el teléfono sonó de vuelta.
—Lo siento, señorita Elena. Está agotado en toda la ciudad. Incluso en Barcelona. Es una edición limitada y...
—¡Sigue buscando! ¡No me importa el precio! ¡Llama al distribuidor, a la fábrica! ¡Haz lo que sea! —Su voz se quebró. Si no lo encuentro en la última tienda, compraré un billete de avión e iré al país donde lo encuentre, pensó con determinación. Se limpió las lágrimas con brusquedad, sin importarle que su maquillaje se arruinara o que la gente la mirara con extrañeza desde otros coches.
Eran las ocho de la noche. Los centros comerciales cerrarían pronto. Aún tenía tiempo. Un último nombre apareció en su pantalla: una gran juguetería en el centro, conocida por tener siempre lo más exclusivo.
Elena condujo más rápido que nunca. Madrid ya estaba bajo la penumbra total y las luces de las farolas se reflejaban en el asfalto mojado por la llovizna de la tarde. Llegó faltando quince minutos para el cierre. Corrió por los pasillos del centro comercial, ignorando el dolor de sus stilettos.
La tienda aún tenía las luces encendidas. Elena entró con los pulmones ardiendo. Los empleados ya estaban recogiendo.
—Cerramos en diez minutos, señorita.
—Lo sé. Solo necesito una cosa.
Escaneó las estanterías con desesperación. Sus ojos se movían frenéticos. Y entonces, allí estaba. En el estante más alto, casi oculta tras otras cajas: la caja de Labubu.
Su corazón martilleó contra sus costillas. Se puso de puntillas, estirando la mano. La punta de sus dedos ya rozaba el cartón liso. Casi lo tenía.
De pronto, una mano grande apareció de la nada y la arrebató primero.
Elena se quedó petrificada. Sus dedos seguían en el aire, acariciando el vacío. Un hombre había tomado la caja con un movimiento casual, como si no supiera que ese objeto era la vida entera para ella en ese momento.
Elena levantó la vista, lista para estallar, pero las palabras se le atascaron.
Sus ojos se clavaron en el Patek Philippe que rodeaba la muñeca del hombre. Su valor era de decenas de millones. Su traje era de sastrería impecable; sus zapatos brillaban con perfección. El rostro del hombre era desconocido para ella, lo cual era curioso, pues en esa ciudad los herederos de las pocas familias que podían permitirse tal lujo se conocían entre sí.
Él solo podía ser el hijo único de los Montenegro, aquel que supuestamente fue enviado al extranjero desde pequeño. En la élite española, solo esa familia poseía un aura tan gélida y peligrosa. Dominaban medio sector inmobiliario de Europa y todos les mostraban un respeto absoluto; incluso sus sirvientes eran tratados con deferencia.
Elena sabía que probablemente estaba frente a Diego Montenegro, el heredero que no conocía la piedad en los negocios. Pero al recordar el rostro pálido de Lucía, su miedo se evaporó, reemplazado por una valentía nacida de la desesperación. Se interpuso en su camino, manteniéndose firme con su expresión más educada a pesar de que sus piernas flaqueaban.
—Señor Montenegro —su voz sonó ronca. Tragó su orgullo y lo miró directamente a esos ojos oscuros e imperturbables—. ¿Podría dejarme esa muñeca? Le pagaré el doble... no, cinco veces su valor.
Diego nunca había sentido la necesidad de pasar mucho tiempo frente al espejo. Para él, la ropa no era más que una herramienta para exhibir su estatus. Pero esta mañana era distinta.Observó su reflejo. El traje negro había llegado de Milán la noche anterior, confeccionado a medida exclusivamente para este día. Todo era preciso, tal como él lo había exigido. Se ajustó mínimamente la posición de la corbata; un gesto innecesario, pues estaba perfecta desde el principio, pero sus manos parecían no poder quedarse quietas.La comisura de su boca se elevó apenas un milímetro. No sabía en qué momento había empezado a sentir esta anticipación. Normalmente, Diego Montenegro solo planeaba y ejecutaba. Sin embargo, hoy sentía un latido extraño en el pecho al imaginar a Elena con el vestido blanco que él mismo había elegido.La puerta se abrió. Su madre entró sin llamar. Su rostro estaba tenso, lejos del aura radiante que se esperaría de una madre el día de la boda de su hijo.—Isabella quier
Elena tardó unos segundos en procesar las palabras de Diego. La 402. Hace tres meses. La cifra martilleaba en su cabeza como un enigma indescifrable, pero se obligó a descartarlo de inmediato.Frente a ella, Daniel se había quedado petrificado. Su mandíbula estaba tan tensa y sus puños tan apretados que los nudillos le habían quedado blancos. Elena podía sentir la furia que emanaba de él; Daniel estaba a un solo paso de estampar su puño en el rostro de Diego.—Señor, su padre ha llamado una docena de veces. Me temo que debemos irnos ya.La voz de Martín cortó la tensión antes de que estallara.Daniel soltó una maldición entre dientes, cargada de odio. Diego se limitó a exhalar con brusquedad, visiblemente insatisfecho por la interrupción de su asistente, pero recuperó su máscara de frialdad en un segundo. Era como si aquel enfrentamiento no fuera más que un ligero contratiempo en su agenda.Antes de marcharse, Diego dio un paso hacia ella. De forma inesperada, su mano rozó la mej
Aquella mañana, Diego se demoró demasiado frente al espejo.Llevaba puesto su mejor traje: un corte impecable, zapatos relucientes y ni un solo cabello fuera de su sitio. Sin embargo, algo no encajaba. Se desanudó la corbata y volvió a empezar.Torcida. Imprecisa. No era la adecuada.La cambió por otra de un color distinto y repitió el mismo movimiento una decena de veces, hasta que sintió los dedos rígidos. Diego observó su reflejo con el rostro inexpresivo. Visualmente, no había tacha alguna, pero para él, nada se sentía bien. Frunció el ceño levemente y le preguntó a su propia imagen: —¿Qué es lo que ha cambiado?El silencio de la habitación solo acentuaba esa inquietud inusual. De pronto, su teléfono vibró sobre la mesa de mármol. Un mensaje.Elena: ¿Podemos vernos?La comisura de los labios de Diego se elevó apenas un milímetro. Releyó el breve texto durante unos segundos más de lo necesario, como si buscara un significado oculto entre las letras. Bloqueó la pantalla sin re
La sala de juntas de la planta treinta y dos solía ser el lugar más temido del edificio. Su silencio no era de los que calman, sino de los que pesan; un silencio que obligaba a cada ejecutivo a sopesar cada sílaba antes de dejarla salir. Nadie quería atraer la atención más de lo necesario cuando Diego Montenegro presidía la mesa.Sin embargo, hoy era distinto.La presentación seguía su curso. Los gráficos y las cifras se sucedían en la gran pantalla, pero la tensión eléctrica que solía erizar el aire se había evaporado. Algunos incluso se atrevían a respirar con normalidad.Diego estaba recostado en su sillón de cuero, con una mano apoyada en la sien. Sus ojos apuntaban a la pantalla, pero su mente parecía estar en otra parte. De vez en cuando, la comisura de sus labios se crispaba casi imperceptiblemente: una sombra de sonrisa, un gesto extrañamente inusual en él.No parecía estar escuchando con la agudeza depredadora de siempre. Parecía… estar de buen humor.El director financ
La puerta de la habitación 507 se abrió sin previo aviso.Todas las miradas convergieron en el umbral al mismo tiempo. Elena se quedó petrificada ante la silueta que dominaba la entrada, una figura que parecía absorber toda la luz de la estancia.Diego Montenegro.De repente, la habitación se volvió asfixiante, como si el oxígeno hubiera sido succionado de golpe. Roberto de la Vega se puso en pie de inmediato; fue un acto reflejo, la reacción instintiva de un hombre que se sabe frente a un poder mucho mayor que el suyo. Adriana lo imitó, con el rostro crispado en un esfuerzo inútil por mantener una sonrisa de cortesía que se resquebrajaba por momentos.—Señor Montenegro… —la voz de Roberto salió con una cautela casi reverencial—. No esperaba que viniera en persona.Diego entró. Sus movimientos eran pausados, pero cada paso sobre el suelo del hospital ejercía una presión invisible en el pecho de los presentes.—Lamento la visita sin avisar —dijo con una formalidad gélida. Sus oj
—¿Quieres que me case?Elena se quedó petrificada. Su voz temblaba y su pecho subía y bajaba con rapidez. Sus dedos apretaban el borde de su vestido sin que se diera cuenta.—Si quieres hablar de matrimonio, ¿por qué le pediste a Daniel que se fuera? ¡Deberíamos hablar de esto frente a él también!Roberto de la Vega se dio la vuelta lentamente. Sus ojos estaban enrojecidos, pero no de ira. Había una desesperación profunda en su mirada.—Daniel Sterling no será suficiente para este problema, Elena —dijo Roberto con voz ronca—. Tú... te casarás con el único heredero de la familia Montenegro.Elena dio un paso atrás. Sus piernas se debilitaron de repente.—¡¿Qué?!El aliento se le atascó en la garganta. El rostro del hombre de la juguetería de anoche apareció instantáneamente en su mente. Un hombre arrogante, frío y sin empatía que ni siquiera cedió ante una mujer que suplicaba.—¡No quiero! —gritó Elena. Su respiración se volvía cada vez más corta y agitada—. ¡Amo a Daniel! ¡No





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