3

Nunca había odiado tanto un vestido hasta que Damián Oscura obligó a Eva Zenteno a usarlo frente a doscientas personas que la miraban como si fuera su última adquisición.

Una semana había pasado desde que Eva firmara ese contrato. Una semana de existir como fantasma en el penthouse, comiendo comidas sin sabor, durmiendo mientras escuchaba los movimientos de Damián al otro lado de esa puerta sin cerradura.

Ahora estaba sentada frente a un espejo mientras tres mujeres la preparaban para la gala. Una retocaba su cabello, otra aplicaba maquillaje, la tercera seleccionaba joyería.

El vestido rojo colgaba del perchero. Ceñido como segunda piel, escote desafiante, abertura lateral peligrosamente alta. Eva lo había mirado con horror esa mañana.

—Vas a estar preciosa, cariño —dijo la maquillista con acento norteño—. El señor Oscura tiene buen ojo.

—No soy su novia.

La mujer rio.

—Claro. Solo trabajas para él.

—Es la verdad.

—Sí, claro. Eso dicen todas. Pero déjame darte un consejo, niña. Ten cuidado con ese hombre. Damián Oscura rompe corazones por deporte.

Dos horas después, Eva observaba a una extraña en el espejo. El vestido se adhería a cada curva. Su cabello caía en ondas sobre sus hombros. El maquillaje transformaba sus facciones en algo más dramático, más peligroso.

Alrededor de su cuello, un collar de diamantes que Rosa le había entregado temblando. "Préstamo del señor Oscura."

La puerta se abrió. Pasos de Damián acercándose.

Apareció en el umbral, y Eva sintió el aire abandonar sus pulmones.

Damián Oscura en esmoquin era directamente letal.

El traje negro se ajustaba con perfección italiana. La camisa blanca contrastaba con su piel bronceada. El moño enmarcaba la línea fuerte de su mandíbula. Su cabello peinado hacia atrás revelaba rasgos angulares.

Pero fueron sus ojos los que capturaron a Eva. Oscuros, intensos, recorriéndola con lentitud deliberada.

—Perfecta —murmuró.

Se acercó, sacando una caja de terciopelo. Aretes de diamantes.

—Date la vuelta.

Eva obedeció. Las manos de Damián rozaron su cuello mientras cambiaba los aretes. Sus dedos eran cálidos, enviando escalofríos por su columna.

Cuando colocó los nuevos aretes, sus labios quedaron cerca del oído de Eva.

—Esta noche conocerás a gente importante para mis negocios. Necesito que sonrías. Que te quedes a mi lado. Que no hables de más.

Eva se giró, enfrentándolo.

—¿Soy un accesorio entonces?

La sonrisa de Damián fue depredadora.

—Eres lo que yo diga que eres.

La limousina se deslizaba por las calles mientras el sol se hundía. Eva estaba lo más lejos posible de Damián, mirando por la ventana.

Hiperconsciente de cada movimiento. La forma en que sus dedos tamborileaban. El olor de su colonia llenando el espacio. El calor que emanaba.

—Relájate. Pareces una condenada camino a la horca.

—Quizás porque así me siento.

Damián guardó su teléfono.

—Esta noche no es tortura. Es oportunidad de ver cómo vive la otra mitad.

—Yo estoy pagando de formas que el dinero no cubre.

El silencio fue denso. Damián extendió una mano, tomando la barbilla de Eva.

—Escúchame bien. Esta noche habrá gente que intentará provocarte. Mujeres celosas. Hombres que te verán como desafío. No les des el placer de verte quebrar.

—¿Y si me quiebro?

Sus dedos apretaron levemente.

—Entonces yo te pondré de vuelta juntas.

La limousina se detuvo frente al Museo Nacional de Arte. A través de las ventanas, Eva vio luces brillantes, fotógrafos, parejas elegantes.

El chofer abrió. Damián salió primero, extendiendo una mano.

El flash de cámaras cegó a Eva. Voces gritaban preguntas incomprensibles. El brazo de Damián rodeó su cintura, atrayéndola con posesividad.

—Sonríe. Actúa como si no hubiera otro lugar donde preferirías estar.

Eva forzó una sonrisa. Las cámaras capturaban lo que parecería una pareja perfecta.

Si tan solo supieran.

Dentro, la gala estaba en pleno apogeo. Mesas con manteles blancos, arreglos florales caros, orquesta en vivo.

Damián la guió con mano firme en su espalda baja. Se detenían mientras él saludaba a socios, políticos, magnates. Eva era presentada simplemente como "Eva", sin apellido, sin contexto.

Los hombres la miraban con lascivia apenas disimulada. Las mujeres la evaluaban con miradas afiladas, catalogando fallos, comparando.

—Damián —una voz femenina cortó el aire.

Eva se giró. Valeria Montes avanzaba en vestido verde esmeralda, del brazo de un hombre mayor.

—Valeria. Qué sorpresa.

—¿Sorpresa? Nunca me pierdo estos eventos. Aunque veo que has traído compañía nueva.

Sus ojos se clavaron en Eva con odio.

—Eva, ¿verdad? La chica del incidente del collar.

Cada par de ojos cercanos se giró hacia ellas.

—Es un placer verte, Valeria —dijo Eva, voz neutral.

—Estoy segura —Valeria bajó la voz—. Dime, Damián, ¿cuánto te costó esta? ¿O fue barata?

El insulto fue como bofetada. Eva esperó que Damián dijera algo.

Pero él solo sonrió.

—Valeria, siempre tan encantadora.

Valeria rio, satisfecha.

—Disfruta la velada, querida. Estos eventos pueden ser agotadores para quienes no están acostumbradas.

Se alejó, dejando a Eva temblando de rabia.

—Podrías haberme defendido —siseó Eva, sonriendo por apariencias.

Damián tomó champán de una bandeja.

—¿Para qué? Es la verdad.

Eva tomó la copa solo para no arrojarla a su rostro.

—Eres un bastardo.

—Lo sé. Pero soy tu bastardo por cinco meses más, veintitrés días y dieciocho horas.

—Estás contando.

—Cada minuto.

La orquesta cambió a pieza lenta. Damián dejó su copa y extendió una mano.

—Baila conmigo.

No era pregunta.

La guió hacia la pista. Cuando llegaron al centro, la atrajo hacia su cuerpo, una mano en su cintura, la otra capturando la suya.

La proximidad era abrumadora. Eva sentía cada línea dura contra ella, el calor que emanaba, el ritmo de su corazón. Sus rostros tan cerca que podía contar las motas doradas en sus ojos.

—Relájate. Estás rígida como tabla.

—Es difícil relajarse siendo exhibida como ganado.

—No eres ganado. Eres mucho más valiosa.

—¿Eso es un cumplido?

Sus labios casi sonrieron.

—Tómalo como quieras.

Bailaron en silencio, moviéndose en perfecta sincronía. Damián era bailarín experto, guiándola con facilidad.

—¿Por qué haces esto? —preguntó Eva—. Tienes dinero, poder, acceso a cualquier mujer. ¿Por qué yo?

Damián la hizo girar, atrayéndola de vuelta con más fuerza.

—Porque las mujeres que vienen fácilmente no me interesan. No hay desafío. No hay fuego. Solo aburrimiento.

—¿Y yo soy tu entretenimiento?

—Eres mi obsesión. Y eso es mucho más peligroso.

Sus labios rozaron el lóbulo de su oreja.

—Tu boca me dice que me odias. Pero tu cuerpo está temblando. Tu pulso se acelera cuando te toco. Tus pupilas se dilatan cuando me acerco.

Eva intentó alejarse. Su mano en su espalda la mantenía firme.

—Tu cuerpo me desea, Eva. Puedes negarlo, pero yo sé la verdad.

—Mi cuerpo es un traidor.

—O quizás es la única parte de ti que es honesta.

La canción terminó. Se quedaron así, en el centro, perdidos en un momento que era confrontación y algo más oscuro.

—Necesito aire —dijo Eva, rompiendo el hechizo.

Damián asintió, soltándola.

—No te alejes demasiado.

Eva se dirigió a una terraza. El aire nocturno era fresco contra su piel acalorada.

—¿Necesitas compañía o prefieres estar sola?

Se giró. Un hombre alto con cabello castaño claro y ojos color avellana. Su esmoquin le quedaba bien, aunque no con la perfección obsesiva del de Damián.

—Perdón, qué modales. Sebastián Irazábal. Arquitecto y el único idiota que se atreve a acercarse a la acompañante de Damián Oscura.

Eva tomó su mano.

—Eva Zenteno.

—Encantado. ¿Estás bien? Pareces incómoda.

¿Cuándo fue la última vez que alguien preguntó cómo estaba y realmente le importaba?

—Estoy... —comenzó, sin saber qué era seguro decir.

—Con Damián Oscura. Sí, puedo imaginar que es complicado.

—¿Lo conoces?

Algo oscuro cruzó su rostro.

—Fuimos amigos. Hace mucho tiempo.

Antes de que Eva pudiera preguntar, Sebastián cambió de tema con sonrisa.

—Entonces, ¿qué hace una mujer claramente demasiado inteligente para estos eventos en una gala como esta?

Y así, se encontraron conversando. Sebastián era encantador sin ser invasivo, divertido sin ser cruel. Habló de su trabajo restaurando edificios históricos. Hizo que Eva riera con anécdota sobre un cliente que quería luces de neón en frescos del siglo XVIII.

Era normal. Refrescantemente normal.

—...y el tipo insiste en luces de neón —Sebastián gesticulaba—. Frescos originales. Luces. De. Neón.

Eva rio, genuina. Se sentía bien ser solo normal.

—Sebastián.

La voz cortó como látigo.

La risa murió. Eva se giró. Damián estaba en la entrada. Su rostro era máscara de control, pero sus ojos ardían.

—Damián —Sebastián sonrió, desafiante—. Qué sorpresa verte aquí.

—Igualmente. Aunque no debería sorprenderme que aparezcas donde no eres bienvenido.

—Esta es gala benéfica. Todos son bienvenidos.

La tensión era tan densa que Eva sentía que podía cortarla. Había historia aquí, conflicto sin resolver.

Damián se acercó, tomando el brazo de Eva con firmeza bordeando lo doloroso.

—Vámonos.

—Damián, yo solo estaba...

—Ahora, Eva.

No había espacio para argumentar. La guió entre la multitud. Eva apenas tuvo tiempo de lanzar mirada de disculpa a Sebastián.

No hablaron en el trayecto a la limousina. No hablaron mientras el chofer los llevaba de vuelta.

Pero el silencio era elocuente. Cargado de furia, celos, algo más primitivo.

Cuando llegaron, Damián salió antes de que se detuviera completamente. Eva lo siguió con piernas temblorosas.

Apenas la puerta se cerró, Damián la empujó suavemente contra ella. No con violencia, pero con firmeza. Su cuerpo aprisionó el de Eva, manos a cada lado de su cabeza.

—Necesito que entiendas algo, Eva. No tolero la desobediencia.

El corazón de Eva latía dolorosamente.

—No hice nada malo.

—Hablaste con mi enemigo. Sonreíste para él. Te hizo reír. Eso es suficiente.

Sus labios estaban a centímetros de los de Eva. Podía sentir su aliento, su calor, la furia apenas contenida.

—¿Qué vas a hacer? —susurró Eva—. ¿Castigarme?

La mirada de Damián se oscureció.

—Exactamente.

Y entonces la besó.

No fue suave. Fue conquista, reclamación, declaración de guerra contra cualquier ilusión de libertad.

Sus labios capturaron los de ella con ferocidad que robó el aliento. Su lengua exigió entrada, y cuando Eva abrió la boca —en protesta o rendición, no estaba segura— la invadió con dominación que debilitó sus rodillas.

Una mano de Damián se enredó en el cabello de Eva, inclinando su cabeza hacia atrás. La otra deslizándose por su costado, siguiendo la curva, deteniéndose en la abertura donde tela encontraba piel.

Eva debería haberlo empujado. Debería haber hecho cualquier cosa excepto lo que hizo.

Besarlo de vuelta.

Sus manos encontraron los hombros de Damián, aferrándose mientras su cuerpo se arqueaba hacia él. Un gemido escapó, y sintió la sonrisa de Damián contra sus labios.

Cuando se separaron, ambos respiraban con dificultad. Los labios de Eva se sentían hinchados, su cuerpo temblaba.

Damián la estudió con ojos oscurecidos, su pulgar rozando el labio inferior de Eva.

—No vuelvas a hablar con Sebastián Irazábal. No vuelvas a sonreírle. ¿Entendido?

Eva asintió, incapaz de formar palabras.

—Dilo.

—Entendido —susurró.

Damián se apartó, dejándola apoyada contra la puerta.

—Buenas noches, Eva.

Se alejó hacia su habitación, dejándola sola, todavía sintiendo el fantasma de sus labios, todavía temblando.

Y lo peor era que una parte de ella, esa parte traicionera, quería más.

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