7

Los regalos más caros son los que vienen con cadenas invisibles.

El trayecto de regreso al penthouse fue un silencio tenso que se extendía entre Eva y Damián como un campo minado. Él conducía personalmente, algo que nunca hacía, con las manos apretadas alrededor del volante con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos. Eva observaba las luces de la ciudad pasar por la ventana, procesando la bomba que Damián acababa de soltar con la casualidad de quien menciona el clima.

Sebastián había comprado el hospital. Todo el maldito hospital.

Cuando finalmente llegaron al penthouse, Damián se dirigió directamente a su estudio sin decir palabra. Eva lo siguió, negándose a ser ignorada ahora que finalmente había logrado romper algunas de sus barreras.

—Explícamelo —demandó Eva, plantándose en el umbral mientras Damián encendía su laptop con movimientos bruscos—. Explícame exactamente qué significa que Sebastián compró el hospital.

Damián tecleó furiosamente durante unos segundos antes de girar la pantalla hacia ella. Era un artículo de noticias, publicado apenas una hora antes. El titular gritaba en letras grandes: "Filántropo Sebastián Irazábal dona 50 millones de pesos para modernizar ala de oncología del Hospital General."

Eva se acercó, leyendo rápidamente. El artículo hablaba de la "generosa donación" de Sebastián, de cómo los fondos serían usados para equipamiento de última generación, para contratar a los mejores oncólogos del país, para proporcionar tratamiento gratuito a pacientes de bajos recursos.

Y entonces vio su nombre.

"La donación fue hecha en honor a Mateo Zenteno, un joven paciente de leucemia cuya hermana, Eva Zenteno, ha sido una benefactora anónima del hospital durante meses. Fuentes cercanas revelaron que la señorita Zenteno, quien recientemente ha sido vista en círculos de alta sociedad, inspiró al señor Irazábal a tomar acción."

El estómago de Eva se hundió.

—No —susurró—. No, no, no.

—Ya hay fotógrafos esperando en el hospital —dijo Damián con voz mortalmente calmada—. Prensa queriendo entrevistarte. Tu nombre está por todas las noticias digitales como la mujer que inspiró la donación más grande del año.

Eva sintió cómo el pánico comenzaba a trepar por su garganta.

—Mateo va a ver esto. Va a preguntar. Va a querer saber cómo conozco a Sebastián Irazábal.

—Exactamente —Damián cerró la laptop con un golpe seco—. Eso es exactamente lo que Sebastián quiere. Te está marcando como suya en público. Está creando una narrativa donde él es el salvador generoso y yo soy... ¿qué? ¿El villano que te tiene prisionera?

Las piezas comenzaron a encajar en la mente de Eva con una claridad dolorosa.

—Está construyendo una salida para mí —dijo lentamente—. Una salida que me hace ver como si lo hubiera elegido a él sobre ti.

—Y destruye mi reputación en el proceso —Damián se pasó una mano por el cabello—. Si sales públicamente con Sebastián después de esto, parecerá que te rescató de mí. Que yo era el monstruo controlador y él el héroe romántico.

Eva se dejó caer en una de las sillas de cuero, sintiendo cómo el peso de la situación la aplastaba.

—¿Por qué haría esto? Ni siquiera me conoce.

—Porque me conoce a mí —Damián se sirvió whisky, tomándoselo de un solo trago—. Y sabe exactamente cómo lastimar donde más duele.

El teléfono del penthouse sonó, un timbre agudo que cortó el aire tenso. Damián lo miró como si fuera una serpiente venenosa antes de contestar.

—Oscura —ladró.

La voz que respondió era masculina, suave, cultivada. Incluso a través del altavoz, Eva podía escuchar el encanto ensayado.

—Damián. Cuánto tiempo sin hablar directamente.

Sebastián.

Damián presionó el botón del altavoz, sus ojos encontrando los de Eva.

—¿Qué quieres, Sebastián?

—Solo quería asegurarme de que viste las noticias. ¿Te gustó mi sorpresa?

—Tus juegos no me impresionan.

—No son juegos —la voz de Sebastián perdió algo de su calidez—. Solo quería ayudar al hermano de Eva. Cuando me enteré de su situación, no pude quedarme de brazos cruzados. A diferencia de ti, que solo ayudas cuando hay algo que ganar.

—Nada que hagas es sin motivo ulterior —respondió Damián.

—Igual que tú, hermano —había veneno en esa última palabra—. O debería decir, igual que tú solías ser. El Damián que conocí habría ayudado sin pensar dos veces. Pero ese hombre murió hace tres años, ¿no es así?

Eva vio cómo los músculos de la mandíbula de Damián se tensaban peligrosamente.

—¿Terminaste?

—Casi. Hay algo más. Me gustaría hablar con Eva, si no te importa. A menos que ella no tenga permitido hablar sin tu permiso.

El silencio que siguió fue denso. Eva vio cómo Damián la miraba, evaluando, calculando. Luego, sorpresivamente, empujó el teléfono hacia ella.

—Adelante.

Eva se acercó con pasos inciertos.

—¿Hola?

—Eva —la voz de Sebastián se suavizó inmediatamente—. Qué gusto escuchar tu voz. Espero que no te moleste que tomara la libertad de ayudar con el tratamiento de tu hermano.

—Yo... no sé qué decir.

—No tienes que decir nada. Pero hay algo que sí me gustaría pedirte. Hay una gala benéfica el sábado por la noche. En mi casa. Me encantaría que asistieras. Como invitada de honor, por supuesto.

Eva miró a Damián, quien observaba la conversación con ojos de depredador.

—No estoy segura de que sea apropiado...

—Ven sola, Eva —interrumpió Sebastián—. Sin Damián. Solo tú y yo, teniendo una conversación civilizada. Hay muchas cosas que necesitas saber sobre el hombre con quien vives.

Antes de que Eva pudiera responder, Damián cortó la llamada con un golpe seco.

El silencio que siguió fue explosivo.

—Irás a esa gala —dijo Damián finalmente.

Eva parpadeó.

—¿Qué? Acabas de decir que es una trampa.

—Lo es —Damián se acercó a ella con pasos medidos—. Por eso irás. Sebastián quiere pensar que te está rescatando de mí. Quiere creer que eres víctima inocente esperando un salvador. Dejaremos que lo piense.

Eva entendió inmediatamente. Era brillante y retorcido al mismo tiempo.

—Quieres que me acerque a él. Que gane su confianza.

—Exactamente. Él piensa que me está usando a través de ti. Pero en realidad, yo lo estaré usando a través de ti.

Eva sintió algo frío deslizarse por su columna. Estaba siendo usada por ambos lados ahora.

—¿Y si me enamoro de él de verdad? —preguntó, aunque no estaba segura de por qué.

La respuesta de Damián fue inmediata. En dos zancadas largas cerró la distancia entre ellos, acorralándola contra la pared del estudio. Sus manos se plantaron a cada lado de su cabeza, su cuerpo aprisionando el de ella sin tocarla realmente.

—No lo harás —su voz era peligrosamente baja.

—¿Tan seguro estás? —Eva alzó la barbilla desafiante, aunque su pulso se había disparado.

—Porque tu cuerpo ya me pertenece —sus labios rozaron el oído de Eva, enviando escalofríos por su columna—. Y pronto, tu corazón también.

Eva debería haberlo empujado. Debería haber protestado por la arrogancia de sus palabras. Pero cuando los labios de Damián finalmente encontraron los suyos, todo pensamiento racional se evaporó.

El beso fue diferente a los anteriores. No fue dominación pura ni castigo. Fue algo más oscuro, más necesitado. Como si Damián estuviera reclamándola no solo físicamente sino en algún nivel más profundo y primordial.

Las manos de Eva encontraron el cabello de Damián, enredándose en él mientras su cuerpo se arqueaba hacia el de él. Sintió cómo él la levantaba sin esfuerzo, y sus piernas se envolvieron alrededor de su cintura por instinto.

—Eva —su nombre fue un gemido contra sus labios—. Si hago esto, si te llevo a mi cama ahora, no hay vuelta atrás.

Eva debería haber dicho que no. Debería haber recordado todas las razones por las que esto era una mala idea. Pero en cambio, sus manos fueron al cuello de la camisa de Damián, desabotonando con dedos temblorosos.

—Nunca la hubo —susurró.

Damián no necesitó más invitación. La llevó a través del pasillo, subiendo las escaleras hacia su habitación con Eva todavía envuelta alrededor de él. Sus bocas no se separaron ni por un segundo, como si el oxígeno fuera secundario a la necesidad de mantenerse conectados.

Cuando llegaron a la habitación de Damián, un espacio que Eva nunca había visto antes, él la dejó sobre la cama enorme. Se quedó de pie por un momento, observándola con ojos oscurecidos por el deseo, como si estuviera memorizando la imagen de ella allí, en su cama, con el cabello despeinado y los labios hinchados.

—Última oportunidad para cambiar de opinión —dijo, aunque su voz sonaba tensa con el esfuerzo de contenerse.

Eva se sentó, alcanzando la hebilla del cinturón de Damián con manos que ahora eran firmes.

—No voy a cambiar de opinión.

Lo que siguió fue una colisión de necesidad y control, de poder y rendición. Damián la despojó de su ropa con una eficiencia que hablaba de práctica, pero había algo en la forma en que sus manos temblaban ligeramente, en cómo su respiración se volvía irregular cuando finalmente la vio completamente desnuda, que le decía a Eva que esto era diferente para él también.

Cuando finalmente se unieron, cuando Damián se hundió en ella con un gemido gutural que parecía arrancado desde lo más profundo de su ser, Eva sintió algo dentro de ella romperse y reconfigurarse al mismo tiempo. Había dolor mezclado con placer, poder mezclado con vulnerabilidad.

—Mírame —ordenó Damián, capturando su rostro entre sus manos mientras se movía dentro de ella—. Quiero que sepas exactamente quién te está haciendo sentir así.

Eva lo miró, perdida en esos ojos oscuros que por una vez no escondían nada. Y cuando el placer finalmente estalló a través de ella como una supernova, fue el nombre de Damián el que gritó.

Después, yacían enredados en las sábanas de seda, con la respiración todavía irregular y el sudor enfriándose en sus pieles. La luz de la luna entraba a través de las ventanas enormes, bañando la habitación en un brillo plateado que hacía que todo pareciera irreal.

Eva observaba el techo, su mente finalmente comenzando a procesar lo que acababa de hacer. Había cruzado una línea que había jurado no cruzar. Había entregado su cuerpo al hombre que la mantenía prisionera, que la usaba como herramienta de venganza.

—Esto no cambia nada —dijo al techo, necesitando decirlo en voz alta—. Sigo siendo tu peón.

Damián se giró hacia ella, su mano trazando la línea de su columna con una ternura que contrastaba con la intensidad de lo que acababan de compartir.

—Te equivocas —dijo suavemente—. Lo cambia todo.

Antes de que Eva pudiera preguntar qué significaba eso, antes de que pudiera procesar las implicaciones de sus palabras, su teléfono vibró en la mesa de noche con el sonido característico de un mensaje entrante.

Eva lo alcanzó, medio distraída, esperando que fuera del hospital o quizás de Mateo.

Lo que vio en la pantalla hizo que su sangre se congelara en sus venas.

Era una foto. Sofía, la mujer de las fotografías en la habitación cerrada, la ex prometida que supuestamente había huido con Sebastián hace tres años. Pero esta foto era reciente. Se notaba por la calidad, por el teléfono moderno en el fondo, por la luz tropical que la bañaba.

Y estaba embarazada. Muy embarazada, con el vientre hinchado bajo un vestido blanco que hacía que pareciera brillar bajo el sol caribeño.

El mensaje debajo de la foto decía: "Pensé que Damián querría saber que está esperando mi hijo. Nos casamos el mes pasado. Gracias por mantenerlo distraído, Eva. Ha hecho que todo esto sea mucho más fácil. -S"

La sangre de Eva se congeló.

S. Sebastián.

Con manos temblorosas, le pasó el teléfono a Damián.

Y mientras observaba cómo el rostro del hombre junto a ella se transformaba de satisfacción post-coital a furia asesina, Eva supo que el juego acababa de volverse infinitamente más peligroso.

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