Mundo ficciónIniciar sesiónEl beso de Damián Oscura no fue dulce ni romántico; fue una declaración de guerra contra la propia voluntad de Eva Zenteno.
Eva se quedó apoyada contra la puerta durante largos minutos, con las piernas temblando y el corazón martillando. Sus labios ardían donde él los había reclamado, hinchados y sensibles, traicioneros en cómo todavía anhelaban el contacto que su cerebro rechazaba.
Se llevó los dedos a la boca, rozando el labio inferior. Podía sentirlo todavía: la presión dominante, la invasión de su lengua, la forma en que sus manos habían recorrido su cuerpo.
Lo peor no era el beso. Lo peor era que Eva había respondido.
Había besado a Damián de vuelta con desesperación que la avergonzaba. Sus manos se habían aferrado a sus hombros, su cuerpo se había arqueado hacia él, y ese gemido que escapó había sido completamente involuntario y devastadoramente real.
Se encerró en el baño, apoyándose contra el lavabo. La mujer en el espejo era casi irreconocible: cabello despeinado por las manos de Damián, maquillaje corrido, labios hinchados y rojos.
Lucía exactamente como lo que era: una mujer que acababa de ser besada hasta perder el sentido.
—Idiota —susurró a su reflejo—. Eres una idiota.
Lavó su rostro con agua fría. El shock la sacó de la neblina del deseo.
Necesitaba distancia emocional. No podía permitirse sentir nada por Damián Oscura que no fuera odio.
Su teléfono vibró. Hospital General.
—¿Bueno?
—Señorita Zenteno —la enfermera Carmona sonaba cálida—. Los últimos análisis de Mateo mostraron mejoría significativa. El tratamiento está funcionando mejor de lo esperado.
Eva se deslizó hasta el piso del baño.
—¿En serio? ¿Está mejorando?
—Considerablemente. El doctor Ramírez quiere verla mañana.
Cuando colgó, Eva se permitió llorar. Mateo estaba mejorando. El dinero de Damián —manchado y sucio— estaba salvando la vida de su hermano.
Y eso lo hacía todo más complicado.
Porque ahora tenía que cargar con la gratitud. Y la gratitud hacia Damián se sentía como la traición más profunda.
Los días siguientes, Damián estuvo ausente. Rosa mencionó que había viajado a Monterrey por negocios.
Eva debería haberse sentido aliviada. En cambio, el penthouse se sentía más opresivo en su ausencia.
Con tiempo libre, Eva comenzó a explorar. Había secretos escondidos en estas paredes.
En el tercer piso, detrás de una estantería, descubrió una puerta. Cerrada con llave.
Intentó girar la manija. No cedió.
—No encontrará nada ahí.
Eva se giró. Rosa estaba al final del pasillo con canasta de ropa.
—Solo exploraba.
Rosa se acercó con pasos suaves.
—Esa habitación pertenecía a la señorita Sofía. El señor Oscura la mantiene cerrada desde que ella se fue.
La curiosidad picó como agujas.
—¿Sofía era...?
—Su prometida. Hace tres años. Hermosa, inteligente, de buena familia. Todos pensábamos que se casarían. Y entonces...
Se detuvo.
—¿Y entonces?
Rosa suspiró.
—Conoció a Sebastián Irazábal. Era el mejor amigo del señor Oscura, casi hermanos. Trabajaban juntos. Pero Sebastián y Sofía se enamoraron. Ella dejó al señor Oscura dos semanas antes de la boda. Se fue con Sebastián.
Las piezas comenzaban a encajar.
—¿Qué pasó después?
—El señor Oscura cambió. El hombre que era antes... murió. El que quedó es frío. Calculador. Como si hubiera decidido que sentir era debilidad.
Eva tocó la puerta cerrada.
—¿Por qué me cuenta esto?
Rosa la miró con ojos que habían visto demasiado.
—Porque veo cómo la mira. Y cómo usted lo mira cuando cree que nadie observa. Sea cuidadosa, señorita Eva. Un corazón roto puede ser más peligroso que uno que nunca ha amado.
El permiso para visitar a Mateo llegó por mensaje: "El chofer te llevará al hospital a las 2 PM. Tienes una hora. -D"
Eva llegó al Hospital General con el estómago hecho nudo. Mateo estaba en habitación privada, sentado en la cama, con mejor color que en meses.
—¡Eva!
Su sonrisa era genuina, luminosa. Eva lo abrazó con cuidado.
—Te ves mejor. Mucho mejor.
—Me siento mejor. Los doctores dicen que podría estar en remisión para fin de año.
Las lágrimas que Eva había contenido se derramaron.
—Eso es increíble, Mateo.
Pero su hermano la conocía demasiado bien. Frunció el ceño.
—¿Estás bien, hermana? Te ves diferente.
—Estoy bien. Solo cansada del trabajo.
—¿Qué tipo de trabajo conseguiste exactamente? —había preocupación en su voz—. Para pagar todo esto, la habitación privada, los tratamientos... Eva, ¿qué hiciste?
Eva se sentó, tomando sus manos.
—Conseguí un buen trabajo. Bien pagado. Eso es todo lo que importa.
—¿Es legal?
—Sí —mintió, porque no sabía cómo explicar que había vendido su libertad.
Mateo la miró durante un largo momento.
—No quiero que sacrifiques tu vida por la mía.
—No es sacrificio si significa que vivas.
Cuando salió del hospital una hora después, lo último que esperaba era encontrar a Sebastián Irazábal esperando cerca de la entrada.
Estaba apoyado contra un auto, manos en bolsillos, sonrisa que desapareció al ver la expresión de Eva.
—¿Coincidencia? —preguntó Eva, escéptica.
Sebastián se enderezó.
—Quizás. O quizás quería verte.
—¿Cómo sabías que estaría aquí?
—Tengo mis fuentes. Rosa es prima de mi ama de llaves. El mundo de los ricos es pequeño.
Eva miró alrededor. El chofer de Damián estaba en el Mercedes, observándolos.
—No debería estar hablando contigo.
—¿Por qué? ¿Porque Damián te lo prohibió?
—Porque es complicado.
—La vida es complicada. ¿Tienes tiempo para un café? Solo treinta minutos.
Eva debería haber dicho no. Debería haber subido al Mercedes. Debería haber seguido las reglas.
Pero una parte rebelde de ella abrió la boca:
—Treinta minutos.
El café en la Roma Norte era pequeño, acogedor, con olor a café recién molido. Se sentaron junto a la ventana.
Sebastián no preguntó sobre Damián. No mencionó la gala. Habló de arquitectura, de un proyecto en Coyoacán, de viajes a España.
Y Eva se encontró relajándose, riendo, siendo humana.
—El cliente insistió en que los frescos del siglo XVIII necesitaban más color —Sebastián gesticulaba—. Me mostró un catálogo de pinturas de neón.
Eva rio, real.
—¿Qué hiciste?
—Lo convencí de que el color podía venir de iluminación. LED que cambian de color, él feliz, frescos intactos.
—Eres bueno negociando.
—Tengo que serlo. Especialmente con gente acostumbrada a salirse con la suya.
El peso detrás de sus palabras era inconfundible. Eva tomó un sorbo de café.
—¿Por qué haces esto, Sebastián?
—¿Tomar café contigo?
—Ser amable. Buscarme. Cuando sabes que...
Sebastián se inclinó, sus ojos encontrando los de ella con intensidad.
—Porque mereces a alguien que te vea como lo que eres, Eva. No como posesión. No como herramienta. Como persona.
Las palabras golpearon algo profundo en su pecho.
—¿Cómo sabes...?
—¿Sobre tu arreglo con Damián? —tomó su mano sobre la mesa—. Conozco a Damián mejor que nadie. Sé cómo opera. Sé cómo manipula. Y sé que no estás con él por elección.
Eva debería haber retirado su mano. No había nada que defender.
—Es complicado.
—No tiene que serlo. Si necesitas ayuda, si necesitas salir, yo puedo...
—Señorita Zenteno.
La voz cortó el aire. El chofer de Damián estaba junto a su mesa.
—El señor Oscura la requiere de inmediato.
El estómago de Eva se hundió. Estaba en problemas.
Se puso de pie, retirando su mano de la de Sebastián.
—Tengo que irme.
Sebastián también se levantó, tocando suavemente su brazo.
—Cuidado, Eva. Damián destruye todo lo que toca. No dejes que te destruya a ti.
El viaje de regreso fue tenso. El chofer no dijo palabra, pero Eva sentía la desaprobación.
Cuando llegaron, prácticamente corrió al elevador. Con cada piso, su corazón latía más rápido.
Damián la esperaba en la sala, de pie frente a los ventanales. Ni siquiera se giró cuando Eva entró.
—¿Te advertí o no sobre Sebastián Irazábal?
—Me lo encontré por casualidad.
Ahora sí se giró. La furia en sus ojos hizo que Eva retrocediera.
—¿Por casualidad? ¿En un café? ¿Tomados de la mano?
—Me estaba vigilando.
—Por supuesto que te estaba vigilando. Eres mía. Es mi derecho vigilar lo que me pertenece.
—No soy tu prisionera.
La risa de Damián fue oscura.
—¿Ah, no? Lee el contrato. Cláusula doce. No puedes tener contacto con individuos que yo considere amenazas.
—¡Sebastián no es una amenaza!
—Sebastián es la mayor amenaza que existe. No se acercó a ti por casualidad. Te está usando para llegar a mí.
—No le creo.
—No me importa si me crees. Lo que importa es que obedezcas.
Eva alzó la barbilla.
—¿Y si sigo viéndolo?
Damián se acercó, tan cerca que Eva podía ver las motas doradas en sus ojos.
—Entonces descubrirás exactamente qué tan lejos estoy dispuesto a llegar para mantenerte bajo control.
Extendió una mano.
—Tu teléfono. Dámelo. Ahora.
Con manos temblorosas, Eva se lo entregó. Damián lo desbloqueó y navegó a sus contactos.
Eva vio cómo borraba el número de Sebastián.
—A partir de ahora, el chofer te acompaña a todas partes. No solo al auto. A todas partes. Hospital, tiendas, incluso el baño si es necesario.
—Eso es ridículo.
—Esas son las nuevas reglas. Acéptalas o enfrenta las consecuencias.
Eva apretó el teléfono.
—Te odio.
Damián se inclinó, sus labios rozando su oído.
—Lo sé. Y no me importa.
Se dirigió hacia su estudio. Pero se detuvo en el umbral.
—No confío en Sebastián. Y no permitiré que te lastime. Aunque tengas que odiarme por protegerte.
Desapareció, dejando a Eva con emociones que no sabía cómo procesar.
Esa noche, cuando Eva creía que Damián se había retirado, escuchó voces del estudio. No debería acercarse. No debería escuchar.
Pero lo hizo.
La voz de Damián flotó hacia ella.
—El plan está en marcha. Eva Zenteno no sospecha nada.
La sangre de Eva se congeló.
—Seis meses es suficiente tiempo. Cuando Sebastián muerda el anzuelo, lo destruiré. Y ella habrá cumplido su propósito.
El mundo se inclinó. Eva tuvo que apoyarse contra la pared.
—No importa lo que sienta o deje de sentir. Al final, es solo una pieza en el tablero. Una muy útil, pero reemplazable.
Eva retrocedió en silencio, sintiendo que el piso se abría bajo sus pies. Sus manos temblaban. Las lágrimas ardían pero se negaban a caer.
Todo era mentira.
El interés. La obsesión. Los besos. Todo.
No era su capricho. No era su deseo.
Era su venganza.
Y ella, con su desesperación y su amor por su hermano, había sido la herramienta perfecta.
Se deslizó a su habitación, cerrando la puerta sin ruido. Se dejó caer en la cama, finalmente permitiendo que las lágrimas fluyeran.
Había sido una idiota. Una idiota que por un momento había comenzado a pensar que Damián sentía algo real.
Pero no. Nunca lo había hecho.
Y ahora Eva sabía la verdad.
La pregunta era: ¿qué iba a hacer al respecto?







