El beso de Damián Oscura no fue dulce ni romántico; fue una declaración de guerra contra la propia voluntad de Eva Zenteno.Eva se quedó apoyada contra la puerta durante largos minutos, con las piernas temblando y el corazón martillando. Sus labios ardían donde él los había reclamado, hinchados y sensibles, traicioneros en cómo todavía anhelaban el contacto que su cerebro rechazaba.Se llevó los dedos a la boca, rozando el labio inferior. Podía sentirlo todavía: la presión dominante, la invasión de su lengua, la forma en que sus manos habían recorrido su cuerpo.Lo peor no era el beso. Lo peor era que Eva había respondido.Había besado a Damián de vuelta con desesperación que la avergonzaba. Sus manos se habían aferrado a sus hombros, su cuerpo se había arqueado hacia él, y ese gemido que escapó había sido completamente involuntario y devastadoramente real.Se encerró en el baño, apoyándose contra el lavabo. La mujer en el espejo era casi irreconocible: cabello despeinado por las mano
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