Mundo ficciónIniciar sesiónLas mentiras más peligrosas no son las que te dicen otros, sino las que te dices a ti misma para sobrevivir.
El silencio que llenó el comedor después de la confrontación de Eva era tan denso que podría haberse cortado con un cuchillo. Damián Oscura permanecía inmóvil en su silla, con los dedos todavía envueltos alrededor del tenedor que había dejado suspendido en el aire, mientras sus ojos oscuros estudiaban a Eva con una intensidad que habría derretido acero.
Eva sostuvo su mirada sin pestañear, aunque su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. Había cruzado una línea de la que no había retorno, y ambos lo sabían. El juego había cambiado irrevocablemente en el momento en que ella pronunció las palabras que él nunca esperó escuchar.
—¿Quién te lo dijo? —la voz de Damián finalmente rompió el silencio, baja y peligrosamente calmada.
—Nadie —Eva tomó un sorbo de su vino, saboreándolo deliberadamente antes de continuar—. Escuché tu conversación telefónica. Anoche. Cuando creías que estaba dormida.
Algo cruzó el rostro de Damián, demasiado rápido para que Eva pudiera identificarlo. ¿Sorpresa? ¿Rabia? ¿Admiración? Fuera lo que fuera, desapareció tan rápido como llegó, reemplazado por esa máscara de control que Eva había llegado a conocer tan bien.
—Entiendo —dejó el tenedor sobre el plato con un clic suave, doblando la servilleta con movimientos precisos—. ¿Y qué exactamente crees que escuchaste?
—No es lo que creo —Eva se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa en un gesto deliberadamente casual—. Es lo que sé. Sé que soy parte de tu plan para destruir a Sebastián. Sé que todo esto, todo desde el principio, fue una farsa elaborada. Sé que soy una pieza en tu tablero de ajedrez.
Esperaba negación. Esperaba furia. Esperaba que Damián intentara manipularla de nuevo con esas palabras suaves y esa mirada penetrante que hacía que su cerebro se nublara.
Lo que no esperaba era que se riera.
Fue una risa baja, sin humor, que resonó en el espacio amplio del comedor como el sonido de cristal rompiéndose.
—Finalmente —dijo, reclinándose en su silla con los brazos cruzados—. Finalmente la mujer detrás de la máscara decide aparecer.
—¿Perdón?
—Has estado actuando toda la mañana, Eva. El desayuno temprano, la indiferencia estudiada, las preguntas cuidadosamente formuladas —una sonrisa tocó sus labios, pero no alcanzó sus ojos—. Pensé que quizás habías tomado clases de actuación durante la noche.
Eva sintió cómo el calor subía a sus mejillas, pero se negó a apartar la mirada.
—No estoy actuando. Estoy siendo honesta por primera vez desde que firmé ese maldito contrato.
—¿Honesta? —Damián se puso de pie, caminando lentamente alrededor de la mesa hacia ella—. Entonces seamos completamente honestos, Eva. Sí, tenía un plan. Sí, eras parte de él. Pero lo que no sabes, lo que no podrías haber escuchado en esa conversación, es que ya no estoy seguro de que funcione.
Eva se puso de pie también, negándose a quedarse sentada mientras él la acorralaba.
—¿Por qué? ¿Porque empezaste a sentir algo real? —las palabras salieron cargadas de sarcasmo, aunque algo en su pecho se apretó mientras las pronunciaba.
—No seas ridícula —respondió Damián, pero había algo en su mirada, algo que contradecía la firmeza de sus palabras.
—Entonces ilumíname —Eva cruzó los brazos, plantándose firmemente en su posición—. ¿Por qué tu plan perfecto ya no es tan perfecto?
Damián se detuvo frente a ella, tan cerca que Eva podía oler su colonia mezclada con el vino que había estado bebiendo. Su mirada la recorrió, lenta y deliberadamente, como si la estuviera viendo por primera vez.
—Porque resulta que subestimé ciertas... variables —admitió finalmente.
—Qué vago.
—Subestimé cuánto disfrutaría tenerte aquí. Subestimé cómo tu presencia cambiaría la dinámica de este lugar. Y definitivamente subestimé tu capacidad para ver a través de mis mentiras.
Las palabras flotaron entre ellos, cargadas con un significado que Eva no estaba segura de querer analizar. Tragó saliva, sintiendo cómo el aire se volvía más denso.
—Si voy a seguir siendo tu herramienta —dijo, forzando firmeza en su voz—, entonces seré una herramienta con dignidad. Tengo condiciones.
Una ceja oscura se arqueó con algo que parecía genuino interés.
—¿Condiciones? Eso es... audaz.
—Quiero acceso completo al penthouse. Incluida la habitación que mantienes cerrada con llave —Eva levantó un dedo por cada demanda—. Quiero poder ver a Mateo cuando yo quiera, no cuando tú lo apruebes. Quiero que termines con la vigilancia veinticuatro siete. Y quiero que Sebastián sea territorio neutral.
El rostro de Damián se endureció con cada palabra.
—No.
—¿A todo?
—A todo excepto las visitas a tu hermano —caminó hacia el bar, sirviéndose whisky con movimientos tensos—. La habitación está cerrada por una razón. La vigilancia es por tu seguridad. Y Sebastián Irazábal nunca será territorio neutral mientras siga respirando.
—Entonces no hay trato.
Damián se giró tan rápido que Eva casi retrocedió. Sus ojos ardían con una intensidad que hacía que el aire se sintiera electrificado.
—No estás en posición de hacer demandas.
—¿No? —Eva dio un paso hacia él, sintiendo cómo la rabia que había estado conteniendo finalmente encontraba su voz—. Tú me trajiste aquí. Tú me convertiste en parte de tu retorcido juego de venganza. Pero ahora sé la verdad, Damián. Y eso me da poder.
—¿Qué poder? —su voz era peligrosamente baja.
—El poder de arruinar tu plan. El poder de ir directamente a Sebastián y contarle todo. El poder de revelar públicamente que el gran Damián Oscura todavía está tan obsesionado con su ex prometida que orquesta planes elaborados de venganza tres años después.
El vaso de whisky golpeó la barra con un sonido sordo. Damián cerró la distancia entre ellos en dos zancadas largas, tomando el rostro de Eva entre sus manos con una firmeza que bordeaba lo doloroso.
—No te atrevas a amenazarme.
—No es una amenaza —Eva mantuvo su mirada, aunque su pulso se había disparado—. Es un hecho. Ahora mismo, podemos seguir este juego como enemigos, o podemos renegociar los términos como... —buscó la palabra correcta— como aliados temporales.
Damián la estudió durante un momento largo, sus pulgares rozando sus mejillas en un gesto que era tanto amenaza como caricia.
—Estás jugando con fuego.
—He estado jugando con fuego desde el momento en que firmé ese contrato.
Una sonrisa lenta, casi admirativa, cruzó el rostro de Damián.
—Está bien. Puedes explorar el penthouse libremente. Pero no sales sola bajo ninguna circunstancia.
Era un compromiso. Pequeño, pero un compromiso al fin.
—De acuerdo —Eva sintió cómo algo de la tensión abandonaba sus hombros—. Entonces empecemos por lo básico. Cuéntame sobre Sofía.
La mención del nombre hizo que Damián se tensara visiblemente. Soltó el rostro de Eva, dando un paso atrás como si el contacto de repente quemara.
—¿Por qué quieres saber sobre ella?
—Porque si voy a ayudarte a destruir a Sebastián, necesito entender por qué. Necesito saber toda la historia, no solo los fragmentos que escuché a través de una puerta.
Damián la miró durante tanto tiempo que Eva pensó que iba a negarse. Luego, sorpresivamente, se dirigió hacia el pasillo.
—Sígueme.
Eva lo siguió a través de los pasillos de mármol, subiendo las escaleras hasta el tercer piso. Se detuvieron frente a la puerta que Eva había descubierto días antes, la que Rosa le había dicho que pertenecía a Sofía.
Damián sacó una llave de su bolsillo, y por un momento, su mano tembló casi imperceptiblemente antes de insertarla en la cerradura.
—Si vas a estar aquí —dijo sin mirarla—, necesitas entender por qué hago lo que hago.
La puerta se abrió revelando una habitación que parecía congelada en el tiempo. La luz de la luna entraba a través de las ventanas grandes, iluminando un espacio que era mitad dormitorio, mitad santuario. Las paredes eran de un suave color crema, decoradas con fotografías enmarcadas de una mujer hermosa de cabello negro brillante y ojos verdes penetrantes.
Pero lo que capturó la atención de Eva fue el maniquí en el centro de la habitación, sobre el cual colgaba un vestido de novia. Era exquisito, todo encaje francés y perlas delicadas, con una cola que se extendía como agua congelada sobre el suelo de madera.
—No podía deshacerme de él —la voz de Damián sonó extraña, vulnerable de una manera que Eva nunca había escuchado antes—. Intenté. Docenas de veces. Pero cada vez que lo intentaba...
No terminó la frase. No necesitaba hacerlo.
Eva caminó lentamente alrededor de la habitación, estudiando las fotografías. Damián y Sofía en una playa tropical, sus rostros iluminados por la felicidad. Damián y Sofía en una gala, ella con un vestido dorado que hacía que pareciera una diosa. Damián y Sofía riéndose en lo que parecía ser un yate privado.
En cada foto, Damián lucía diferente. Más joven, sí, pero también más ligero. Como si la gravedad tuviera menos poder sobre él entonces.
—La conocí cuando tenía veintiocho años —Damián comenzó a hablar, sus ojos fijos en una foto particular—. Era nueva en los círculos sociales, acababa de graduarse de la universidad en Europa. Inteligente, hermosa, llena de vida. Me enamoré de ella en la primera conversación.
Eva sintió algo retorcerse en su estómago. ¿Celos? No podía ser. No debería ser.
—Sebastián era mi mejor amigo desde la preparatoria —continuó Damián—. Éramos como hermanos. Cuando comencé a salir con Sofía, naturalmente lo presenté. Pensé... —su voz se quebró ligeramente— pensé que podríamos ser un trío perfecto de amigos.
—¿Cuándo cambió? —preguntó Eva suavemente.
—No lo sé exactamente. Meses antes de la boda, quizás. Sofía comenzó a actuar diferente. Distante. Cancelaba planes. Pasaba más tiempo con Sebastián en sus proyectos de arquitectura —Damián se pasó una mano por el cabello—. Los encontré juntos dos semanas antes de la boda. En su estudio. No necesito darte los detalles gráficos.
Eva podía imaginarlos. La traición, la humillación, el dolor.
—¿Qué dijo ella?
—Nada al principio. Solo me miró con esos ojos verdes que tanto amaba y me dijo: 'Ya no te amo, Damián. Quizás nunca lo hice.' Como si tres años de nuestra vida juntos fueran una mentira.
Eva vio cómo los hombros de Damián se tensaban, cómo sus manos se cerraban en puños.
—¿Y Sebastián?
—Sebastián tuvo la audacia de pedirme perdón. De decirme que no lo había planeado, que simplemente pasó —Damián rio sin humor—. Como si eso lo hiciera mejor. Como si la traición fuera más aceptable porque no fue premeditada.
—¿Qué hiciste?
—Nada al principio. Estaba en shock. Cancelé la boda, obviamente. Me encerré aquí durante semanas. Y luego decidí que si iba a sobrevivir a esto, necesitaba convertir el dolor en algo útil.
—Venganza.
—Justicia —corrigió Damián, aunque ambos sabían que era lo mismo—. Pasé los siguientes tres años construyendo mi imperio, haciéndome más poderoso, más rico, más intocable. Todo mientras esperaba el momento perfecto para destruir a Sebastián.
Eva se giró hacia él, estudiando su perfil iluminado por la luz de la luna.
—¿Y yo soy ese momento perfecto?
Damián finalmente la miró, y había algo en sus ojos que hizo que el aliento de Eva se atascara en su garganta.
—Eras supuesta a serlo —admitió—. Pero ahora...
No terminó la frase. El espacio entre ellos se sentía cargado con electricidad, con palabras no dichas, con verdades demasiado peligrosas para vocalizarse.
Eva no debería haber preguntado. Debería haber dejado que el momento pasara. Pero las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
—¿Todavía la amas?
Damián se giró hacia ella, y por primera vez desde que se conocieron, su máscara había desaparecido completamente. En su rostro había dolor crudo, sin filtrar, sin las capas de control que usualmente lo protegían.
—La odio con cada fibra de mi ser —dijo, su voz apenas un susurro—. Y sí, todavía la amo. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Dio un paso hacia Eva, cerrando la distancia que los separaba. Su mano se levantó, rozando la mejilla de ella con una ternura que contrastaba brutalmente con la intensidad de la conversación.
—Por eso eres tan peligrosa, Eva —sus dedos trazaron la línea de su mandíbula—. Porque cuando te miro, no veo a Sofía. Veo a alguien que podría hacerme olvidar que juré nunca volver a amar.
El corazón de Eva latía tan fuerte que dolía. Debería alejarse. Debería recordarse que esto era parte del juego, otra manipulación, otra mentira disfrazada de verdad.
Pero antes de que pudiera procesar sus palabras, antes de que pudiera decidir si creerle o no, el teléfono de Damián sonó con la urgencia estridente que solo significaba emergencia.
Damián contestó sin apartar la mirada de Eva, su expresión cambiando instantáneamente de vulnerable a peligrosa.
—¿Cuándo? —escuchó, su voz volviéndose dura como acero—. Envía la dirección. Voy en camino.
Colgó, su rostro transformándose en una máscara de furia contenida que hizo que Eva retrocediera instintivamente.
—¿Qué pasó?
Damián la miró, y en sus ojos había algo que parecía una mezcla de rabia y admiración amarga.
—Sebastián acaba de comprar el edificio donde vive tu hermano. Todo el hospital. Lo hizo a tu nombre.







