Las mentiras más peligrosas no son las que te dicen otros, sino las que te dices a ti misma para sobrevivir.
El silencio que llenó el comedor después de la confrontación de Eva era tan denso que podría haberse cortado con un cuchillo. Damián Oscura permanecía inmóvil en su silla, con los dedos todavía envueltos alrededor del tenedor que había dejado suspendido en el aire, mientras sus ojos oscuros estudiaban a Eva con una intensidad que habría derretido acero.
Eva sostuvo su mirada sin pestañear, aunque su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. Había cruzado una línea de la que no había retorno, y ambos lo sabían. El juego había cambiado irrevocablemente en el momento en que ella pronunció las palabras que él nunca esperó escuchar.
—¿Quién te lo dijo? —la voz de Damián finalmente rompió el silencio, baja y peligrosamente calmada.
—Nadie —Eva tomó un sorbo de su vino, saboreándolo deliberadamente antes de continuar—. Escuché tu conversación telefónica. A