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El contrato tenía catorce páginas de cláusulas que básicamente decían lo mismo: durante los próximos seis meses, Eva Zenteno no existía como persona.

La luz del amanecer se filtraba a través de las cortinas raídas del departamento en Iztapalapa. Eva yacía inmóvil, con los ojos fijos en una mancha de humedad en el techo. El departamento era pequeño, apenas treinta metros cuadrados que contenían su vida entera: una cama que también era sofá, una cocineta con dos hornillas, un baño con regadera que goteaba.

Pero era suyo. O lo había sido hasta anoche.

El teléfono vibró. Mensaje de un número desconocido: "El chofer pasará por ti a las 10 AM. Viste algo simple. -D"

Eva dejó caer el teléfono. Las imágenes de la noche anterior se reproducían: la humillación de rodillas en ese pasillo, la sonrisa depredadora de Damián, el peso del bolígrafo mientras firmaba ese maldito contrato.

Seis meses. Ciento ochenta días.

El teléfono vibró de nuevo. El hospital.

—¿Bueno?

—¡Eva! —la voz de Mateo llegó débil pero animada—. Los análisis mejoraron. El doctor dice que el nuevo tratamiento funciona.

Eva se incorporó, limpiándose los ojos.

—Eso es... eso es increíble, hermanito.

—¿Conseguiste el dinero, hermana?

Las palabras se atascaron como cristales rotos.

—Sí. Todo estará bien. Te lo prometo.

Cuando colgó, la sonrisa se desvaneció. Se arrastró hacia la regadera, dejando que el agua tibia lavara el sudor frío de su piel.

A las diez en punto, un Mercedes negro se detuvo frente al edificio. Eva bajó con una maleta pequeña, sintiendo las miradas de los vecinos como agujas en su espalda.

El chofer le abrió la puerta sin hablar. Eva se hundió en el cuero que probablemente costaba más que tres meses de renta.

La boutique en Masaryk era blanco y dorado, con espejos de piso a techo. Una mujer de unos cincuenta años con el cabello en moño apretado la recibió con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos grises.

—Señorita Zenteno. Soy la señora Aguirre. El señor Oscura envió especificaciones de lo que necesita que use.

Chasqueó los dedos. Dos asistentes aparecieron con perchas de vestidos que costaban más que el salario anual de Eva.

Todos eran hermosos. Todos eran reveladores. Escotes que llegarían al ombligo. Faldas que apenas cubrirían lo necesario.

—Este no —dijo Eva, apartando un vestido rojo—. Es demasiado revelador.

La señora Aguirre intercambió una mirada con sus asistentes.

—El señor Oscura fue muy específico. Quizás deberíamos consultarle.

Marcó un número. Eva podía escuchar la voz de Damián al otro lado.

La mujer extendió el teléfono.

—Eva —la voz de Damián fluyó como whisky oscuro—. ¿Ya estamos renegociando el contrato?

—Solo pedí algo más apropiado.

—Apropiado para quién. ¿Para ti o para mí?

—Para cualquier persona con dignidad.

Una risa baja resonó.

—Dignidad. Qué palabra interesante viniendo de alguien que acaba de venderse por seis meses. Usarás lo que yo elija. ¿O no recuerdas la cláusula siete del contrato?

Eva cerró los ojos, respirando profundamente.

—Me acuerdo.

—Entonces ponte el vestido rojo. Tengo una cena esta noche.

La línea murió.

Eva devolvió el teléfono con manos temblorosas. Pero se negó a llorar. No aquí.

—El vestido rojo —dijo con voz hueca.

El penthouse en Santa Fe parecía diseñado para valorar estética sobre comodidad humana. Todo era líneas limpias y superficies frías: mármol blanco, vidrio, acero. Los ventanales ofrecían vista panorámica de la ciudad.

Hermoso. Impersonal. Como una cárcel diseñada por un arquitecto minimalista.

Rosa, una mujer uniformada de cincuenta y tantos con rostro amable, le mostró el penthouse. La sala que parecía de revista. La cocina de chef. El gimnasio. El estudio.

Y finalmente, su habitación.

Era más grande que todo su departamento. La cama era enorme. Había un vestidor lleno de ropa: su ropa de Iztapalapa mezclada con prendas caras de la boutique.

—El señor Oscura hizo que trajeran sus pertenencias esta mañana —explicó Rosa.

Eva abrió un cajón. Su ropa interior barata junto a lencería de seda que no era suya. El mensaje era claro: lo viejo estaba siendo reemplazado.

Rosa se aclaró la garganta.

—Su habitación está conectada con la del señor Oscura. La puerta no tiene cerradura de su lado.

El aire abandonó los pulmones de Eva.

—¿Perdón?

—Puede cerrarse desde el lado del señor Oscura, pero no desde aquí. Son las reglas.

Por supuesto que lo eran.

Cuando Rosa se retiró, Eva exploró más. Notó las cámaras de seguridad en las esquinas. Las ventanas no se abrían. El elevador requería tarjeta llave que no estaba en ningún lado.

Prisionera en una jaula dorada.

Damián llegó exactamente a las ocho. Eva lo escuchó antes de verlo: la puerta abriéndose, pasos seguros contra el mármol.

Apareció en el umbral. Devastadoramente guapo en traje gris oscuro, corbata aflojada, mangas enrolladas hasta los codos.

Sus ojos la recorrieron lentamente.

—Mejor —dijo, aunque no sonaba exactamente complacido—. Rosa preparó la cena. Ven.

No era invitación. Era orden.

La mesa estaba servida con elegancia excesiva. Damián se sentó a la cabecera, indicándole el asiento a su derecha.

Eva empujaba la comida en su plato, incapaz de tragar.

—No estás comiendo.

—No tengo hambre.

—Comerás. No toleraré que te enfermes por dramática.

Eva dejó el tenedor con fuerza.

—No soy dramática. Estoy procesando que básicamente me ha secuestrado.

—Secuestro implica que no tuviste opción. Firmaste voluntariamente.

—Bajo coerción.

—Bajo circunstancias desafortunadas. Pero voluntariamente.

Se reclinó, estudiándola.

—Hablemos de las reglas. No saldrás sin mi permiso. No contactarás con nadie sin que yo lo sepa. Estarás disponible cuando te requiera. Asistirás a eventos a mi lado.

—¿Y si me niego?

Damián dejó su copa con cuidado.

—Por cada negativa, restaré una semana del tratamiento de tu hermano.

El mundo se detuvo.

—No lo harías.

—¿Quieres arriesgarte?

Eva sintió cómo el odio florecía en su pecho.

—Eres un monstruo.

—Soy un hombre que obtiene lo que quiere.

Se puso de pie, rodeando la mesa. Se detuvo detrás de su silla, sus manos posándose en sus hombros desnudos.

—No te confundas. Puedes odiarme todo lo que quieras. Pero tu cuerpo ya me desea.

Sus dedos trazaron la línea de su garganta, bajando hacia la clavícula.

—Apártate de mí —siseó Eva.

—¿O qué?

La mano de Eva se movió antes de pensar. La bofetada resonó como un disparo.

Damián se quedó quieto. Eva podía sentir la tensión en el aire.

Lentamente, se enderezó. Una marca roja florecía en su mejilla.

—Esa te la perdonaré. La próxima vez, habrá consecuencias.

Se alejó, dejándola sola.

Eva se retiró a su habitación, arrancándose el vestido rojo. Se metió a la regadera. El agua caliente no pudo lavar la sensación de las manos de Damián en su piel.

Las lágrimas que había contenido finalmente llegaron. Se deslizó hasta el piso de la regadera, sollozando de una forma que no se había permitido en años.

¿Cómo iba a sobrevivir seis meses?

Se vistió con pijama simple y se metió en la cama gigante. Cerró los ojos, rogando por el sueño.

Estaba casi dormida cuando escuchó el sonido.

La puerta que conectaba su habitación con la de Damián se abrió lentamente.

Eva se incorporó, cubriéndose con las sábanas. Su corazón latía dolorosamente.

La silueta de Damián se recortó contra la luz. Estaba descalzo, sin camisa, el pantalón de pijama colgando bajo en sus caderas. La luz acentuaba cada línea de músculo en su abdomen.

—¿Qué haces? —la voz de Eva salió casi como susurro.

Damián se acercó con pasos deliberados. Sus ojos brillaban en la oscuridad.

—Estableciendo otra regla. Esta puerta nunca se cierra con llave.

Se detuvo al pie de la cama.

—Duerme, Eva. Todavía.

La palabra final colgó como promesa oscura.

Damián se giró y regresó a su habitación, cerrando la puerta. Pero el mensaje estaba claro.

Solo era cuestión de tiempo.

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