5

Eva Zenteno había pasado toda su vida siendo un peón en los juegos de otros; era hora de aprender a jugar ajedrez.

El amanecer llegó sin anunciarse, filtrándose a través de las cortinas del penthouse con una luz grisácea que parecía apropiada para el estado de ánimo de Eva. Ella yacía despierta en la cama gigante, con los ojos fijos en el techo blanco e impoluto, mientras su mente procesaba la revelación de la noche anterior. Las palabras de Damián todavía resonaban en sus oídos como una sentencia: "Es solo una pieza en el tablero. Una muy útil, pero reemplazable."

No había llorado más después de meterse a la cama. Las lágrimas se habían secado junto con cualquier ilusión que hubiera comenzado a albergar sobre Damián Oscura. En su lugar, algo más frío, más calculado había tomado residencia en su pecho. Si iba a ser una pieza en el tablero de ajedrez de Damián, sería una pieza que él no podría controlar completamente.

Se levantó con movimientos deliberados, duchándose en el baño de mármol mientras formulaba su plan. El agua caliente golpeaba su piel, pero Eva apenas la sentía. Estaba demasiado ocupada pensando, analizando, estrategizando. Damián quería usar su cercanía con Sebastián para destruirlo. Bien. Pero Eva también podía usar esa cercanía para descubrir la verdad completa sobre ambos hombres.

Cuando salió del baño, envuelta en una bata de seda que probablemente costaba más que su renta mensual anterior, tomó su teléfono. Necesitaba recordar por qué estaba haciendo esto. Necesitaba anclar su determinación en algo real.

Marcó el número del hospital. La enfermera Carmona contestó después del tercer timbre.

—Buenos días, señorita Zenteno. Qué temprano llama.

—¿Cómo está Mateo? —preguntó Eva, su voz más firme que la noche anterior.

—Mejor cada día. Los doctores están asombrados con su progreso. A este ritmo, podría salir del hospital en tres meses.

Tres meses. Eva cerró los ojos, sintiendo cómo la determinación se solidificaba en su interior como acero. Tres meses más de tratamiento y su hermano estaría a salvo. Podía soportar tres meses más de este infierno si significaba la vida de Mateo.

—¿Puede pasármelo?

La voz de su hermano llegó momentos después, adormilada pero claramente más fuerte que la última vez que habían hablado.

—¿Eva? ¿Estás bien? Son las seis de la mañana.

—Estoy bien, hermanito. Solo quería escuchar tu voz —Eva se sentó en el borde de la cama—. ¿Cómo te sientes hoy?

—Mejor. De verdad, hermana. Los doctores dicen que el nuevo tratamiento es casi milagroso —hizo una pausa—. Eva, sé que estás haciendo algo difícil para pagar todo esto. Solo quiero que sepas que te quiero. Y que todo valdrá la pena.

Las palabras de Mateo fueron como un golpe directo al corazón. Sí, todo valdría la pena. Y Eva se aseguraría de salir de esta situación con más que solo las migajas que Damián quisiera darle.

—Te quiero también. Descansa. Te veo pronto.

Cuando colgó, Eva se vistió con cuidado. Eligió un vestido simple pero elegante, de color azul marino que Damián había comprado pero que ella nunca había usado. Se maquilló ligeramente, lo suficiente para ocultar las ojeras pero no tanto como para parecer que estaba haciendo un esfuerzo especial. Se peinó el cabello en una coleta alta, práctica y sin pretensiones.

Estudió su reflejo en el espejo. La mujer que la miraba de vuelta ya no era la Eva asustada y desesperada que había firmado ese contrato dos semanas atrás. Esta Eva tenía los ojos más duros, la mandíbula más firme, la espalda más recta.

Salió de su habitación con pasos seguros, dirigiéndose hacia el comedor donde sabía que Damián estaría desayunando. Era un hombre de rutinas obsesivas: café negro a las siete, revisión de correos mientras comía tostadas con mermelada, llamadas de negocios a las ocho en punto.

Cuando Eva entró al comedor, Damián ya estaba sentado a la cabecera de la mesa larga, con su laptop abierta frente a él y una taza de café humeante en la mano. Estaba vestido para el trabajo: traje gris oscuro, camisa blanca sin corbata todavía, el cabello perfectamente peinado hacia atrás. Ni siquiera levantó la vista cuando ella entró.

—Buenos días —dijo Eva con voz neutra, sirviendo su propio café de la cafetera que Rosa había dejado en la mesa.

Damián levantó la vista, y Eva vio el destello de sorpresa en sus ojos. Claramente no esperaba que ella estuviera despierta tan temprano, y mucho menos que actuara con tal normalidad.

—Buenos días —respondió finalmente, estudiándola con esa intensidad característica—. Madrugaste.

—No podía dormir —Eva se sentó en el lado opuesto de la mesa, no en la silla a su lado como usualmente lo hacía—. Tenía demasiadas cosas en la mente.

Damián cerró la laptop con un clic suave, dándole toda su atención. Era eso lo que hacía a Damián tan peligroso, pensó Eva. Cuando te miraba, sentías que eras lo único en su universo. Era fácil olvidar que era solo otra de sus tácticas de manipulación.

—¿Quieres hablar sobre esas cosas?

Eva tomó un sorbo de su café, manteniendo su expresión cuidadosamente neutral.

—No particularmente. Solo estaba pensando sobre el contrato. Sobre cuánto tiempo exactamente planeas mantenerme aquí.

Algo cambió en la expresión de Damián. Algo sutil, casi imperceptible, pero Eva lo vio. Era cautela.

—El tiempo que sea necesario —respondió con voz controlada—. ¿Por qué la pregunta repentina?

Eva se encogió de hombros con una indiferencia estudiada.

—Curiosidad. Mateo está mejorando más rápido de lo esperado. En tres meses podría estar fuera del hospital. Me preguntaba si el contrato terminaría entonces o si tendría que cumplir los seis meses completos.

—Los términos del contrato son claros. Seis meses.

—Por supuesto —Eva untó mermelada en una tostada con movimientos deliberadamente lentos—. Solo quería confirmar.

El silencio que siguió fue tenso. Eva podía sentir la mirada de Damián sobre ella, escudriñando, buscando algo. Ella mantuvo su rostro perfectamente sereno, concentrándose en su desayuno como si fuera la cosa más fascinante del mundo.

—Estás diferente esta mañana —dijo Damián finalmente.

—¿Diferente cómo?

—No lo sé. Más... tranquila. Resignada, quizás.

Eva levantó la vista, encontrándose con sus ojos oscuros.

—Quizás finalmente acepté mi situación. Es más fácil cuando dejas de luchar contra lo inevitable.

Damián entrecerró los ojos ligeramente. Eva podía ver las ruedas girando en su mente, tratando de descifrar si había un doble significado en sus palabras. Bien. Que se preguntara. Que dudara. Era hora de que Damián Oscura no tuviera todas las respuestas.

—Me alegra escuchar eso —dijo finalmente, aunque su tono sugería que no estaba del todo convencido—. Hace las cosas más sencillas para ambos.

—Eso pensé —Eva terminó su café y se puso de pie—. Tengo algunas cosas que hacer esta mañana. ¿Necesitas algo de mí?

La pregunta fue deliberadamente ambigua, cargada con doble sentido. Damián la captó, porque su mirada se oscureció levemente.

—No por ahora. Rosa tiene órdenes de darte acceso a todo lo que necesites en el penthouse.

—Perfecto —Eva sonrió, y fue una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Entonces te veré más tarde.

Se alejó antes de que Damián pudiera responder, consciente de sus ojos siguiéndola mientras salía del comedor. Una vez fuera de su vista, Eva dejó que la sonrisa se desvaneciera. Primera ronda para ella. Damián estaba confundido, inseguro. Esa era exactamente la posición donde Eva lo quería.

Se dirigió directamente al baño, el único lugar en todo el maldito penthouse donde estaba razonablemente segura de que no había cámaras de seguridad. Cerró la puerta con llave y sacó su teléfono.

Era hora de hacer su propia investigación.

Abrió el navegador y escribió: "Sofía Montalvo Damián Oscura." El apellido había sido mencionado por Rosa el día anterior, y Eva había sido lo suficientemente lista para memorizarlo.

Los resultados aparecieron instantáneamente. Fotos de una mujer hermosa con cabello negro brillante y ojos verdes, siempre sonriendo a la cámara junto a un Damián que se veía... diferente. Más joven, sí, pero también más ligero. Como si el peso del mundo no estuviera constantemente sobre sus hombros.

Eva amplió una foto. Era de una gala benéfica hace cuatro años. Sofía llevaba un vestido dorado deslumbrante, y Damián la miraba como si fuera la única mujer en la habitación. La leyenda decía: "El magnate Damián Oscura y su prometida Sofía Montalvo en la Gala Anual de Caridad."

Prometida. La palabra se clavó en el pecho de Eva como una espina.

Siguió buscando, encontrando más fotos, más artículos. La mayoría eran de eventos sociales, siempre luciendo perfectos juntos. Luego, hace tres años, los artículos cambiaron de tono.

"Escándalo en círculos sociales: Sofía Montalvo abandona al magnate Damián Oscura días antes de la boda."

"Fuentes cercanas confirman: La ex prometida de Oscura se fuga con su mejor amigo, el arquitecto Sebastián Irazábal."

"El triángulo amoroso que sacudió a la alta sociedad mexicana."

Eva leyó cada artículo con avidez. Los detalles eran escasos pero consistentes: Sofía había dejado a Damián literalmente en el altar, huyendo con Sebastián en lo que los tabloides llamaron "el romance del siglo." Damián se había negado a hacer comentarios. Sebastián tampoco había hablado públicamente.

Y entonces, hace seis meses, Sofía simplemente... desapareció.

Sus redes sociales, que habían estado llenas de fotos de viajes exóticos y cenas elegantes con Sebastián, se volvieron silenciosas. La última publicación era de un atardecer en alguna playa tropical, con la leyenda: "A veces tienes que perderte para encontrarte."

Después de eso, nada.

Eva frunció el ceño, tomando capturas de pantalla de todo lo relevante. ¿Dónde estaba Sofía ahora? ¿Seguía con Sebastián? Y más importante, ¿por qué Damián seguía obsesionado con vengarse tres años después?

Un golpe en la puerta del baño la sobresaltó.

—¿Señorita Eva? —era la voz de Rosa—. Tiene una visita.

Eva guardó rápidamente su teléfono.

—¿Quién es?

—La señorita Valeria Montes. Dice que es urgente.

El estómago de Eva se tensó. Valeria. Aquí. ¿Qué demonios quería ahora?

—Dile que salgo en un minuto.

Eva se miró en el espejo, recomponiendo su expresión. Fuera lo que fuera que Valeria quisiera, no le daría la satisfacción de verla nerviosa.

Cuando salió del baño, encontró a Valeria esperando en la sala, vestida con un traje blanco impecable que probablemente costaba el equivalente a tres meses de tratamiento de Mateo. La mujer estaba estudiando una escultura moderna con expresión aburrida, pero sus ojos se iluminaron con malicia cuando vio a Eva.

—Qué lindo verte de nuevo, querida —dijo Valeria con falsa dulzura—. Espero no estar interrumpiendo nada importante.

—¿Qué haces aquí, Valeria? —Eva cruzó los brazos, manteniéndose a distancia.

Valeria rio, un sonido agudo que hacía eco en el espacio amplio.

—¿No puedo visitar a una vieja... amiga?

—No somos amigas.

—No, supongo que no —Valeria caminó en círculo alrededor de Eva como un tiburón evaluando a su presa—. Pero pensé que deberías saber algunas cosas. Ya sabes, de mujer a mujer.

—No me interesa nada que tengas que decir.

—Oh, creo que sí —Valeria se detuvo frente a ella—. ¿Crees que eres especial, Eva? ¿Crees que Damián te eligió por algo más que conveniencia?

Eva mantuvo su expresión neutral, aunque el comentario la picó.

—No me importa por qué me eligió.

—Deberías —Valeria sacó su teléfono, deslizando a través de fotos—. Eres la tercera este año. Antes de ti, estaba Carla. Y antes de Carla, estaba Magdalena. Todas jóvenes, todas necesitadas, todas... reemplazables.

Mostró el teléfono a Eva. Había fotos de Damián con otras mujeres, ninguna que Eva reconociera, pero todas tenían algo en común: cabello oscuro, ojos claros, complexión similar. Todas se parecían vagamente a...

—Sofía —murmuró Eva antes de poder detenerse.

Valeria sonrió como un gato que atrapó al ratón.

—Exacto. Todas ustedes son solo sustitutos baratos de la mujer que Damián realmente quiere. La mujer que lo destruyó.

Eva sintió algo frío deslizarse por su columna, pero mantuvo su rostro impassible.

—Gracias por la información. Ahora puedes irte.

—¿Eso es todo? —Valeria parecía sorprendida—. ¿No vas a llorar? ¿No vas a confrontarlo?

—¿Para qué? —Eva se encogió de hombros con indiferencia que no sentía—. Ya sé que esto no es real. ¿Por qué debería importarme si hubo otras antes que yo?

Eso claramente no era la reacción que Valeria esperaba. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por confusión y algo que parecía frustración.

—Eres más estúpida de lo que pensé si te quedas aquí sabiendo eso.

—O quizás soy más lista de lo que crees —Eva caminó hacia la puerta, abriéndola en una clara invitación a que Valeria se fuera—. Gracias por la visita. No vuelvas.

Valeria la miró durante un largo momento, luego rio sin humor.

—Damián está obsesionado con destruir a Sebastián. Usará lo que sea necesario. Cuando termine contigo, te descartará como hizo con todas las demás. Espero que el dinero valga la pena.

—Gracias por la advertencia. Ahora vete.

Valeria salió con pasos furiosos, claramente molesta por no haber obtenido la reacción dramática que buscaba. Eva cerró la puerta detrás de ella y se apoyó contra la madera, permitiéndose finalmente procesar todo lo que acababa de escuchar.

Así que había otras. Por supuesto que las había. Un hombre como Damián Oscura no pasaba tres años en celibato lamentando a su ex prometida. Pero el hecho de que todas se parecieran a Sofía...

Eso lo hacía todo más retorcido.

Esa noche, la cena fue servida en un silencio tenso. Damián había llegado tarde, oliendo a colonia cara y whisky. Eva había pasado el resto del día investigando más sobre Sofía, Sebastián, y el escándalo que los unió.

Rosa había servido cordero al romero con vegetales asados. Eva empujaba la comida en su plato, sin apetito real, mientras Damián comía metódicamente, como hacía todo.

El silencio se extendió, denso y expectante. Eva podía sentir la tensión acumulándose como una tormenta a punto de estallar. Había estado esperando el momento correcto, calculando exactamente cuándo soltar la bomba que cambiaría la dinámica entre ellos para siempre.

Dejó su tenedor con un clic deliberado. Damián levantó la vista, arqueando una ceja en pregunta silenciosa.

Eva tomó un sorbo de vino, saboreándolo, haciéndolo esperar. Luego, con voz perfectamente neutral, hizo la pregunta que había estado preparando todo el día.

—Damián, cuéntame sobre Sofía.

El tenedor de Damián se detuvo a medio camino a su boca. Sus ojos se clavaron en los de Eva, oscuros y peligrosos, con una intensidad que habría hecho retroceder a la Eva de hace dos semanas.

Pero esta Eva sostuvo su mirada sin pestañear.

—¿Quién te habló de Sofía? —su voz era mortalmente calmada.

—Nadie. Encontré su habitación. La que mantienes cerrada con llave.

El silencio que siguió fue tan denso que Eva podía escuchar su propio corazón latiendo contra sus costillas. Damián dejó el tenedor lentamente, cada movimiento controlado, medido, peligroso.

—Nunca —cada palabra estaba cargada de amenaza— vuelvas a entrar a esa parte del penthouse.

Eva sonrió. Fue una sonrisa pequeña, calculada, que no alcanzó sus ojos.

—¿O qué? ¿Me castigarás? —se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un susurro letal—. Ya sé que esto no es real, Damián. Sé que soy parte de tu venganza contra Sebastián.

La expresión de Damián se congeló completamente. Por primera vez desde que Eva lo conocía, lo vio completamente sin palabras.

Y Eva supo que acababa de cambiar el juego para siempre.

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