Valentina bajó las escaleras con el corazón latiéndole fuerte. El vestido negro que Alessandro le había enviado se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Cada paso que daba se sentía como caminar hacia una trampa.
Cuando llegó al comedor, él ya estaba sentado en la cabecera de una mesa larguísima. Solo dos puestos estaban servidos: uno en cada extremo. La distancia entre ellos era tan grande que parecía que estaban en dos continentes diferentes.
Alessandro levantó la vista al verla entrar.