La primera orden

Valentina llegó puntual a las siete de la mañana. Apenas pisó el piso 35, la misma secretaria de ayer la estaba esperando con cara de pocos amigos.

—Señor Valtieri la espera en su oficina. No lo haga esperar.

Valentina respiró profundo y caminó hacia la puerta doble de cristal oscuro. Antes de tocar, la voz grave de Alessandro ya se escuchaba desde dentro.

—Pase, señorita Montenegro.

Ella abrió la puerta. Él estaba de pie frente al ventanal, con las manos en los bolsillos, mirando la ciudad como si fuera suya. Y probablemente lo era.

—Llegas dos minutos tarde —dijo sin voltearse.

—Son exactamente las siete, señor.

—Para mí, dos minutos tarde es tarde.

Valentina apretó los labios. Ya empezaba.

Alessandro se giró lentamente. Hoy llevaba un traje gris oscuro que lo hacía lucir aún más intimidante. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo sin disimulo.

—Tu primera tarea es sencilla —dijo, caminando hacia su escritorio—. Vas a leer todos los correos que recibí en las últimas 48 horas y vas a clasificarlos por urgencia. Rojo, amarillo, verde.

—¿Y cómo sé qué es urgente y qué no?

Él sonrió de lado, esa sonrisa peligrosa que ya empezaba a reconocer.

—Esa es tu problema. Si te equivocas, lo sabrás.

Valentina se sentó en la silla que él señaló. El escritorio era enorme, de vidrio negro, y sobre él solo había una laptop y un teléfono.

Mientras abría el correo, sintió la mirada de Alessandro clavada en ella. No dijo nada, solo la observaba.

Después de diez minutos en completo silencio, él habló:

—¿Sabes por qué te contraté a ti específicamente, Valentina?

Ella levantó la vista, sorprendida de que usara su nombre.

—No.

Alessandro se acercó, apoyó las dos manos sobre el escritorio y se inclinó hacia ella.

—Porque tu apellido apareció en un archivo que no debería haber visto nunca.

Valentina sintió que la sangre se le helaba.

—¿Qué archivo?

Él no contestó. Solo la miró fijamente durante varios segundos que parecieron eternos.

—Quiero que recuerdes una cosa —dijo en voz baja—. En este edificio todos tienen un precio. Incluida tú. No te confundas, esto no es un trabajo… es un contrato.

Valentina tragó saliva.

—¿Y cuál es mi precio, señor Valtieri?

Alessandro se enderezó, metió las manos en los bolsillos y sonrió con frialdad.

—Todavía no lo has descubierto.

Dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo un segundo.

—Ah, y una cosa más… —añadió sin mirarla—. Borra el mensaje que recibiste ayer en la noche. El que decía “Tu nombre está en el spam”.

Valentina sintió que el aire se volvía pesado dentro de la oficina. Las palabras de Alessandro retumbaban en su cabeza como un eco peligroso.

—¿Cómo sabe usted sobre ese mensaje? —preguntó ella, tratando de mantener la voz firme.

Alessandro giró lentamente la cabeza y la miró por encima del hombro. Sus ojos oscuros parecían divertidos y amenazantes al mismo tiempo.

—Porque yo lo envié.

El silencio que siguió fue tan denso que Valentina podía escuchar su propio corazón golpeando contra su pecho.

—¿Por qué? —susurró.

Él caminó de vuelta hacia el escritorio, tomó una carpeta negra y la dejó caer frente a ella con un golpe seco.

—Porque tu nombre apareció en una lista que no debía aparecer. Una lista que maneja gente muy peligrosa.

Valentina abrió la carpeta con manos temblorosas. Dentro solo había una hoja con su nombre completo, su dirección, el nombre de su madre y un número: 47.

—¿Qué significa el 47? —preguntó.

Alessandro se inclinó sobre ella, tan cerca que su aliento rozó su oreja.

—Que eres la número 47 en una lista de personas que tienen que desaparecer.

Valentina levantó la cara de golpe. Sus ojos chocaron con los de él a solo centímetros de distancia.

—¿Y por qué me contrata entonces? ¿Para vigilarme?

—No —respondió él en voz baja—. Para protegerte.

Ella soltó una risa nerviosa.

—¿Protegerme? Usted parece más un verdugo que un protector.

Alessandro sonrió, pero esta vez la sonrisa no llegó a sus ojos.

—Tal vez sea ambas cosas.

Se enderezó y caminó hacia la puerta. Antes de abrirla, se detuvo.

—Lee los correos. Clasifícalos bien. Y no confíes en nadie dentro de este edificio. Nadie.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, Valentina soltó todo el aire que había estado conteniendo. Sus manos temblaban sobre el teclado.

Miró la pantalla del computador. El primer correo que abrió tenía como asunto:

"Montenegro - Eliminar antes del viernes"

Sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.

¿En qué demonios se acababa de meter?

Valentina sintió que el mundo se detenía.

Él sabía.

Alessandro Valtieri era quien le había enviado ese mensaje.

Y ahora ella estaba atrapada en su edificio… trabajando directamente para él.

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