El año era 2148.
Valeria Montenegro tenía 74 años y sabía que su tiempo también estaba llegando a su fin. No tenía miedo. Lo había visto en los ojos de su abuelo Lucas Rafael y ahora lo sentía en sus propios huesos: una paz profunda, casi dulce.
Esa mañana pidió que toda la familia se reuniera en la terraza. No era un cumpleaños. No era un aniversario. Era simplemente “una reunión de familia”, como ella lo llamó. Pero todos entendieron que era una despedida.
Más de noventa personas llenaron el