Valentina sintió que las paredes de la sala de juntas se cerraban sobre ella. El documento estaba sobre la mesa, esperándola como una sentencia. Alessandro la observaba con esa mirada fría y calculadora que ya empezaba a conocer demasiado bien.
—No tengo todo el día, Valentina —dijo él con voz baja—. Firma.
Ella levantó la vista, con los ojos brillando de rabia contenida.
—¿Y si no firmo? ¿Realmente vas a hacerle daño a mi madre?
Alessandro no contestó de inmediato. Caminó lentamente alrededor de la mesa hasta quedar justo detrás de ella. Puso las manos sobre el respaldo de su silla y se inclinó hasta que su boca quedó cerca de su oído.
—No voy a hacerle daño… pero otros sí lo harán. Y yo soy la única persona que puede impedir que eso pase.
Valentina cerró los ojos un segundo. Podía sentir el calor de su cuerpo tan cerca. Su perfume era caro, oscuro, la envolvía completamente.
—¿Por qué yo? —preguntó casi en un susurro—. Hay cientos de mujeres que firmarían esto sin pensarlo dos veces.
Alessandro soltó una risa baja, casi inaudible.
—Porque tú eres la única que no quiere hacerlo. Y eso… lo hace mucho más interesante.
Se enderezó y rodeó la mesa de nuevo hasta quedar frente a ella. Sacó una pluma negra del bolsillo interior de su traje y la colocó sobre el documento.
—Seis meses. Un matrimonio por contrato. Vivirás en mi casa. Aparecerás conmigo en público cuando yo lo diga. A cambio, tu madre recibirá el mejor tratamiento médico del país y tu familia quedará completamente protegida.
Valentina miró la pluma como si fuera un arma.
—¿Y qué pasa después de los seis meses?
—Te vas con un millón de dólares y nunca más vuelves a verme.
Ella soltó una risa amarga.
—Suena demasiado fácil.
—No lo es —respondió seriamente—. Porque durante esos seis meses vas a tener que fingir que me amas. Y yo voy a tener que fingir que te amo a ti.
Valentina levantó la mirada y sus ojos se encontraron. Por primera vez, vio algo distinto en los ojos de Alessandro. No era solo frialdad. Había algo más… algo que la asustó aún más que sus amenazas.
Tomó la pluma con la mano temblorosa. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho.
Cuando la punta de la pluma tocó el papel, sintió que estaba firmando su propia condena.
Firmó.
Alessandro tomó el documento, lo revisó y lo guardó en una carpeta negra.
—Bienvenida a tu nueva vida, señora Valtieri.
Valentina sintió un escalofrío al escuchar ese apellido.
—No me llames así.
—Vas a tener que acostumbrarte —dijo él, guardándose la pluma—. Mañana mismo te mudas a mi mansión.
—¿Mañana? —preguntó ella, sorprendida.
—Sí. Esta noche mandaré a alguien a recoger tus cosas.
Valentina se puso de pie. Las piernas le temblaban.
—¿Puedo irme ya?
—Una cosa más —dijo Alessandro antes de que ella alcanzara la puerta.
Ella se detuvo sin voltearse.
—Ese mensaje que recibiste… “Tu nombre está en el spam”. No lo borres. Guárdalo. Va a servirnos como prueba cuando todo esto termine.
Valentina giró lentamente la cabeza.
—¿Prueba de qué?
Alessandro sonrió con esa sonrisa peligrosa que ella ya odiaba.
—De que desde el primer día… tú ya eras mía. Alessandro se acercó aún más, hasta quedar a solo un paso de ella. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro ronco:
—…y cómo mirarme cuando estemos delante de los demás. Porque desde el momento en que firmaste, ya no eres solo Valentina Montenegro. Ahora eres mi prometida.
Valentina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Quería retroceder, pero su cuerpo no respondía.
—No soy tu nada —respondió entre dientes.
Alessandro levantó una mano y, con dos dedos, le levantó suavemente el mentón para que lo mirara a los ojos.
—Ahora sí lo eres. Y cuanto antes lo aceptes, menos difícil será para los dos.
Valentina apartó la cara con brusquedad.
—No me toques.
Él dejó caer la mano, pero no se movió.
—Esta noche, cuando llegues a la mansión, cenaremos juntos. Quiero que conozcas las reglas de esta casa antes de que empiece todo el teatro.
—¿Reglas? —repitió ella con ironía—. ¿Ahora también tengo reglas?
—Cinco —dijo él con calma—. No sales sin mi permiso. No hablas con nadie sobre nuestro acuerdo. No investigues mi pasado. No te acercas a mi despacho del sótano. Y lo más importante…
Hizo una pausa y la miró directamente a los ojos.
—No te enamores de mí.
Valentina soltó una risa seca.
—Tranquilo, eso es lo último que va a pasar.
Alessandro inclinó ligeramente la cabeza, observándola con curiosidad.
—Eso dicen todas, al principio.
Dio un paso atrás y señaló la puerta con la cabeza.
—Puedes irte. El auto te recogerá a las nueve en punto. No me hagas esperar.
Valentina abrió la puerta sin decir una palabra más. Antes de salir, escuchó su voz por última vez:
—Ah, y Valentina…
Ella se detuvo sin girarse.
—Bienvenida a tu nuevo infierno.
La puerta se cerró detrás de ella con un clic que sonó como una sentencia definitiva.
Valentina caminó por el pasillo sintiendo que las piernas apenas la sostenían. Acababa de firmar su vida por seis meses.
Y lo peor de todo… era que una parte de ella ya sentía curiosidad por descubrir qué clase de hombre era realmente Alessandro Valtieri.
Valentina bajó en el ascensor con la cabeza hecha un lío. Las palabras de Alessandro no dejaban de repetirse en su mente: “No te enamores de mí”.
Cuando llegó a la planta baja, Sabrina estaba esperándola junto a la salida con una sonrisa venenosa.
—Felicidades, nueva prometida —dijo en voz baja para que solo ella escuchara—. Que sepas que ninguna dura más de tres meses. Después desaparecen.
Valentina la miró fijamente, sin inmutarse.
—Entonces prepárate, porque yo pienso durar los seis.
Sabrina soltó una risa corta y se acercó un paso más.
—Eres valiente… o muy estúpida. Ya veremos cuál de las dos.
Valentina pasó junto a ella sin responder. Al salir del edificio, el viento frío le golpeó la cara.
Sacó su teléfono y abrió el último mensaje que había recibido:
“Tu nombre está en el spam.”
Miró la pantalla durante varios segundos y, por primera vez, escribió una respuesta:
—¿Quién eres?
El mensaje fue marcado como leído al instante.
Pero nadie contestó.
Valentina guardó el teléfono con manos temblorosas y susurró para sí misma:
—¿En qué demonios me acabo de meter?