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No confíes en nadie

Valentina apenas había terminado de leer el primer correo cuando la puerta de la oficina se abrió de golpe. Una mujer alta, de cabello rojo y tacones de aguja, entró como si fuera la dueña del lugar.

—Así que tú eres la nueva… —dijo con desprecio, mirándola de arriba abajo—. Qué tierna.

Valentina se puso de pie lentamente.

—¿Y usted es…?

—La que debería estar sentada en esa silla —respondió la mujer con una sonrisa falsa—. Me llamo Sabrina. Llevo tres años al lado de Alessandro. ¿Y tú cuánto llevas? ¿Tres horas?

Valentina no contestó. Solo la miró fijamente.

Sabrina se acercó al escritorio y tomó la carpeta negra que Alessandro había dejado.

—Ten cuidado, niña. Aquí las que hacen muchas preguntas terminan desapareciendo. Literalmente.

Dejó la carpeta caer de nuevo y se inclinó hacia Valentina.

—Te voy a dar un consejo gratis: haz tu trabajo, mantén la boca cerrada y nunca, nunca mires a Alessandro como lo estabas mirando hace un rato.

Valentina levantó una ceja.

—¿Y cómo lo estaba mirando?

Sabrina sonrió con malicia.

—Como si quisieras que te arrancara la ropa.

Antes de que Valentina pudiera responder, la puerta volvió a abrirse. Alessandro entró, miró a Sabrina y luego a Valentina.

—Sabrina, afuera.

La mujer salió sin decir una palabra más, pero no sin antes lanzarle a Valentina una mirada asesina.

Alessandro cerró la puerta y se quedó observándola en silencio.

—¿Ya leíste el correo? —preguntó.

Valentina asintió.

—¿Y qué piensas hacer?

—Nada —respondió ella con voz firme—. Porque no entiendo nada de lo que está pasando aquí.

Alessandro se acercó lentamente hasta quedar frente a ella.

—Bien. Entonces déjame explicártelo de una vez.

Se sentó en el borde del escritorio, cruzó los brazos y la miró directamente a los ojos.

—Mi familia y la tuya se odian desde hace más de veinte años. Tu padre destruyó todo lo que mi familia había construido. Por eso tu nombre está en esa lista.

Valentina sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Mi padre?

—Sí. Y ahora tú estás aquí, trabajando para mí… el hombre que debería odiarte más que a nadie.

Se inclinó hacia ella, su voz casi un susurro.

—Pero no te odio, Valentina. Y eso… es mucho más peligroso.

Valentina tragó saliva. El corazón le latía tan fuerte que sentía que iba a explotar.

—¿Qué quiere de mí, señor Valtieri?

Alessandro se levantó, caminó hasta la puerta y, antes de salir, le dijo sin voltearse:

—Quiero que te quedes viva.

Alessandro salió de la oficina y dejó a Valentina sola con un millón de preguntas que le quemaban en la cabeza. No había pasado ni cinco minutos cuando su teléfono vibró sobre el escritorio.

Número desconocido:

"Sal de ese edificio ahora mismo si quieres seguir viva."

Valentina se quedó mirando la pantalla con el corazón acelerado. Antes de que pudiera responder, llegó un segundo mensaje:

"No confíes en Valtieri. Él es quien puso tu nombre en la lista."

Sintió un nudo en la garganta. ¿Quién demonios le estaba escribiendo? ¿Era una trampa o alguien que realmente quería ayudarla?

De repente la puerta se abrió otra vez. Esta vez no era Sabrina, era un hombre de traje negro, alto, con cicatriz en la ceja. Se veía como los guardaespaldas que salen en las películas.

—Señorita Montenegro, el señor Valtieri la espera en la sala de juntas del piso 40.

Valentina dudó un segundo, pero tomó su teléfono y lo siguió. Mientras subían en el ascensor privado, el hombre no dijo ni una palabra. Solo la miraba por el espejo.

Cuando las puertas se abrieron, Valentina se encontró en una sala enorme con paredes de vidrio. Alessandro estaba de pie al final de la mesa, mirando la ciudad. Había otros tres hombres sentados, todos con cara de pocos amigos.

—Siéntate —ordenó Alessandro sin mirarla.

Ella obedeció. El silencio era tan pesado que se podía cortar con cuchillo.

Uno de los hombres, el más viejo, habló primero:

—¿Esta es la chica?

Alessandro asintió.

—Valentina Montenegro. Hija de Ricardo Montenegro.

Los tres hombres se miraron entre sí. Uno de ellos soltó una risa baja.

—Entonces es verdad… la estás metiendo justo en el centro de la tormenta.

Alessandro por fin se giró. Su mirada era fría, calculadora.

—Ella no es un problema. Es la solución.

Valentina sintió que la sangre se le helaba.

—¿Solución para qué? —preguntó, ya sin poder quedarse callada.

Alessandro caminó hasta quedar justo detrás de su silla. Puso ambas manos sobre el respaldo, inclinándose hasta que su voz sonó cerca de su oído:

—Para casarme.

El silencio que siguió fue absoluto.

Valentina giró la cabeza tan rápido que casi se golpea con la de él.

—¿Qué acabas de decir?

—Un matrimonio por contrato —continuó Alessandro, como si estuviera hablando del clima—. Seis meses. Después cada quien sigue su camino. Tu familia queda protegida y mi gente deja de preguntar por qué tu nombre está en esa lista.

Valentina se levantó de golpe, la silla cayó hacia atrás.

—¿Estás loco? ¡Yo no me voy a casar contigo!

Alessandro la miró sin inmutarse.

—Entonces mañana tu madre recibirá una visita que no le va a gustar… y tú aparecerás en las noticias como “desaparecida”.

Valentina sintió que le faltaba el aire. Miró a los tres hombres, buscando alguna señal de que esto era una broma. Ninguno sonrió.

Alessandro dio un paso más cerca y bajó la voz para que solo ella lo escuchara:

—Esto no es una propuesta, Valentina. Es tu única opción.

Se inclinó un poco más, sus labios casi rozando su oreja.

—Y si te portas bien… tal vez hasta te guste ser mi esposa. Valentina retrocedió un paso, con el corazón latiéndole tan fuerte que parecía que iba a salirse del pecho. Miró a Alessandro directamente a los ojos, tratando de parecer más valiente de lo que se sentía.

—No voy a vender mi vida por un contrato. Ni por ti, ni por nadie.

Alessandro sonrió, esa sonrisa oscura que le erizaba la piel.

—No te estoy pidiendo que vendas tu vida… solo seis meses de ella.

Se acercó un paso más, hasta que quedaron cara a cara.

—Y te prometo una cosa, Valentina.

Su voz bajó hasta convertirse casi en un susurro peligroso:

—Cuando esos seis meses terminen… no vas a querer irte.

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