Valentina bajó a desayunar con el alma hecha trizas. Apenas había dormido y cada palabra que Alessandro le dijo anoche le daba vueltas en la cabeza como un cuchillo.
Cuando llegó al comedor, él ya estaba sentado en su lugar habitual, leyendo el periódico. Al verla entrar, levantó la vista y la miró con intensidad.
—Buenos días —dijo con voz grave.
Valentina no respondió. Se sentó en el extremo opuesto de la mesa sin mirarlo.
El silencio era tan denso que se podía cortar. Alessandro dejó el peri