La mansión

Eran exactamente las 9:05 de la noche cuando un Rolls Royce negro se detuvo frente al viejo edificio donde vivía Valentina. El chofer, vestido completamente de negro, bajó y le abrió la puerta sin decir una palabra.

Valentina llevaba solo una pequeña maleta. Dentro solo metió ropa interior, algunos jeans y el vestido negro que Alessandro le había enviado por leda tarde. Era un Valentino, largo, ajustado y con un escote que ella jamás se habría puesto sola.

Subió al auto en silencio. Durante todo el trayecto nadie habló. Solo se escuchaba el suave ronroneo del motor y el latido acelerado de su propio corazón.

Después de cuarenta minutos, el auto atravesó un enorme portón de hierro forjado. Valentina abrió los ojos con sorpresa.

Ante ella se levantaba una mansión moderna de tres pisos, toda en vidrio y piedra negra. Luces cálidas iluminaban un jardín perfectamente cuidado y una fuente enorme en el centro. Era como sacada de una revista de lujo… o de una película de mafiosos.

El auto se detuvo frente a la entrada principal. El chofer le abrió la puerta.

—Bienvenida, señorita Montenegro.

Valentina bajó y subió los escalones de mármol. Antes de que pudiera tocar, las puertas dobles se abrieron solas.

Y ahí estaba él.

Alessandro Valtieri, parado en el centro del vestíbulo, con las manos en los bolsillos de un pantalón negro y una camisa blanca ligeramente abierta. Se veía aún más intimidante que en la oficina.

—Llegas cinco minutos tarde —fue lo primero que dijo.

Valentina levantó una ceja.

—¿También vas a controlar el tiempo que tardo en llegar?

Alessandro no sonrió. Solo la miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en el vestido.

—Sube. Te mostraré tu habitación.

Valentina lo siguió por las escaleras de cristal. Cada paso que daba resonaba en el enorme espacio vacío. La mansión parecía demasiado grande para una sola persona.

Cuando llegaron al segundo piso, Alessandro abrió una puerta doble.

—Esta será tu habitación.

Valentina se quedó sin palabras. Era enorme, con una cama king size, un vestidor del tamaño de su antiguo apartamento completo, y un balcón que daba al jardín.

—¿Y tu habitación? —preguntó ella, tratando de sonar indiferente.

Alessandro se apoyó en el marco de la puerta, mirándola fijamente.

—A solo diez metros de la tuya. Al final del pasillo.

Hizo una pausa y añadió con voz baja:

—Aunque eso podría cambiar pronto. Valentina sintió un calor subirle por el cuello. Dio un paso atrás, alejándose de él.

—No te hagas ilusiones. Aunque viva bajo el mismo techo, esto sigue siendo un contrato. Nada más.

Alessandro inclinó ligeramente la cabeza, observándola con esa mirada oscura que parecía leerle los pensamientos.

—Relájate. No tengo ninguna intención de tocarte… a menos que tú me lo pidas.

Valentina soltó una risa corta y nerviosa.

—Puedes esperar sentado.

Él dio un paso más cerca, invadiendo su espacio otra vez.

—Veremos.

Sin esperar respuesta, se giró y caminó hacia el fondo del pasillo. Valentina lo siguió en silencio hasta que llegaron a una enorme sala de estar privada.

—Esta es la única zona donde podemos hablar sin que nos escuchen —dijo él, cerrando la puerta tras ellos—. Aquí no hay cámaras.

Se sentó en un sofá de cuero negro y señaló el asiento frente a él.

—Siéntate. Tenemos que hablar de las reglas reales.

Valentina se sentó con la espalda recta, sin bajar la guardia.

—Regla número uno: delante de la gente, eres mi prometida enamorada. Sonríes, me tomas del brazo y me miras como si no pudieras vivir sin mí.

—¿Y en privado? —preguntó ella.

—En privado puedes odiarme todo lo que quieras.

Alessandro se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

—Regla número dos: nunca menciones a tu padre delante de mi gente. Su nombre está prohibido en esta casa.

Valentina apretó los labios, pero asintió.

—Regla número tres: no hagas preguntas sobre mi familia ni sobre lo que hago después de las diez de la noche.

—¿Y regla número cuatro? —preguntó ella, ya esperando lo peor.

Alessandro la miró fijamente durante varios segundos antes de hablar.

—No te enamores de mí. Y sobre todo… no me dejes enamorarme de ti.

El silencio que siguió fue tan pesado que Valentina pudo escuchar el tic-tac de un reloj lejano.

Se puso de pie lentamente, mirándolo desde arriba.

—Tranquilo, Alessandro. Lo último que pienso hacer es enamorarme del hombre que arruinó a mi familia.

Él también se levantó, quedando los dos frente a frente.

—Bien —dijo con voz ronca—. Entonces tenemos un trato.

Extendió la mano hacia ella.

Valentina miró su mano un segundo, dudando. Finalmente la tomó.

En el momento en que sus pieles se tocaron, ambos sintieron la misma descarga eléctrica.

Ninguno de los dos la soltó.

Ninguno de los dos soltó la mano. El contacto se alargó más de lo necesario, hasta que se volvió incómodo… y peligroso.

Valentina fue la primera en retirar la mano, como si se hubiera quemado. Alessandro curvó ligeramente los labios, disfrutando de su reacción.

—Una última regla —dijo él, bajando la voz—. Duerme con la puerta cerrada con llave. No porque yo vaya a entrar… sino porque otros podrían hacerlo.

Valentina frunció el ceño.

—¿Quiénes?

—Personas que no quieren que este matrimonio suceda. Personas que preferirían verte muerta antes que convertida en mi esposa.

Ella sintió un nudo en el estómago.

—¿Y tú vas a protegerme?

Alessandro dio un paso más cerca. Su presencia era abrumadora.

—Te protegeré porque ahora eres mía. Pero no esperes que sea amable. No esperes que sea dulce. Esto no es un cuento de hadas, Valentina.

Ella levantó el mentón, desafiante.

—Nunca pensé que lo fuera.

Alessandro la miró durante varios segundos en silencio, como si estuviera decidiendo algo importante.

—Bien —murmuró finalmente—. La cena se servirá en veinte minutos. Baja al comedor. No me hagas esperar.

Se dio la vuelta y salió de la sala sin decir nada más.

Valentina se quedó sola, con el corazón latiéndole con fuerza. Se acercó al enorme ventanal y miró la noche oscura que rodeaba la mansión.

Allá afuera, en algún lugar, alguien quería verla muerta.

Y el único hombre que podía protegerla… era también el hombre que más temía.

Respiró hondo, se alisó el vestido negro y se dirigió a la puerta.

Antes de salir, susurró para sí misma:

—Seis meses… solo seis meses.

Pero en el fondo, algo le decía que esos seis meses iban a cambiarle la vida para siempre.

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