El año era 2132. Habían pasado veintidós años desde la partida de Lucas Rafael Montenegro, y la casa grande de Santo Domingo se había convertido en un verdadero templo vivo de la memoria familiar. El flamboyán que sombreaba las tumbas era ahora un árbol majestuoso, cuyas flores rojas caían como bendiciones sobre las lápidas cada mes de mayo.
Esa tarde de julio, la familia celebraba el vigésimo aniversario de la muerte de Lucas Rafael. Más de ochenta personas llenaban la casa y los jardines. Sie