El año era 2141. La casa grande de Santo Domingo cumplía exactamente 120 años desde que Lucas Montenegro la mandó construir siendo apenas un joven. Aquel niño que un día lloró en un avión ahora tenía su legado convertido en una dinastía.
Valeria tenía 67 años y su cabello completamente blanco. Seguía siendo la guardiana de la memoria familiar, aunque su cuerpo ya no tenía la misma energía de antes. Esa mañana de agosto, bajó temprano a la terraza con el viejo cuaderno bajo el brazo.