Valentina llegó puntual a las siete de la mañana. Apenas pisó el piso 35, la misma secretaria de ayer la estaba esperando con cara de pocos amigos.—Señor Valtieri la espera en su oficina. No lo haga esperar.Valentina respiró profundo y caminó hacia la puerta doble de cristal oscuro. Antes de tocar, la voz grave de Alessandro ya se escuchaba desde dentro.—Pase, señorita Montenegro.Ella abrió la puerta. Él estaba de pie frente al ventanal, con las manos en los bolsillos, mirando la ciudad como si fuera suya. Y probablemente lo era.—Llegas dos minutos tarde —dijo sin voltearse.—Son exactamente las siete, señor.—Para mí, dos minutos tarde es tarde.Valentina apretó los labios. Ya empezaba.Alessandro se giró lentamente. Hoy llevaba un traje gris oscuro que lo hacía lucir aún más intimidante. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo sin disimulo.—Tu primera tarea es sencilla —dijo, caminando hacia su escritorio—. Vas a leer todos los correos que recibí en las últimas 48 horas y vas
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