Mundo ficciónIniciar sesiónIsabella Montenegro no encaja en los estándares que el mundo corporativo adora exhibir. No es la mujer esbelta y perfecta que adorna portadas ni la novia trofeo que acompaña a los hombres poderosos en las galas empresariales. Es gorda. Y en un entorno donde la imagen lo es todo, eso la ha convertido en blanco constante de miradas, susurros y juicios disfrazados de consejos bienintencionados. Cuando Maximiliano Valcán termina con ella, Isabella no solo pierde a su pareja: pierde la poca seguridad que le quedaba. Las críticas se vuelven más ruidosas, las comparaciones más crueles, y el evento corporativo donde él celebrará su más reciente triunfo empresarial se transforma en el escenario perfecto para su humillación pública. Pero Isabella no está dispuesta a desaparecer. Decide asistir. Y no irá sola. Impulsada por el orgullo y el deseo de no volver a sentirse pequeña, contrata a un acompañante a través de una exclusiva aplicación. Un hombre atractivo, preparado, impecable. Alguien que haga callar murmullos.
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Estaba en el ascensor tratando de sostenerme mientras mi mundo se desmoronaba, la imagen de Alessandro entre las piernas de aquella chica no salía de mi cabeza y la rabia me quemaba por dentro. Había aguantado las lágrimas durante lo que me pareció una eternidad, pero ya no era necesario; ya estaba sola, yo y mi sufrimiento, yo y mi cara de estúpida.
No quería ser la mujer en el espejo: demasiadas curvas, demasiada grasa acumulada en las caderas, muslos enormes que podrían sostener lo que fuese, menos a mí misma en ese momento; pechos generosos pero no de la forma en que le gustaba a los hombres o a las mujeres, a las mujeres o a la sociedad... al mundo. Un rostro bonito, PARA SER GORDA, era lo que siempre había escuchado, y en ese momento todos los comentarios, las miradas, los insultos se me acumularon en la cabeza porque el motivo de la traición era yo, mi apariencia, mi cuerpo.
Las puertas se abrieron con aquel sonido metálico. Me giré de forma impulsiva hacia la entrada, pensé en salir, pero me quedé paralizada; traté de cubrirme, de disimular, pero fue imposible. Mis mejillas estaban todas manchadas de rímel, aunque se suponía que era a prueba de agua. Solo me moví hacia una esquina, recosté la espalda contra la pared lateral y clavé la mirada en mis zapatos de diseñador.
Al principio solo oí susurros y carcajadas. Me llevó unos segundos comprender que hablaban en francés. Levanté la mirada apenas un poco y mis ojos hicieron contacto con los de él: un par de gemas esmeralda que no parecían de ese rostro, pero aun así combinaban perfectamente; la piel tostada, el pelo negro desordenado de forma intencional. Mandíbula marcada. Boca firme. Hombros amplios bajo un traje oscuro perfectamente cortado, pero sin corbata. La camisa abierta en el primer botón, como si las normas fueran sugerencias para otros hombres, no para él. Tardé un poco en percibir que me había quedado mirando demasiado tiempo; él tampoco había apartado la mirada, me había visto llorando y no había desviado los ojos. Me sostuvo la mirada y sentí que me leía, como si tomara nota mental de cada grieta. Se acercó un poco; sentí que invadía mi espacio personal, pero no dije nada.
-Mírala, debe estar llorando porque es gorda -dijo una de las chicas en un francés perfecto. La miré; había acercado la boca al oído de la otra, aunque no susurraba, hablaba a voces.
-Yo también lloraría si luciera así -respondió la otra, aún más alto que la primera. No sé, que eran idénticas; gemelas. Rieron a carcajadas, seguramente convencidas de que yo no las entendía.
No moví un músculo, pero el hombre sí. Sus ojos se desviaron un instante hacia las chicas. Luego volvieron a mí. Carraspeó, las agarró por la cintura y las atrajo hacia él al mismo tiempo.
-Concentrense en mí -dijo en un francés deprimente-. Hoy somos solo nosotros tres en un cuarto de hotel y nadie más. Tenemos que celebrar.
Una de las chicas lo besó en el cuello, la otra le acarició el pecho; la primera pasó del cuello a los labios, la otra le giró el rostro hacia ella, quitándoselo a la primera, y besándolo con frenesí. Yo aparté la mirada. Solo escuché los gemidos, el sonido de las lenguas masajeándose.
Cuando el ascensor llegó al subsuelo, salí casi corriendo. Quería subir a mi auto y llorar, gritar, maldecir a Alessandro y a su maldita secretaria. Empujé a una de las chicas, sin querer... o queriendo.
-Qué mujer tan maleducada -espetó el hombre con ese francés vergonzoso.
Quelle femme impolie
La palabra salió torcida.
¿Mal educada? ¿Grosera? ¿Yo? El pervertido que casi estaba teniendo sexo en el elevador frente a una desconocida acababa de llamarme grosera. Me detuve en seco y giré lentamente; lo miré de frente por primera vez sin lágrimas nublándome la vista.
-"Impolí", ¡IMBÉCIL! -le grité en francés con toda mi rabia contenida, desbocada hacia él-. Se pronuncia "impoli", no "impolié", idiota de m****a.
Las dos chicas abrieron los ojos de par en par, sorprendidas de que la mujer a la que habían insultado las hubiera entendido perfectamente.
Él sonrió despreocupado, una sonrisa ladeada.
-Touché -murmuró, esta vez con mejor acento mientras las puertas se cerraban.
Yo caminé a zancadas hasta mi coche, subí y me desarmé. Grité como loca, dejé caer mi frente sobre el volante; las imágenes seguían repitiéndose, proyectándose como una maldita película interminable: Alessandro echado en el sofá, encima de él su secretaria, con la falda arremangada en la cintura, una cintura pequeña, sin rollos, sin imperfecciones, contorsionándose como una maldita bestia enjaulada, embistiéndolo una y otra vez con una energía frenética, como si el mundo fuera a terminar en segundos. Él... él gemía de placer como yo nunca lo había escuchado, con el rostro en una expresión de éxtasis.
-¿Se puede saber qué haces aquí? -su voz cortante atravesó la habitación-.
Lo miré a él. Luego a la otra mujer. Y otra vez a él. Sentí algo dentro de mí quebrarse con la precisión cruel de un experimento científico.
-¿Qué hago yo aquí? -mi voz salió más firme de lo que me sentía-. ¿Qué haces tú aquí?
Él rodó los ojos como si mis palabras fueran un fastidio irrelevante.
-Ale... -la garganta se me cerró-. ¿Cómo... cómo pudiste? ¿Cómo pudiste hacerme esto antes de nuestra boda?
Rió. Una risa corta, cruel, que me golpeó más fuerte que cualquier bofetada.
-Nuestro matrimonio es un acuerdo, Isabella. Un maldito contrato. ¿De verdad pensaste que era amor?
Cada palabra me atravesó el pecho. Dolía más que un puñal, más que cualquier decepción que hubiera sentido antes.
-Yo creí...
-Claro que creíste -dijo, con desprecio-. Eres ingenua, además de todo lo demás.
La secretaria se vistió a toda prisa y salió, evitando mirarnos, como si temiera ser testigo de mi humillación.
Alessandro se acercó a mí con una expresión que mezclaba fastidio y suficiencia.
-Mírate -dijo-. ¿De verdad pensaste que alguien como yo se sentiría atraído por alguien como tú?
Su mirada recorrió mi cuerpo, sin disimulo, sin respeto.
-Eres conveniente. Tienes un apellido útil. Pero no eres deseable. Y nunca lo serás.
El golpe final llegó sin aviso:
-Una mujer como tú no inspira pasión. Inspira lástima.
En ese instante algo cambió dentro de mí. Estaba casi segura de que era mi corazón rompiéndose, y para ser sincera, no tenía ganas de recoger los pedazos.
-Gracias por tu honestidad -dije, con una calma que ni yo misma entendía.
Giré sobre mis tacones y salí. Las lágrimas... llegaron en el ascensor.
DAMIAN-Tanteé la cama buscando el cuerpo de Isabella, aún con los ojos cerrados. No estaba. Mi teléfono no paraba de sonar.Veintitrés llamadas perdidas. Una mezcla de nombres: Alessandro Valcán, Ezequiel Villalobos, Thiago... Sabía que la decisión que había tomado anoche no iba a ser fácil de sostener. El anillo sobre la mesilla de noche me dejó claro que Isabella Montenegro no estaba dispuesta a llevar esto más allá. Tenía que convencerla.Recogí mi ropa del suelo; una pieza, después otra y otra, marcaban el camino hacia la puerta. Recordé el recorrido de anoche. Isabella me desvestía mientras me besaba y yo la desvestía a ella, pero al llegar a la cama la timidez la alcanzó. Se metió debajo de las sábanas y me pidió que apagara la luz.-No podré ver lo hermosa que eres si apago la luz.Sus mejillas enrojecieron. El recuerdo me arrancó una sonrisa; había sido divertido.Cuando salí, el sol me cegó. Una punzada de dolor me atravesó las sienes. Recordé las botellas de whisky: una en
ISABELLADespués de salir a hurtadillas del hotel llegué a casa y me dejé caer en el sofá, estaba agotada.Solo quería cerrar los ojos y dormir un día o dos, pero mi teléfono no dejaba de sonar. Miré la pantalla, mi madre me había mandado un mensaje con un enlace, lo abrí completamente desmotivada, segura de que era alguna dieta revolucionaria, algún medicamento novedoso o un procedimiento estético para ayudarme a perder peso, pero no, no era nada de eso, el video me hizo sentarme de golpe. Era yo, en una tarima aceptando la propuesta de matrimonio de Damian Villalobos, CEO de la compañía Villalobos Corporation, busqué las noticias, todas hablaban de una sola cosa, el evento corporativo de la noche anterior, abrí un video...."el CEO de Villalobos Corporation decidió revelar su identidad después de una década de anonimato y además apareció con prometida incluida y no cualquier prometida, la heredera del imperio empresarial Montenegro, nada más y nada menos que Isabella Montenegro y co
ISABELLACasi me separo de él de forma instintiva, como si comprendiera el peligro que corría. Me estaba gustando demasiado todo aquello y no podía creer que fuera falso.-No, no, no... -murmuré.Me apretó contra él.-Solo quiero que se muera de celos.-Está bien.Lo dije sin pensarlo.Y cuando sus labios rozaron los míos...Fue un contacto lento, medido al principio, como si me estuviera dando la oportunidad de arrepentirme. Pero no lo hice. No pude. Su boca era cálida, firme. Cuando presionó un poco más, sentí cómo algo en mi interior cedía. Mis dedos se aferraron a su cuello casi por reflejo, y su mano en mi cintura se tensó, deslizándose apenas por la curva de mi espalda.El mundo desapareció. El murmullo del salón, la música, las miradas... todo se volvió un ruido lejano. Solo existía la sensación de su boca moviéndose sobre la mía, lenta, profunda, provocándome. Cuando su lengua rozó la mía, un estremecimiento me recorrió de pies a cabeza.Mi respiración se volvió irregular. Un
ISABELLAContuve el aliento, como si no pudiera estar menos a gusto.-¿Señorita Montenegro? -preguntó con una mezcla de sorpresa y diversión.Genial, pensé. Lo que me faltaba: que apareciera este imbécil al que nadie había llamado. Empezaba a creer que tenía la habilidad de surgir en los momentos menos oportunos.-¿Qué demonios hace usted aquí?-Soy su cita -respondió con naturalidad, como si sus palabras no acabaran de perforarme el hígado.Miré mi teléfono, busqué la foto de perfil.-No, no, imposible -le mostré la pantalla-. No eres el de la foto.-Bueno, así es el internet. No se puede confiar en todo el mundo.Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro de frustración.-Esto es un error, puedes irte -su rostro se ensombreció-. Puedes quedarte con el dinero -agregué, pensando que ese era el problema.Se hizo el silencio. Él parecía confundido.-¿Sabes qué? No, quédate. Eres perfecto.Esa sonrisa volvió a aparecer en sus labios: despreocupada, cínica, provocativa.-Solo intenta parece
DAMIANLa música estaba muy alta, justo como me gustaba, el volumen perfecto para no escuchar mis pensamientos, aun así la voz de mi padre se alzaba sobre cualquier sonido."Cumplirás veintisiete el próximo mes"."La cláusula es clara, matrimonio o nada".Thiago apareció de la mano de Jimena, su novia, se me subía el azúcar cada vez que los veía juntos, demasiada dulzura, demasiado romanticismo.-Voy al baño -dijo ella. La chica a mi lado se ofreció a acompañarla, ni siquiera recordaba que estaba acompañado.-¿Cómo soportas despertar con la misma persona cada día? -le pregunté, él rió nervioso.-Sabes que las gemelas francesas están en la ciudad.Rodé los ojos irritado al recordar que había perdido la oportunidad de cumplir con una fantasía sexual universal; un trío... con gemelas, gemelas francesas, y todo por ser amable con una niña mimada que ni me dio las gracias.-¿Vendrán hoy? -pregunté animado, tal vez podría continuar lo que había interrumpido aquel día.-Jimena dice que sí -d
ISABELLADespués de dejar mi puesto en la empresa familiar y me dediqué a autocompadecerme. Mi madre me había asegurado que Alessandro volvería rendido a mis pies, que me necesitaba o, mejor dicho, su empresa necesitaba a la empresa de nuestra familia. No sabía si aquello me alegraba o me deprimía aún más, no sabía si quería que Alessandro volviera o si no quería volver a verlo. Como sea, ninguna de las dos cosas ocurrió, ni él me rogó ni pude evitar verlo.Seis meses después de todo llegó una invitación, un sobre gris con un sello dorado como un decreto real del medioevo. Mi corazón se aceleró cuando vi el encabezado:Celebración oficial de la fusión entre Valcán Biotech Company y Villalobos Corporations.Y en el párrafo final, el nombre que me hizo apretar la hoja hasta arrugarla: Alessandro Valcán, Presidente Ejecutivo.Valcán Biotech Company y Villalobos Corporations se fusionaban. Por eso no me había rogado, por eso no había pedido perdón, no me necesitaba. Sus palabras volvieron
Último capítulo