Mundo de ficçãoIniciar sessãoIsabella Montenegro no encaja en los estándares que el mundo corporativo adora exhibir. No es la mujer esbelta y perfecta que adorna portadas ni la novia trofeo que acompaña a los hombres poderosos en las galas empresariales. Es gorda. Y en un entorno donde la imagen lo es todo, eso la ha convertido en blanco constante de miradas, susurros y juicios disfrazados de consejos bienintencionados. Cuando Maximiliano Valcán termina con ella, Isabella no solo pierde a su pareja: pierde la poca seguridad que le quedaba. Las críticas se vuelven más ruidosas, las comparaciones más crueles, y el evento corporativo donde él celebrará su más reciente triunfo empresarial se transforma en el escenario perfecto para su humillación pública. Pero Isabella no está dispuesta a desaparecer. Decide asistir. Y no irá sola. Impulsada por el orgullo y el deseo de no volver a sentirse pequeña, contrata a un acompañante a través de una exclusiva aplicación. Un hombre atractivo, preparado, impecable. Alguien que haga callar murmullos.
Ler maisISABELLANo recuerdo en qué momento dejé de llorar. Tal vez no lo hice; tal vez simplemente me quedé ahí, con los ojos abiertos, mirando el techo, esperando que en algún punto todo dejara de doler como si alguien me hubiera arrancado algo del pecho sin avisar.El celular sigue sobre la cama, a unos centímetros de mi mano. No lo he vuelto a tocar, no hace falta. Ya vi suficiente. La apuesta, el video, el contrato… cada palabra se repite en mi cabeza con una claridad insoportable, como si mi mente hubiera decidido no darme tregua. Me cuestiono por sentirme de esta forma, es absurdo, era yo quien pretendía usar este matrimonio para llegar a ser presidenta, si hablamos de usar a alguien por conveniencia, era yo la que estaba jugando ese juego todo este tiempo, tal vez es eso lo que duele, ver que no era yo la que tenía el control sino que era una pieza en juego más grande y también ver que la forma en que me miraba, la forma en que me tocaba, cada gesto, cada detalle, todo era fingido, p
ISABELLANo intervine. Lo vi alejarse sin entender qué estaba pasando, sin atreverme a preguntar, porque había algo en su reacción que me hizo quedarme quieta, como si cualquier palabra en ese momento pudiera romper algo que no sabía cómo volver a armar.Y luego… simplemente se fue.No hubo explicación, no hubo una mirada atrás, no hubo nada.Solo el sonido del motor de la pequeña embarcación alejándose y yo, de pie sobre la arena, tratando de entender en qué momento todo había cambiado sin que me diera cuenta.El silencio volvió a quedarse conmigo.Demasiado grande.Demasiado incómodo.Respiré hondo, mirando alrededor como si eso fuera a darme alguna respuesta. La isla, que unas horas antes parecía perfecta, ahora se sentía distinta, más vacía, más ajena.Caminé sin rumbo fijo durante unos minutos, tratando de ordenar mis pensamientos, de encontrarle sentido a su reacción, a esa llamada, a la forma en que había desaparecido como si yo no estuviera ahí.No lo entendía.Y eso me irrita
ELENAEl silencio en la casa era engañoso.Todo estaba en su sitio. Las flores recién cambiadas en el vestíbulo, el aroma tenue del limpiador de madera, la luz filtrándose por los ventanales como si nada hubiese cambiado. Pero dentro de mí, todo estaba desordenado.Había hecho lo correcto. Eso era lo que me repetía, una y otra vez, como si la insistencia pudiera convertirlo en una verdad absoluta.Apreté los dedos contra el brazo del sillón, notando la tensión acumulada en cada músculo.—Señora…La voz de la empleada me sacó del hilo de pensamientos. Levanté la mirada, irritada por la interrupción.—¿Qué ocurre?—Hay una visita.Fruncí el ceño.—¿Quién?Hubo un breve silencio, casi como si dudara antes de responder.—La señorita… Sarah Villeneuve.El nombre cayó en la habitación como una piedra en agua quieta.Por un instante pensé que había escuchado mal.Sarah.Mi primera reacción fue automática.—Dígale que el señor no se encuentra. Si tiene algún asunto de negocios, puede buscarlo
ISABELLALa sorpresa resultó ser un barco. No era nada ostentoso ni exagerado, sino todo lo contrario, una pequeña embarcación a motor. Cuando subimos, el sol ya estaba empezando a bajar, tiñendo el horizonte de tonos cálidos que hacían que todo pareciera más lento.Damian condujo hacia una isla cercana, yo me apoyé ligeramente en la baranda, mirando el agua mientras el hotel se iba quedando atrás. No pregunté a dónde íbamos, él tampoco explicó nada.El viento era suave, suficiente para mover mi cabello y despejar un poco esa sensación constante de estar pensando demasiado. Por un momento, me permití no analizar nada, no cuestionar cada detalle, no anticipar lo que vendría después.Solo estar ahí.El barco se detuvo cerca de la orilla y bajamos sin prisa. La arena estaba tibia todavía por el sol.Caminé unos pasos, observando alrededor.No había nadie.Solo nosotros.El cielo seguía cambiando de color, y por un instante me quedé ahí, mirando el horizonte.—Bonito, ¿no? —dijo Damián de





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