Cuando salí del hospital, la ciudad seguía exactamente igual. El tráfico avanzaba con su ruido habitual, la gente caminaba por las aceras, los autos se detenían frente a los semáforos, los vendedores ofrecían café en las esquinas y las parejas se tomaban de la mano avanzando entre la multitud como si nada hubiera ocurrido. Incluso vi a una mujer empujando un cochecito de bebé mientras hablaba por teléfono, completamente ajena al hecho de que mi mundo acababa de derrumbarse. Nada se había deteni