DAMIAN VILLALOBOS

ISABELLA

Contuve el aliento, como si no pudiera estar menos a gusto.

-¿Señorita Montenegro? -preguntó con una mezcla de sorpresa y diversión.

Genial, pensé. Lo que me faltaba: que apareciera este imbécil al que nadie había llamado. Empezaba a creer que tenía la habilidad de surgir en los momentos menos oportunos.

-¿Qué demonios hace usted aquí?

-Soy su cita -respondió con naturalidad, como si sus palabras no acabaran de perforarme el hígado.

Miré mi teléfono, busqué la foto de perfil.

-No, no, imposible -le mostré la pantalla-. No eres el de la foto.

-Bueno, así es el internet. No se puede confiar en todo el mundo.

Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro de frustración.

-Esto es un error, puedes irte -su rostro se ensombreció-. Puedes quedarte con el dinero -agregué, pensando que ese era el problema.

Se hizo el silencio. Él parecía confundido.

-¿Sabes qué? No, quédate. Eres perfecto.

Esa sonrisa volvió a aparecer en sus labios: despreocupada, cínica, provocativa.

-Solo intenta parecer más inteligente de lo que eres y... no hables francés, por favor.

Soltó una risita y yo sonreí sin querer.

Él bajó primero, extendió la mano para ayudarme a salir del auto y luego cerró la puerta.

Aquí vamos, me dije mientras caminábamos hacia la entrada.

El hotel brillaba como una joya bajo la noche. No lo recordaba tan hermoso, tan elegante.

Los flash me sorprendieron al entrar; unos cuantos fotógrafos nos prestaron atención unos segundos y luego alzaron la vista por encima de nosotros y parecieron enloquecer. Seguimos caminando hacia el salón sin prestar atención al bullicio que se formaba detrás. Cada espacio del lugar gritaba lujo y poder: los candelabros dorados, las flores blancas, los meseros transportando copas de champán sobre bandejas plateadas. Me sudaba la mano, pero no podía soltarme de Damian; teníamos que mantener la farsa de la pareja perfecta.

Me giré apenas, inspeccionando el lugar con ojos entrecerrados. Sabía exactamente lo que buscaba, lo buscaba a él, buscaba su mirada; quería que me viera, que viera que su traición no me había destruido, aunque sabía que era una farsa. Por fuera estaba radiante, tomando la mano de ese hombre guapo, pero por dentro había dejado de existir hacía seis meses. Entonces lo vi.

Mi corazón empezó a latir desbocado, como si quisiera escapar de ahí, huir para que no lo rompieran de nuevo. Alessandro sonreía para las cámaras, aquella sonrisa perfecta que hacía difícil saber si era sincera o fingida. No estaba solo, y eso fue lo que terminó de destruirme. Iba de la mano de una mujer, y no cualquier mujer: era Sofía, Sofía Aguilar, mi mejor amiga desde que tengo memoria.

Mis piernas se aflojaron y por un momento el mundo se inclinó. Noté que estaba cayendo hasta que algo me detuvo, alguien.

-¿Estás bien? -preguntó Damian. Me sostenía entre sus brazos fuertes, firmes. Tenía la garganta reseca; me incorporé apenas.

-Estoy bien, creo.

Damian lanzó la mirada hacia Alessandro y Sofía y entornó los ojos como si hubiese acabado de descubrir un misterio.

-Ah, por eso me has contratado.

Sentí mi rostro arder. Estaba tan avergonzada, era una completa perdedora, y además de Alessandro, ahora el chico del elevador también lo sabía.

-Me preguntaba por qué una mujer tan hermosa como tú necesitaría pagar por una cita -su comentario me descolocó. Intenté buscar el sarcasmo, la burla en su mirada, pero parecía hablar en serio-. ¿Es tu ex?

Asentí.

-¿Y la mujer que va a su lado?

-Mi mejor amiga. No sabía que estaban juntos.

Las lágrimas se me acumularon detrás de los párpados. Hice mi mejor esfuerzo por contenerlas, pero salieron. Damian las limpió antes de que corrieran por mis mejillas; me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

-No te merecen -susurró a mi oído, y el calor de su aliento fue casi eléctrico. Un escalofrío me recorrió el cuello y bajó por mi espalda-. Vamos, busquemos dónde sentarnos.

Interceptó a un mesero y tomó dos copas. Me dio una y cogió mi mano. Por unos segundos me olvidé de Alessandro, de Sofía, del mundo. Mi corazón latía con fuerza, pero no como si quisiera huir; era una fuerza diferente, era como si estuviese vivo. Tomé un trago y la espuma me hizo cosquillas en la garganta.

Damian tenía entretenido a todos en la mesa; las risas suaves se mezclaban con carcajadas efusivas. Yo estaba feliz, relajada; él no soltaba mi mano.

Le pagaré un extra, pensé. Está haciendo su trabajo de maravilla. Será una noche tranquila, todo saldrá bien.

Había hablado demasiado rápido, pensé cuando los vi acercarse a nuestra mesa: Alessandro y Sofía, sonrientes. Perfectos.

Ratas de dos patas, pensé. Sentí una punzada atravesarme el hígado; un grito se quedó contenido en mi garganta. Apreté la mano de Damian de forma inconsciente. Él me miró y luego miró en dirección a ellos.

-Isabella, querida -Sofía actuaba como si no pasara nada, como si no estuviese con mi ex sin decirme nada. Se inclinó para abrazarme; me quedé inmóvil.

Damian se levantó; yo hice lo mismo.

-Señor Valcán -dijo Damian, extendiendo la mano.

-Oh, llámame Alessandro. Cualquier amigo de Isabella es mi amigo.

-Ah, no soy su amigo -aclaró Damian-. Soy su novio.

Algo brilló en la mirada de Alessandro; quise pensar que fueron celos, pero pareció más incredulidad.

-Ah -me miró-. Me alegro por ti, Isa.

La sangre se me heló cuando me abrazó.

-Qué bueno que hayas superado todo.

Lo alejé de forma instintiva.

-Bueno, un gusto conocerte, Alessandro. Si nos disculpan, Isabella y yo quisiéramos bailar.

Me tomó de la mano.

-Claro.

Alessandro estrechó la mano de Damian nuevamente.

-Disculpa, no me has dicho tu nombre.

-Damian, Damian Villalobo.

El apellido cortó el aire. Alessandro soltó una risita nerviosa.

-¿Damian Villalobo, de Villalobos Corporation?

-Exacto.

Damian le dio unas palmaditas en el hombro a Alessandro, me jaló delicadamente hacia él y caminó hacia la pista de baile.

-¿Qué fue eso? -espeté. Tenía una mezcla de euforia y miedo.

-¿Acaso no disfrutaste sus caras?

Cogí una bocanada de aire como si hubiese estado conteniendo la respiración durante toda la conversación con Alessandro.

-Disfruté cada segundo -reí, pero recuperé la compostura-. Pero hacerte pasar por el CEO de Villalobos Corporation fue demasiado. Es una mentira que no podrás sostener.

-¿Y nosotros?

Me tomó por la cintura y me acercó hacia él. Mi pecho rozó con el suyo y se me erizó la piel. Me miró de una forma que me desarmó, igual que en el elevador. Ese par de ojos verdes tenían algo, una especie de magnetismo.

-¿Por cuánto tiempo crees que podrás sostener esta mentira? -me susurró al oído.

No supe en qué momento habíamos empezado a bailar. Una melodía suave sonaba de fondo. Mis brazos rodeaban su cuello; los suyos rodeaban mi cintura.

-No, no... no lo sé -balbuceé. Las palabras salieron atropelladas.

-No voltees, pero tu ex nos está mirando.

Sonreí. Por un momento mis ojos se posaron en sus labios.

-¿Puedo besarte? -preguntó.

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