Mundo ficciónIniciar sesiónEn una ciudad donde todo tiene un precio, Rubén D’Angelo acaba de cometer el error de su vida. Tras una noche de apuestas en el club más exclusivo y peligroso de la zona alta, ha perdido lo que no le pertenecía. Jaxson Sterling, el heredero de un imperio construido sobre el pecado y la tecnología, no acepta disculpas, solo pagos en efectivo o en activos. Y su activo favorito es Bianca. Bianca es la chica buena por excelencia: dedicada, dulce y completamente ajena a la oscuridad que financia su vida de lujos. Pero su burbuja estalla cuando es secuestrada por los hombres de Jaxson y llevada a una mansión aislada, una fortaleza de acero y cristal donde ella es la única prisionera. Él la quiere porque ella representa todo lo que él nunca podrá tener: pureza. Ella lo odia porque él es el monstruo que le robó la vida. Sin embargo, en la convivencia forzada, las líneas entre el odio y la pasión comenzarán a borrarse. Jaxson está acostumbrado a ganar siempre, pero no sabe que Bianca es la única apuesta que podría hacerlo perder el control.
Leer másRubén D’Angelo
El sudor me escuece en los ojos, pero no me atrevo a limpiarme la frente. En este despacho, hasta el movimiento más insignificante se siente como una provocación. Jaxson Sterling me observa desde su sillón de cuero negro como si yo fuera un insecto bajo un microscopio, y la realidad es que, en su mundo, no soy mucho más que eso.
— Cinco minutos, Rubén —su voz es un barítono suave, pero tiene el filo de un bisturí—. Es el tiempo que te queda para decirme algo que no sea una súplica o una mentira.
Miro la tablet sobre su escritorio. Los números rojos parpadean, recordándome que le debo diez millones de dólares. Fondos que no tengo, propiedades que ya no me pertenecen. El whisky en mi vaso tintinea contra mis dientes porque mis manos no dejan de temblar.
— La crisis... los mercados... —balbuceo, sintiendo cómo se me quiebra la voz—. Si me das un mes, solo un mes más...
Jaxson levanta una mano y me quedo mudo al instante. Se pone de pie. Es un hombre imponente, una armadura de traje a medida y frialdad absoluta. Se acerca al ventanal de su oficina, dándome la espalda, ignorando mi existencia mientras contempla La Ciudad que parece estar a sus pies.
— No me interesa tu dinero, Rubén —sentencia sin girarse—. El dinero es fácil de fabricar. Lo que yo busco es algo que tenga valor real. Algo que no se pueda comprar en una bolsa de valores.
Siento un escalofrío. Sé que no se refiere a mis empresas. Sterling lo tiene todo, excepto una cosa: un linaje limpio. Un apellido que no esté manchado de sangre.
Él desliza un sobre de manila sobre la mesa. Lo abro con dedos entumecidos y mi corazón se detiene. Son fotos de Bianca. Mi pequeña Bianca, saliendo de su clase de piano, sonriendo a la nada, con esa luz que siempre parece rodearla.
— Ella es Bianca —murmura él, y por primera vez hay una nota de fascinación en su tono—. La chica buena que cree que el mundo es un lugar justo porque tú la has mantenido en una jaula de cristal.
Un pensamiento rastrero y desesperado empieza a tomar forma en mi mente. Si voy a perderlo todo, al menos debo asegurar mi futuro. Si voy a entregar lo más sagrado que tengo, el precio debe ser alto.
— Ella no tiene nada que ver con mis deudas, Jaxson... —hago una pausa, tragando saliva, y me inclino hacia adelante—. Pero tienes razón. Ella es... especial. Es pura. Nadie la ha tocado jamás. Es virgen, Sterling. Un diamante que no ha salido de su estuche.
Jaxson se gira lentamente. Sus ojos oscuros y gélidos se clavan en los míos. El asco que siente por mí es evidente, pero la chispa de interés en su mirada es mayor.
— ¿Me estás ofreciendo a tu hija para salvar tu cuello, Rubén? —pregunta con una calma aterradora.
— No solo para salvarme —digo, la codicia superando al miedo por un instante—. Mi deuda es de diez millones. Pero Bianca... una mujer como ella vale mucho más. Te la entrego. Ella cruzará el umbral de tu casa y será tuya. Pero quiero el perdón de la deuda y cinco millones adicionales en una cuenta en el extranjero. Para empezar de nuevo.
El silencio en la habitación es tan pesado que me cuesta respirar. Jaxson camina hacia mí, rodeando el escritorio con elegancia felina. Se inclina, invadiendo mi espacio, y puedo oler su perfume costoso y el peligro que emana de su cuerpo.
— Eres un desperdicio de piel, Rubén —susurra, y su sonrisa es un tajo de hielo—. Pero acepto. Te daré el dinero y quemaré tus pagarés. Bianca será mía.
Siento un alivio vergonzoso recorrer mi cuerpo, pero él no ha terminado. Me agarra del cuello de la camisa, obligándome a mirarlo.
— Pero hay una condición no negociable —su voz baja de volumen, volviéndose letal—. En el momento en que el coche recoja a Bianca, tú dejas de existir para ella. No la llamarás, no la buscarás, no volverás a pronunciar su nombre. Si alguna vez te acercas a menos de un kilómetro de mi Bianca, te enterraré vivo bajo los cimientos de este edificio. ¿Entendido?
Asiento frenéticamente. ¿Qué es una hija comparada con la supervivencia y una cuenta bancaria llena?
— Entendido, Jaxson. Perfectamente.
— Tienes una hora para llamarla —me suelta con desprecio—. Dile lo que quieras, pero asegúrate de que suba a ese coche.
Salgo del despacho casi corriendo, con el sobre de las fotos apretado contra el pecho. A varios kilómetros de allí, Bianca debe estar aún dormida sin sospechar que su propio padre acaba de subastarla al diablo.
Saco mi teléfono. Mis manos tiemblan mientras marco su número. Sé que me va a odiar. Sé que esto es una traición que no tiene perdón. Pero mientras escucho el tono de llamada, solo puedo pensar en los cinco millones y en que, al menos, Jaxson Sterling la mantendrá en una jaula de oro mucho más cara que la mía.
CAPÍTULO 4BiancaEl sonido no era fuerte, pero en el silencio de mi habitación, se sentía como un martillo neumático golpeando directamente contra mis sienes. Era una vibración sorda, rítmica y persistente sobre la madera de la mesa de noche. Abrí los ojos de golpe, desorientada, con el corazón galopando en mi pecho antes siquiera de recuperar la consciencia plena.Mi padre.Extendí la mano y tomé el teléfono. La vibración me hizo cosquillas en la palma, una sensación desagradable, casi sucia. Miré el registro: diez llamadas perdidas. La undécima estaba en curso. Otra vez no había dormido en casa. Desde que tengo memoria, las noches en las que las luces del salón permanecen apagadas hasta el alba son sinónimo de que Rubén D'Angelo se encuentra en el casino, intentando recuperar con una carta lo que perdió con la anterior.Respondí con un hilo de voz, temiendo que el solo hecho de hablar hiciera realidad mis peores presagios.— ¿Papá?— ¡Bianca! Al fin respondes —su voz me llegó atrop
CAPÍTULO 3Jaxson — La chica ya está en el carro, señor. Vamos camino a la finca. Todo salió según lo planeado.Corté la llamada sin decir una palabra. No necesitaba confirmar lo que ya sabía; mis hombres no cometen errores porque saben que el precio de un error. Dejé el teléfono sobre el escritorio de cristal y me permití cerrar los ojos por un segundo. Bianca estaba en movimiento. Bianca, el fantasma que me había perseguido durante dos décadas, finalmente estaba entrando a mi casa de manera definitiva. Llegaría a la finca en dos horas.Dos horas. Un suspiro comparado con los veinte años que esperé, pero una eternidad cuando el deseo te quema las entrañas. Sin embargo, antes de recibirla, antes de verla cruzar el umbral de mi hogar, tenía una última gestión que atender. Una que no podía delegar en nadie más.Llamé a otro de mis hombres, el que estaba vigilando el edificio de los D'Angelo.— ¿El señor D’Angelo todavía se encuentra en la oficina? —pregunté, mi voz saliendo más fría qu
CAPÍTULO 2Bianca — Señorita Bianca, ya estamos por cerrar —la voz de la bibliotecaria, la señora Liliana, me sacó de un tirón del siglo XIX.Cerré el libro de golpe, sintiendo que el corazón me daba un vuelco. — ¿Cerrar? ¿Qué hora es? —pregunté, parpadeando para enfocar la vista. Mis ojos estaban cansados, irritados por las horas de lectura bajo la luz escasa de la lámpara de mesa.— Ya son las once de la noche, querida.— No puede ser... —susurré, sintiendo un nudo de pánico apretarse en mi garganta—. No puede ser, esta novela me atrapó de tal manera que perdí la noción de todo. Mi padre va a matarme.La señora Martha me miró con una mezcla de lástima y preocupación. Ella conocía a mi padre, o al menos conocía el apellido D’Angelo. Todos en esta zona lo conocían. Sabían que detrás de la fachada de la elegancia y el prestigio, Rubén D’Angelo era un hombre de mecha corta y reglas de hierro.— Apúrate, niña. Vas a tener que tomar un taxi —me recomendó mientras empezaba a apagar las l
CAPÍTULO 1Jaxson — ¡No te quiero cerca de mi negocio, ratero! ¡Lárgate antes de que llame a la policía!El grito me golpeó en la espalda con la misma fuerza que una bofetada. Me detuve en seco, mis pies descalzos y sucios sintiendo el calor abrasador del asfalto bajo el sol de la tarde. Me giré lentamente, apretando los puños a los costados. El hombre, el dueño de una tienda de licores con la cara roja y el aliento agrio, me señalaba con un dedo tembloroso desde el umbral de su puerta.Yo solo tenía nueve años.No había robado nada. Ni siquiera había entrado a su tienda. Solo me había detenido un segundo frente a la vidriera, atraído por el reflejo de las luces de neón que me hacían olvidar, por un instante, el ruido constante de mis propias tripas. Sentí una rabia hirviente subiendo por mi garganta. Ese hombre no sabía nada de mí, pero para él, mi ropa raída, mi piel bronceada por el polvo de la calle y el hambre en mis ojos eran pruebas suficientes de un crimen que no había cometi
PRÓLOGO Rubén D’AngeloEl sudor me escuece en los ojos, pero no me atrevo a limpiarme la frente. En este despacho, hasta el movimiento más insignificante se siente como una provocación. Jaxson Sterling me observa desde su sillón de cuero negro como si yo fuera un insecto bajo un microscopio, y la realidad es que, en su mundo, no soy mucho más que eso.— Cinco minutos, Rubén —su voz es un barítono suave, pero tiene el filo de un bisturí—. Es el tiempo que te queda para decirme algo que no sea una súplica o una mentira.Miro la tablet sobre su escritorio. Los números rojos parpadean, recordándome que le debo diez millones de dólares. Fondos que no tengo, propiedades que ya no me pertenecen. El whisky en mi vaso tintinea contra mis dientes porque mis manos no dejan de temblar.— La crisis... los mercados... —balbuceo, sintiendo cómo se me quiebra la voz—. Si me das un mes, solo un mes más...Jaxson levanta una mano y me quedo mudo al instante. Se pone de pie. Es un hombre imponente, una
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