EL ANILLO Y LA MENTIRA

ISABELLA

Casi me separo de él de forma instintiva, como si comprendiera el peligro que corría. Me estaba gustando demasiado todo aquello y no podía creer que fuera falso.

-No, no, no... -murmuré.

Me apretó contra él.

-Solo quiero que se muera de celos.

-Está bien.

Lo dije sin pensarlo.

Y cuando sus labios rozaron los míos...

Fue un contacto lento, medido al principio, como si me estuviera dando la oportunidad de arrepentirme. Pero no lo hice. No pude. Su boca era cálida, firme. Cuando presionó un poco más, sentí cómo algo en mi interior cedía. Mis dedos se aferraron a su cuello casi por reflejo, y su mano en mi cintura se tensó, deslizándose apenas por la curva de mi espalda.

El mundo desapareció. El murmullo del salón, la música, las miradas... todo se volvió un ruido lejano. Solo existía la sensación de su boca moviéndose sobre la mía, lenta, profunda, provocándome. Cuando su lengua rozó la mía, un estremecimiento me recorrió de pies a cabeza.

Mi respiración se volvió irregular. Un calor intenso me invadió el pecho y descendió sin permiso, encendiendo cada nervio. Sentí mis rodillas debilitarse y él lo notó; me sostuvo con más firmeza, acercándome todavía más, hasta que no hubo espacio entre nuestros cuerpos.

Mi piel ardía bajo el vestido. El roce de su torso contra mis pechos me arrancó un suspiro ahogado que se perdió entre nuestros labios.

Su pulgar dibujó un círculo lento en la parte baja de mi espalda y mi cuerpo respondió sin consultarme, arqueándose apenas contra el suyo. Una descarga eléctrica me atravesó cuando sus labios descendieron por la comisura de mi boca y rozaron mi mandíbula, mi cuello... justo debajo de la oreja.

-Dios... -susurré sin reconocer mi propia voz.

Ya no pensaba en Alessandro. No pensaba en Sofía. No pensaba en la venganza, solo en cómo cada caricia despertaba algo que creía muerto desde hacía seis meses. Y cuando volvió a besarme, esta vez sin suavidad, con una intensidad que me hizo perder el equilibrio por completo, entendí algo aterrador: me estaba gustando demasiado aquel beso y lo que provocaba en mí.

Es una farsa, es parte de su trabajo, me repetí. Él se apartó con suavidad, jugueteó con mi cabello. Noté algunas miradas curiosas a nuestro alrededor. Me preguntaba si habían notado mi respiración agitada, el calor entre mis piernas...

-Ven -fue una orden gentil. Me tomó de la mano y caminó hacia la tarima. Se inclinó hacia el micrófono.

-Señoras y señores -dijo, sacando el micrófono del pedestal y caminando hacia el centro. Me arrastró junto a él.

Todos se giraron hacia nosotros. Las piernas me temblaban; el calor que me quemaba se apagó, mi sangre se heló en un segundo.

¿Qué está haciendo?, me pregunté.

-Soy Damian Villalobos.

Los murmullos llenaron el lugar, las miradas curiosas se acercaron a la tarima. Este imbécil se está sobrepasando, ¿por qué tiene que insistir en esto de hacerse pasar por el CEO?

-Y tengo un anuncio especial. Bueno... no es un anuncio -me miró-, es un momento importante que quiero compartir con todos ustedes.

Sacó algo de su bolsillo, una caja pequeña. La abrió mientras se arrodillaba. El destello me cegó por un instante. Los murmullos se convirtieron en expresiones ahogadas de asombro.

-Isabella Montenegro, ¿te casarías conmigo?

Me quedé paralizada, petrificada del miedo. El silencio fue absoluto. Lo miré con los labios fruncidos, tratando de encontrar en su mirada algo que explicara lo que acababa de hacer. Esto no era parte del trato. ¿Qué demonios está haciendo?

-Vamos, dile que sí -miré en dirección a la voz que salió del público.

-Dile que sí, dile que sí -un pequeño grupo empezó a corear.

Y entre todos los rostros felices y expectantes, uno desentonaba por completo: Alessandro. Nos miraba con el ceño fruncido, los ojos rojos, incendiados en rabia. Disfruté su expresión. En ese momento dejé de pensar que era demasiado. Sí, tal vez habíamos llegado demasiado lejos con toda esa farsa, pero valía la pena el riesgo si esa iba a ser la expresión de Alessandro. Me casaría con el falso Damian Villalobos ahí mismo si era necesario para mantener esa expresión de humillación y derrota en su mirada.

-Acepto -grité-. Sí, sí, acepto.

Damian se levantó y me abrazó. Me besó en los labios, esta vez sin pedir permiso. Fue un beso rápido, efímero, tierno. Luego me besó en la frente.

-El primer regalo que le haré a mi prometida será cancelar la fusión con Valcán Biotech Company.

Los murmullos se convirtieron en un zumbido insoportable, como un panal de abejas alborotadas. La cara de Alessandro fue poesía, poesía pura. Lo disfruté, aunque sabía que cuando el verdadero Damian Villalobos apareciese, todo nuestro circo se caería.

Me permití soñar despierta. Admiré el anillo en mi dedo; me quedaba un poco apretado, pero estaba bien, así no se me olvidaría que todo aquello era una farsa.

Bajamos de la tarima entre vítores y aplausos.

Damian casi corría y yo lo seguía. Salimos del hotel casi huyendo de Alessandro, que intentó alcanzarnos entre la multitud.

-¿Viste su cara? -me preguntó.

-Disfruté cada mueca de desagrado.

Caminábamos por la calle solitaria, aún tomados de la mano.

-Oye, ¿tienes hambre?

-No -dije de forma inconsciente. Había aprendido a decir que no tenía hambre en público, a comer apenas unos bocados y decir que estaba llena, y después, en la soledad de mi casa, comerme todo lo que se me atravesara.

Mi estómago gruñó.

Ambos soltamos una carcajada.

-Vamos, conozco un lugar increíble.

Caminamos unas cuantas cuadras mientras yo le contaba lo que Alessandro me había hecho hacía seis meses.

Llegamos a un pequeño quiosco de comida rápida.

-Cuando dijiste un lugar increíble creí que te referías a... no sé.

-¿Algo caro y elegante?

-Algo que cumpliera al menos las normas sanitarias básicas.

Él sonrió. Ordenó como si conociera el menú entero.

Comí sin inhibiciones. Me sentía a gusto con Damian porque no era un chico rico y prepotente como la mayoría de los hombres de mi entorno. Era solo un hombre que se ganaba la vida saliendo con mujeres desesperadas como yo.

-Debo regresar al hotel, mi chofer me espera.

Él asintió. Caminamos en silencio. Él cogió mi mano.

-Oye, ya no es necesario que hagas eso.

Me ignoró y, mientras estábamos a mitad de camino, empezó a llover. Las gotas cayeron primero tímidas, finas; luego se hicieron gruesas y copiosas. Él empezó a correr, yo lo seguí.

-Espera.

Me detuve y me quité los tacones. Sentí el suelo frío, pequeñas partículas de polvo, piedrecitas diminutas en las plantas de mis pies, el agua fría empapando mi cabello. Me sentí viva.

Cuando llegamos al auto, Damian subió conmigo.

-Te llevaré a casa. Solo dale tu dirección a mi chofer -dije mientras rebuscaba en mi bolso, buscando unos billetes para dárselos-. Es un extra, estuviste magnífico.

Él no miró el dinero, solo me miró a mí. Sus ojos se posaron en mi boca.

-¿Puedo? -preguntó.

Mi cuerpo respondió antes que mi mente. Asentí, deseando no solo que me besara; quería que me tocara.

-El contrato incluye sexo -dijo, como si hubiese leído mis pensamientos.

Yo reí con una mezcla de vergüenza y ganas.

Desperté con el sonido de un teléfono. No era el mío. Vi al falso Damian Villalobos acostado a mi lado. No estaba en mi departamento, era un hotel.

Busqué el teléfono desesperada. No quería que Damian se despertara; quería huir mientras él dormía y evitar la vergüenza de verle la cara al hombre al que le había pagado por sexo.

Encontré el teléfono en el suelo, junto a nuestra ropa. Lo levanté y contesté. No hablé.

-Dime, ¿te acostaste con la chica?

Se hizo el silencio.

-Si eso es un sí, entonces cumpliste con tu castigo.

Una sensación familiar me atravesó el pecho. Por supuesto, ¿cómo un hombre así iba a estar tan desesperado por acostarse conmigo?

Corté la llamada. Lo miré mientras me vestía, extendido en la cama, espalda ancha, torneada, trasero perfecto.

Eres patética, me dije, y dejé salir un suspiro.

Salí a hurtadillas.

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