Mundo ficciónIniciar sesiónISABELLA
Encendí el coche y empecé a conducir aunque sabía que no estaba bien para hacerlo. Mi piel todavía ardía, bajé las ventanillas para sentir el aire frío en el rostro, pero no fue suficiente para calmar el calor que me quemaba por dentro. Mi teléfono empezó a sonar, vi la pantalla:
Mamá
Era la última persona con la que quería hablar en ese momento, no podía decirle que Alessandro me había traicionado, no podía decirle que la boda se cancelaba, que lo único que había hecho bien en mi vida se había arruinado por completo. El teléfono seguía sonando.
"Tenemos que volver a ver el vestido, ya hicieron los..." apareció en la pantalla, un adelanto que bastó para que supiera de qué se trataba sin abrir el mensaje completo.
El vestido, otra decepción. El día anterior había ido a hacer la prueba por segunda vez, había prometido que perdería peso, que el cierre subiría, que no sería necesario hacer otro ajuste: tres días de disciplina militar, dieta líquida, agua, café, licuados verdes y una promesa absurda: "Esta vez sí". Pero aquello había terminado como siempre terminaba, conmigo en medio de la noche asaltando la cocina y comiéndome la comida de un mes en un par de horas.
Había llegado a la boutique más temprano de la hora pautada con la esperanza de poder hacer la prueba antes de que mi madre llegara. El lugar era un santuario de cristal y perfume caro. Novias delgadas flotaban entre encajes como si hubieran sido diseñadas por un arquitecto obsesionado con las líneas rectas.
Entré sintiendo cada paso, consciente de cada mirada que se alzaba, miradas sutiles, evaluadoras, como si estuvieran midiendo cuánta tela extra requería mi existencia.
Y entonces vi a mi madre. Estaba impecable, como siempre. Cintura perfecta. Postura impecable. Una mujer que había hecho del espejo su religión. A sus cincuenta y tantos, parecía un anuncio de disciplina y agua con limón en ayunas.
Era la última persona que quería ver ese día.
-Isabella -dijo, recorriéndome de arriba abajo sin disimulo-. Pensé que llegarías más... preparada -me dijo después de apartar la mirada, eso, en el idioma particular de mi madre se podía traducir como: te ves horrible.
Sonreí. Esa sonrisa que se aprende en la infancia, cuando llorar no es opción.
-Buenos días, mamá.
Cuando el sastre me llamó al probador, el corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que el corsé no sería el único que podría estallar.
Me quité la ropa con manos temblorosas.
Respiré.
El vestido cayó sobre mi cuerpo como una sentencia.
Y de nuevo, para sorpresa de nadie, el cierre se negaba a subir, el sastre evitaba mirarme directamente. Mi madre suspiraba como si la gordura fuera una ofensa personal.
El sastre de alta costura, con manos delicadas y mirada clínica, prometió hacer las reformas necesarias.
-Lo dejaremos impecable -había dicho con la voz cargada de incomodidad.
Había salido de la tienda con la dignidad por los suelos. Los comentarios hirientes de mi madre no ayudaron, y justo cuando había pensado que no podría empeorar, llegó el mensaje que terminaría de hundirme:
"Alessandro te engaña" era un número desconocido.
"Hotel Le Jardin Secret. Mañana al mediodía. Habitación 117. Dejaré una llave debajo del tapete."
Aún no sabía si quien había mandado el mensaje era amigo o enemigo, quería que supiera la verdad, que Alessandro me engañaba, pero ¿lo hacía por mi bien o porque de algún modo le convenía?
El teléfono sonó de nuevo, una vez y otra y otra.
-¡Mierda! -grité, llena de frustración-. Cogí el móvil, deslicé el dedo por la pantalla, pero antes de llevarlo a mi oído se me cayó debajo del asiento. Me incliné para recogerlo en un movimiento inconsciente, aparté la vista del camino solo unos segundos, y lo próximo que vi fue el otro coche abalanzándose sobre el mío.
El impacto llegó con una violencia que mi mente no procesó de inmediato; primero fue un sonido metálico que retumbó dentro de mí, vidrio estallando y cayendo como lluvia brillante sobre el tablero y mis piernas. Luego mi cuerpo se lanzó hacia adelante sin pedir permiso, el cinturón se me clavó en el pecho mientras algo golpeaba mi cabeza, y el mundo entero giraba en un torbellino de dolor y confusión hasta que todo se oscureció.
Cuando abrí los ojos, el mundo parecía no tener bordes; todo era blanco: el techo blanco, las paredes blancas, las sábanas blancas. Un pitido constante marcaba un ritmo que no parecía el mío.
Intenté moverme, un dolor agudo me atravesó el costado y me obligó a jadear. Estaba viva y herida. Mis dedos buscaron instintivamente mi vientre, como si necesitara comprobar que seguía siendo yo.
La puerta de la habitación se abrió con suavidad y apareció la única persona que esperaba ver en ese día interminable. No era una enfermera, no era mi madre, no era Alessandro.
Era el hombre del ascensor, de pie junto a la puerta, sin las chicas, sin sonrisa burlona.
Observándome como si aquel accidente también le perteneciera. Un escalofrío recorrió mi espalda. No había ni un ápice de cortesía en su forma de mirarme, ni un gesto que suavizara lo descarado de su mirada.
—¿Qué hace aquí? —pregunté, directa, sin adornos, sin suavidad.
Apoyó un hombro contra la pared como si todo aquello fuera un juego y su ligereza me irritó de inmediato.—Vengo a pedir clases de francés. Claramente las necesito —dijo.
—¿Me siguió? —logré preguntar, intentando que mi voz sonara controlada—. ¿Era usted el del otro coche?
Levantó la billetera entre sus manos, sin prisa, como si estuviera decidiendo cómo jugar con mi paciencia.—Solo quería devolverle esto.
—Pudo dejarla en alguna estación de policía —dije con frialdad—. Me habrían llamado.
—Podría haberlo hecho —respondió con calma—. Pero pensé que una niña mimada como tú se frustraría bastante buscando su billetera perdida.
Mis ojos se clavaron en los suyos.
—¿Disculpe?
Se encogió apenas de hombros, como si acabara de comentar el clima.
No creo que la flamante heredera del imperio Montenegro disfrute de las pequeñas incomodidades de la vida.
—¿Revisaste mi identificación?
La comisura de su boca se curvó en una media sonrisa que me irritó de inmediato.
—no hizo falta
Sentí un pequeño nudo formarse en mi estómago.
—Entonces, ¿cómo sabes quién soy?
Se tomó un segundo antes de responder, como si estuviera decidiendo cuánto decir.
—Digamos que una Montenegro no pasa desapercibida.
Lo estudié con atención por primera vez desde que había entrado en la habitación. Había algo en su forma de hablar, en su seguridad, que me resultaba profundamente irritante… y ligeramente inquietante.
—Bueno —dije al fin, recuperando un poco de mi compostura—. Ya que cumpliste con tu noble misión de devolver lo que viniste a devolver, puedes irte.
Se quedó donde estaba.
—Mi novio llegará en cualquier momento —añadí, con frialdad—. Tu presencia podría malinterpretarse.
No sabía por qué había dicho eso. Alessandro era lo último que quería ver, pero necesitaba que ese hombre saliera de mi habitación.
Él no se movió, solo me observó. Su mirada recorrió mi rostro con una calma casi insolente, como si estuviera evaluando algo que solo él podía ver.
—¿Qué está mirando? —espeté.
—Estoy intentando decidir algo.
—¿decidir qué?
—Si siempre eres tan temperamental o si hoy es una ocasión especial.
Lo miré con odio. Por supuesto que estaba temperamental, acababa de ver a mi prometido follandose a su secretaria, había tenido un accidente de auto y ahora tenía que aguantar la insolencia de un completo desconocido, no dije nada, me tragué mi amargura
En ese momento la puerta se abrió con brusquedad.
—¡Isabella!
La voz de mi madre llenó la habitación antes incluso de que la viera. Entró con paso rápido, impecable como siempre, con ese aire de control absoluto que parecía seguirla a todas partes. Se detuvo apenas cruzar el umbral al notar que no estábamos solas. Sus ojos se posaron en el desconocido, como si lo evaluara en silencio, él no pareció incomodarse, inclinó ligeramente la cabeza, una especie de saludo informal, y luego volvió a mirarme a mí.
—Parece que tu novio llegó antes de lo previsto —murmuró con suavidad.
Sentí que el calor me subía al rostro.
—No es mi…
Pero él ya estaba abriendo la puerta.
—Cuídate, Isabella.
Dijo mi nombre con una naturalidad que hizo que mi madre frunciera levemente el ceño.
Los días que siguieron fueron un torbellino.
Preguntas por todas partes.
—¿Por qué terminaron?
Cada comentario era una pequeña incisión.
Las llamadas empezaron casi de inmediato. Primero a la boutique para cancelar los arreglos del vestido. Después al salón, al servicio de banquete, al pastel, a los arreglos florales. Cada detalle que resolvía era como hundir un cuchillo un poco más profundo en mi corazón, en mi ego, en mi dignidad.
Las miradas empezaron poco después de volver a mi puesto de Vicepresidenta ejecutiva; los susurros en los pasillos de la empresa, los chismes que morían en silencio cuando yo aparecía, las conversaciones que se interrumpían en seco. Nadie decía nada directamente, pero todos sabían. Alessandro me había engañado.
Intenté ignorarlo al principio, pero cada día que entraba al edificio sentía el peso invisible de los ojos sobre mí, como si todos estuvieran evaluando los restos de algo que se había roto demasiado públicamente.
Al final, no pude más, dejé de ir, intenté trabjar desde casa pero mi mente no funcionaba m´s que para sufrir, entonces, renuncié a mi cargo.
Las heridas del accidente sanaron rápido. Los médicos dijeron que había tenido suerte. Los hematomas desaparecieron, los puntos se retiraron, el dolor físico se fue apagando poco a poco. Pero las heridas de mi corazón parecían empeorar con cada día que pasaba. Una herida abierta. Un dolor constante, pulsante, que no encontraba forma de cerrarse.







