Mundo ficciónIniciar sesiónRose Hamilton, tras haber desaparecido de pequeña y ser encontrada apenas cinco años atrás, se ve obligada a casarse con Asher White, el prometido de su prima Isabel. Durante años, Isabel ocupó su lugar en la familia, pero ahora Rose ha sido reconocida como la legítima heredera de los Hamilton. Sin embargo, Isabel no está dispuesta a rendirse tan fácilmente y hará todo lo posible para recuperar a Asher. Pero cuando un misterioso hombre aparece en la vida de Rose, el destino de todos cambiará drásticamente, poniendo en riesgo las alianzas y despertando sentimientos que nadie esperaba.
Leer másEl hermoso castillo de Everlove, una estructura imponente con muros de piedra gris y ventanales que reflejaban la luz del sol de mediodía, era el escenario de lo que se había anunciado como la boda del año. Las dos familias más influyentes de la ciudad, los Hamilton y los White, estaban a punto de unir sus destinos en una ceremonia que prometía deslumbrar a todos. La pompa, el lujo y la elegancia se respiraban en el aire. Sin embargo, al ser ya la una de la tarde, los presentes empezaron a notar que algo no estaba bien.
Los invitados murmuraban entre sí, lanzando miradas nerviosas hacia el altar vacío, donde solo descansaban unos candelabros dorados. La hora prevista para la ceremonia ya había pasado con creces y no había señales de la novia ni del novio. Las cámaras de los medios de comunicación, posicionadas a un costado, comenzaban a captar todo lo que ocurría, listos para transmitir en vivo lo que sin duda sería el evento más esperado del año. Pero, a medida que los minutos pasaban, las redes sociales estallaban en especulaciones.
—¿Dónde está el novio? —preguntó una voz al fondo de la sala, y rápidamente la pregunta se extendió por todo el salón.
—Tal vez algo le pasó —dijo otro invitado, tocando su copa de champagne.
Los murmullos crecieron y los medios comenzaron a difundir teorías sobre lo que podría estar sucediendo. Entre las especulaciones, una de las más comentadas fue la de un periodista que mencionó que la boda estaba en peligro debido al drama que rodeaba a los Hamilton y los White.
—Si Rose no hubiera regresado... —comentó un hombre en voz baja, dirigiendo su mirada hacia un grupo cercano—. Tal vez este matrimonio nunca hubiese ocurrido.
La historia era conocida por todos, pero no por todos la comprendían. Rose Hamilton, la hija mayor de la familia Hamilton, había desaparecido cuando era solo una niña. Durante años, su familia vivió sin saber qué había pasado con ella, hasta que, hace cinco años, la encontraron en un pueblo lejano, viviendo una vida sencilla y sin educación alguna.
El regreso de Rose había alterado todo el equilibrio que existía entre las dos familias. Antes de su llegada, Isabel, la hija del hermano menor de Henry Hamilton, había sido la heredera natural de la familia. Isabel y Asher White, el prometido de Rose, habían crecido juntos, habían sido novios de la infancia, y su relación parecía inevitable. Hasta que Rose apareció.
Las especulaciones eran inevitables y las conversaciones no tardaron en girar en torno a la rivalidad que se había desatado entre las dos primas, cuyas vidas, hasta ese momento, habían estado entrelazadas de formas que nadie podía comprender completamente.
—Se dice que Asher ha huido con Isabel —comentó otro invitado, sus palabras llenas de morbo—. Se rumorea que están rumbo a otra ciudad.
El salón entero pareció quedarse en silencio por un momento, y luego la conversación continuó, llena de risas y comentarios cargados de sarcasmo.
—La familia White solo se casaría con la primera hija de Henry Hamilton. Como Isabel era la única hija de su hermano menor, se asumió que ella sería la esposa de Asher —dijo una mujer, mirando alrededor mientras tomaba un sorbo de su copa. —Fue Walter, el hermano menor de Henry, quien decidió darle a Isabel para que los Hamilton la criaran como su propia hija. Isabel siempre fue la elegida.
Otro invitado intervino con una risa sardónica.
—Claro, Rose, la pobre pueblerina, fue encontrada años después, como si fuese un accidente que nunca debió ocurrir. Y aunque ahora está aquí, no está a la altura de su posición. Su regreso solo complicó todo.
Un estallido de risas recorrió la sala, mientras los murmullos aumentaban en intensidad. No tardaron en llegar los comentarios burlones.
—¿Te imaginas lo que debe estar sintiendo Rose ahora? Nació en una familia prestigiosa, pero parece que no ha encajado, ni con su familia ni con su sociedad —dijo una mujer con tono sarcástico. —Ahora se ha convertido en la burla de todos.
El grupo comenzó a reírse sin reservas, como si la situación fuera solo una broma pesada. A pesar de las sonrisas forzadas y las palabras crueles, todos sabían que algo no estaba bien. La gente miraba hacia las puertas de entrada, esperando que la ceremonia continuara, pero el tiempo seguía pasando sin que nada sucediera.
Y, mientras las risas resonaban en el castillo, Rose Hamilton estaba atrapada en su propio drama personal. La boda que la mayoría de la ciudad esperaba no solo había sido suspendida, sino que también se había convertido en una representación de su propia caída. Sin quererlo, Rose se había convertido en la víctima de una historia que nunca eligió.
Rose se encontraba en la habitación donde esperaría salir hacia el altar. El vestido de novia de encaje blanco abrazaba su figura, su velo caía sobre sus hombros como una caricia etérea, y sus manos, descansando sobre el tocador, temblaban levemente. Sin embargo, el momento en el que debía caminar hacia el altar nunca llegó.
Miró su reflejo en el gran espejo frente a ella. Su cabello negro caía en suaves ondas, enmarcando su rostro de piel blanca, y sus ojos avellana, usualmente serenos, reflejaban una tristeza profunda. No era la tristeza de una novia nerviosa, sino la de alguien que intuía que aquel día solo le traería desgracia.
Afuera, el caos reinaba. Murmullos, preguntas sin respuesta y suposiciones se extendían entre los invitados, pero Rose permanecía ajena a todo.
Entonces, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Clarisa, su mejor amiga, entró con expresión furiosa. Su vestido de dama de honor se ceñía a su cuerpo con elegancia, pero la ira en su mirada era lo que más destacaba.
—Esto es imperdonable —soltó sin preámbulos—. En este día tan importante, Asher decide retrasarse por tanto tiempo. ¿Al menos es consciente de lo que dirá la gente de esto?
Rose no apartó la vista del espejo. Su reflejo se mantenía impasible, casi como si estuviera viendo a una extraña en lugar de a sí misma.
—Asher no va a llegar —susurró.
Clarisa parpadeó sorprendida, su enojo dio paso a la confusión.
—¿Acaso está tratando de huir del compromiso? —preguntó, cruzándose de brazos.
Rose no respondió. En cambio, tomó su lápiz labial y empezó a deslizarlo sobre sus labios con calma. Sus movimientos eran mecánicos, como si el acto de pintarse la boca fuera lo único que podía controlar en ese momento.
A su lado, su teléfono vibró levemente, pero la pantalla ya estaba encendida. Clarisa se inclinó apenas y su mirada cayó sobre el mensaje que la traicionera luz azul iluminaba.
"Rose, Isabel trató de quitarse la vida. Estoy en el hospital. Espero lo entiendas. ¿Podemos posponer la boda? No puedo dejarla sola."
El aire en la habitación se volvió pesado.
Clarisa se quedó en silencio por un momento, como si intentara procesar lo que acababa de leer. Luego, apretó los puños con fuerza.
—No puede ser… —murmuró—. Esto es una broma, ¿verdad? ¿Cómo puede hacerte esto?
Rose dejó el lápiz labial sobre la mesa con una delicadeza que contrastaba con el torbellino que sentía dentro.
—No hay boda, Clarisa —dijo con voz neutra.
Sus palabras no llevaban enojo, ni desesperación, ni súplica. Solo la resignación de alguien que, desde hace mucho, entendió que en aquella familia, ella nunca sería la primera opción.
El sol brillaba con fuerza aquella mañana en la capital de Nuevo Milenio. Las banderas ondeaban con orgullo, los periódicos llevaban su rostro en la portada y la noticia recorría cada rincón del país: Dorian Rockwell había sido reelegido como presidente por segunda vez consecutiva.Había demostrado ser un líder justo, firme, con una visión clara para el desarrollo de la ciudad y una habilidad nata para resolver crisis. Su trabajo impecable lo había hecho merecedor del reconocimiento de todos, incluso de sus antiguos opositores.En el salón de la villa presidencial, decorado con flores frescas y banderas de la nación, la familia Rockwell celebraba en privado. Rose estaba sentada en uno de los sillones con una copa de jugo en la mano, mientras observaba con orgullo a su esposo hablando con sus colaboradores.Cuando Dorian terminó de despedirse de todos y se acercó a ella, Rose se levantó para abrazarlo.—Lo lograste otra vez —le susurró en el oído—. Y no solo eso… Lo hiciste mejor que n
Isabel se dejó caer nuevamente en el sillón, agotada. Su voz se redujo a un susurro.—Pero algún día… ella pagará. No sé cómo. No sé cuándo. Pero me las va a pagar todas.Bianca no dijo nada, pero un destello de su vieja malicia brilló por un instante en sus ojos.En la oscuridad de su pequeño apartamento, Bianca repasaba en voz baja su plan. Su rostro reflejaba una mezcla de ira y desesperación. Sabía que la única forma de arrebatarle todo a Rose no era solo con palabras, sino con acciones.—Esta vez no solo la haré perder su felicidad… la haré desaparecer para siempre —murmuró, mientras dibujaba un esquema con nombres y lugares en un tablero improvisado.Sabía que Rose siempre pasaba por un parque cuando llevaba a Amara a la escuela. Un lugar perfecto para una “accidente”.…Rose dejó a la pequeña Amara en la escuela con una sonrisa tranquila. La niña bajó del auto entusiasmada, con su mochila llena de colores y su vestido nuevo, regalo de Clarisa, quien se había convertido en la “t
Días después. Villa Rockwell.Carlos entregó en mano un sobre diferente a Rose. De papel grueso, lacrado, con el escudo de los Hamilton. Rose lo tomó con reservas. Dorian, a su lado, frunció el ceño.—¿Qué es esto ahora?Rose rompió el sello. Sus ojos leyeron las primeras líneas… y se quedó inmóvil.—¿Rose? —preguntó Dorian, tomándole el brazo.Ella levantó la vista. En sus manos temblorosas tenía un documento legal: una carta firmada por notario, con copia del testamento actualizado de Gerardo Hamilton.—Me está dejando todo… —susurró. Su voz era apenas un hilo—. Dice que si no lo acepto… la herencia pasará a mi hija directamente.Dorian quedó en silencio.—Está presionándome —dijo ella con dolor en el rostro—. No por amor, no por redención. Solo porque quiere que la niña lleve su apellido. Su linaje. ¡Ni siquiera sabe su nombre!—¿Qué vas a hacer?Rose cerró los ojos. Tenía el poder en las manos. Podía rechazarlo todo y romper definitivamente con los Hamilton. Pero si aceptaba…—Voy
Sabían que Isabel no era una Hamilton.Y peor aún… que Rose sí lo era.Bianca abrió el cajón inferior del tocador y sacó una caja de madera pequeña, la abrió con manos temblorosas y tomó una fotografía antigua: una de ella, joven, embarazada… junto a un hombre que no era Walter.El rostro de aquel hombre estaba parcialmente quemado con un cigarro.—Te maldigo por haber aparecido, Rose… —susurró, con un nudo en la garganta—. Tú eras un error que nunca debió regresar. Te mandamos lejos. ¡Te saqué de esta familia! ¡Te borré!La furia se transformó en lágrimas, pero no de arrepentimiento. Bianca no lloraba por remordimiento, lloraba por su derrota.Su plan se había ido a pique. Isabel jamás se casaría con Asher, los Hamilton jamás la volverían a ver como la esposa ejemplar de Walter. Su linaje, su reputación, su poder… todo se deshacía entre sus dedos.En ese momento, la puerta se abrió sin permiso. Isabel entró, con el maquillaje corrido, el vestido de novia rasgado y la mirada vacía.—¿





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