.116.

Sabían que Isabel no era una Hamilton.

Y peor aún… que Rose sí lo era.

Bianca abrió el cajón inferior del tocador y sacó una caja de madera pequeña, la abrió con manos temblorosas y tomó una fotografía antigua: una de ella, joven, embarazada… junto a un hombre que no era Walter.

El rostro de aquel hombre estaba parcialmente quemado con un cigarro.

—Te maldigo por haber aparecido, Rose… —susurró, con un nudo en la garganta—. Tú eras un error que nunca debió regresar. Te mandamos lejos. ¡Te saqué
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