Mundo ficciónIniciar sesiónAria Lara León es "el accidente de la isla", la hija de un romance nacido del escándalo y el naufragio que los medios no dejan de despedazar. A sus dieciocho años, refugiada en su música y agobiada por las burlas, Aria se prepara para su primera gira mundial por Asia, buscando escapar de una vida de soledad y mentiras piadosas para complacer a su madre. Sin embargo, la noche de su graduación, el destino le lanza un acorde inesperado en las sombras de una cancha vacía. Allí conoce a Jae-Yoon, un extraño arrogante y magnético que oculta su propia jaula de oro tras una máscara de cinismo. Lo que Aria no sabe es que ese "coreano de las gradas" no es un desconocido, sino la estrella internacional con la que está a punto de colisionar. Entre luces de neón y secretos compartidos, ambos descubrirán que lo más real nace cuando nadie está mirando.
Leer másSemanas antes de la gira por Asia.
POV: Aria Lara León Ahí está de nuevo. Ese borde desgastado del álbum de fotos, el cuero frío bajo mis yemas y ese olor a papel viejo que parece guardar secretos que nadie se atreve a decirme a la cara. Me quedo mirando la foto central, la de la boda. Mis padres. Dios, se ven tan... perfectos. Mi mirada no se mueve de ese punto exacto donde se están mirando. No es una mirada cualquiera; es de esas que parece que el resto del mundo se está quemando y a ellos no les importa porque se tienen el uno al otro. A veces, mi mente es un mar de dudas. No logro comprender, por más que le dé vueltas hasta que me duele la cabeza, cómo es que llegaron a amarse de esa manera. No dudo que su amor sea genuino, eso no se puede ocultar. Se nota en cómo papá le aparta el cabello de la cara a mamá cuando cree que nadie lo ve, o en cómo ella sonríe solo con escuchar sus pasos en el pasillo. Es un hombre fantástico, el mejor padre que podría pedir. Pero... Pero internet no olvida. Y mis compañeros de clase, mucho menos. No puedo quitarme de la mente lo que dicen los medios. Esas historias que han alimentado las burlas que he aguantado en la escuela por años. Dicen que se odiaban. Que en la escuela, papá fue... bueno, un idiota. Un tipo malo. Hablan de abusos, de una tal Raquel Olmos, de planes retorcidos. Y luego, el accidente. El mar. Dicen que después de perderse en esa isla, de repente, el odio se volvió pasión. A veces, cuando el silencio en mi cuarto se vuelve demasiado pesado, me pregunto si mamá se enamoró de él solo por mi culpa. Las malas lenguas —y vaya que son largas y afiladas— dicen que ella estaba perdidamente enamorada de su ex. Todo esto me confunde. Me hace sentir como un error de cálculo, como el "accidente" que obligó a dos personas que se detestaban a fingir una vida feliz. Muchos dicen "qué hermosa historia de amor", pero para mí es una pesadilla recurrente. Lo peor es cuando hablan del momento en que quedaron varados. Lo dicen con esa sonrisita de burla, insinuando que mamá lo planeó todo para "atrapar" al hijo del dueño de la disquera. Que yo soy solo la "creación de la isla". La "destroza relaciones". Es gracioso, ¿no? Yo no tenía ni voz ni voto, ni siquiera existía como algo más que una posibilidad biológica, y aun así soy la villana en la historia de gente que ni siquiera me conoce. Supongo que es el precio que pago por haber aceptado ser una figura pública. Me lancé a los leones desde muy pequeña, y aunque mis padres creen que lo manejo bien, les he ocultado el dolor por tanto tiempo que ya es parte de mi piel. Mi único refugio ha sido la música. Las melodías, las notas que escribo en mis cuadernos a mitad de la noche... han sido mi única salvación. Claro, ayuda que papá sea el dueño de una de las disqueras más grandes de Los Ángeles. Crecí rodeada de instrumentos y cables de sonido, y esas melodías me han ayudado a lidiar con los momentos oscuros. No quiero decirles nada a ellos. No quiero arruinar su burbuja de felicidad con mis inseguridades de chica de dieciocho años que siente que no encaja en ningún lado. Porque, siendo honesta, mi vida no es normal. No tengo amigos de verdad, de esos que te invitan a comer pizza un viernes. No tengo vida social. Me la paso encerrada aquí. A mis dieciocho, nunca he tenido un novio. Ni siquiera un primer beso que no se sienta como una decepción anticipada. Todos me ven como un bicho raro o una meta para sus bromas crueles. Por eso busco respuestas en este álbum. Esperando entender qué vieron el uno en el otro. Qué les da la fuerza para aguantar la basura que dicen los medios sin romperse. —¡Ari! —el grito chillón de Elías me saca de mis pensamientos como un balde de agua fría. Mi hermano de ocho años entra a la habitación a toda velocidad, casi tropezando con la alfombra, y se deja caer a mi lado con esa energía que solo los niños tienen. —¿Qué haces aquí, ratón? Creí que estarías con mamá en estos momentos —protesto, aunque en el fondo me alegra la interrupción. Elías está en esa edad donde es desesperadamente inoportuno y molesto, pero es el único que no me juzga. —Sí, estaba con ella —dice el pequeño, acomodándose su cabello castaño que siempre está despeinado—. Pero llegó papá y ellos pues... se pusieron un tanto extraños. Arrugo la nariz. No necesito que me explique más. Cuando mis padres están juntos, se ponen tan románticos y empalagosos que incluso nosotros, sus hijos, nos sentimos como sobras en una cena de gala. Es incómodo de ver, aunque supongo que es mejor que verlos pelear. —¿Qué estás viendo? —pregunta estirando el cuello para mirar el libro sobre mis piernas. —El álbum de fotos de la boda de nuestros padres —le digo, pasando los dedos por el relieve de una foto donde papá carga a mamá en brazos. —¿Por qué? —pregunta con la inocencia de quien no sabe que el mundo es un lugar horrible—. ¿Es por el baile de la escuela? Me quedo helada. El baile de terminación. El evento que ha estado flotando en mi calendario como una sentencia de muerte. Ese evento al que se supone que debes ir con amigos, con una cita, con un vestido caro y una sonrisa que no sea falsa. —No, Elías. Solo... miraba. Anda, ve a jugar antes de que te use de modelo para mis prácticas de maquillaje —le bromeo para que se vaya. Él sale corriendo, riendo, pero el silencio que deja atrás es todavía más pesado que antes. Cierro el álbum de golpe. El sonido resuena en las paredes de mi habitación, que de repente se siente demasiado pequeña. Me levanto y camino hacia la ventana, observando las luces de la ciudad. Faltan dos meses para la gira por Asia, dos meses para escapar de esta realidad, pero antes tengo que sobrevivir a ese maldito baile. El cierre de una etapa donde no fui nadie, donde fui el "accidente" de una isla, el "trofeo" de un escándalo. Me tiro en la cama, mirando al techo, pensando en si alguna vez alguien me mirará como papá mira a mamá, o si estoy condenada a ser siempre la sombra de una historia que nunca pedí protagonizar. Con el pensamiento del baile martilleándome las sienes, cierro los ojos, deseando que la música sea suficiente para hacerme olvidar un rato más...POV: Aria Lara León Me quedé ahí, como una tonta, procesando lo que acababa de decir. Lo miré fijamente, a pesar de que el corazón me martilleaba las costillas. Tenía una cara perfecta, de esas que parecen esculpidas con un cincel fino; su piel estaba más cuidada que la pompi de un bebé, sin un solo poro a la vista. Y esa boca... era tan fina que, con la poca luz de las lámparas de la cancha, resultaba difícil de descifrar, pero se veía peligrosamente suave. —Si, lo se, soy atractivo —soltó de repente. Su voz cortó el aire con una seguridad que me dio nauseas. Bebió de su botella sin apartar sus ojos de los míos, como si hubiera leído mi mente de forma descarada. La realidad me golpeó la cara como una cachetada helada. Me sentí expuesta, ridícula. —¿Qué? —balbuceé, sintiendo que el calor me subía por el cuello. —Si quieres puedo besarte para hacerte olvidar el mal momento que hayas tenido —propuso. Así, sin más. Con una arrogancia que no le cabía en el cuerpo. —¡Claro que no! —ex
El auto se detuvo con un suspiro metálico en el estacionamiento de la escuela. No necesitaba ni abrir la puerta para que esa música espantosa a todo volumen me retumbara en los oídos, vibrando en la lámina del coche. Por la ventana, miraba cómo todos iban entusiasmados, con esas sonrisas perfectas y ensayadas, casi brillantes bajo las farolas, mientras se acercaban a la entrada como si fueran a cruzar el umbral del paraíso.Pero para mí, este lugar era el menos feliz que podía encontrar en todo el condenado planeta.—Ya sal, Ari, o nos perderemos a los reyes del baile —me gritó mi amigo Victorio desde afuera.Me molestó que usara ese nombre, el que solo usamos cuando estamos en confianza, pero es que ni siquiera quería moverme del asiento. Sabía que en cuanto pusiéramos un pie en el gimnasio, él se estaría besándose con su novio Josh y, la verdad, no es algo que me guste ver. No porque sean dos hombres —eso me da igual—, sino porque me hace sentirme avergonzada conmigo misma. Me recue
POV: Aria Lara León Salí de mi habitación con el corazón dándome vueltas. El vestido me apretaba un poco más de lo que recordaba en la prueba, o quizá era solo la ansiedad cerrándome el pecho. Me acerqué a la barandilla de la escalera, esa madera pulida que tantas veces bajé corriendo de niña, pero ahora sentía que cada escalón era una plataforma hacia el abismo. Abajo, esperándome como si fuera el estreno de una película de la que no quiero ser protagonista, estaban ellos. Mis padres, el pequeño Elías y mi querido, ruidoso y absolutamente fuera de lugar, Victorio. Mientras bajaba, el contraste era casi ridículo. Podía sentir la mirada de mis padres, brillante, llena de esa alegría que me pesaba como plomo porque sabía que era una alegría prestada de sus propios recuerdos. Y al lado, la mirada de Vic. Ay, Victorio. Me miraba con una mezcla de "estás divina" y "por favor, sácame de este traje antes de que me salgan ronchas". Cuando estaba por terminar de bajar, mi padre se adel
POV: Aria Lara León Una luz tan intensa impacta contra mis ojos despertándome de golpe. Gruño, hundiendo la cara en la almohada, sintiendo como si mis párpados pesaran una tonelada. El sueño que estaba teniendo —uno donde estaba en un escenario gigante y nadie se reía de mí— se desvanece en un segundo. —Mamá, cierra las cortinas —protesté con la voz ronca, porque sé bastante bien que la única persona que entra a mi habitación a estar horas es mi madre. Nadie más se atreve a romper mi santuario. —Ya es hora de que te levantes, hija. Son las diez de la mañana y tienes que prepararte para el baile —dijo ella. Su voz suena firme, de esas que no aceptan un "cinco minutos más". Con los ojos entrecerrados debido a la luz tan segante, logro ver su silueta recortada contra el ventanal. Tiene las manos en las caderas y, aunque no veo su rostro con claridad, sé que no está del todo contenta con mi actitud de querer dormir hasta el próximo siglo. —¿De verdad es tan necesario que vaya, mamá?
Semanas antes de la gira por Asia. POV: Aria Lara León Ahí está de nuevo. Ese borde desgastado del álbum de fotos, el cuero frío bajo mis yemas y ese olor a papel viejo que parece guardar secretos que nadie se atreve a decirme a la cara. Me quedo mirando la foto central, la de la boda. Mis padres. Dios, se ven tan... perfectos. Mi mirada no se mueve de ese punto exacto donde se están mirando. No es una mirada cualquiera; es de esas que parece que el resto del mundo se está quemando y a ellos no les importa porque se tienen el uno al otro. A veces, mi mente es un mar de dudas. No logro comprender, por más que le dé vueltas hasta que me duele la cabeza, cómo es que llegaron a amarse de esa manera. No dudo que su amor sea genuino, eso no se puede ocultar. Se nota en cómo papá le aparta el cabello de la cara a mamá cuando cree que nadie lo ve, o en cómo ella sonríe solo con escuchar sus pasos en el pasillo. Es un hombre fantástico, el mejor padre que podría pedir. Pero... Pero intern
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