Mundo de ficçãoIniciar sessãoTras descubrir las verdaderas intenciones de su prometido, el hombre que orquestó la experiencia más traumática de su vida, Lila Whitmore toma una decisión desesperada, ocupar el lugar de su hermana menor, quien había sido prometida como tributo al harén de Cassiel Raventhorn, un temido alfa cuya sola reputación basta para sembrar miedo. Convencida de que cualquier destino sería preferible a permanecer atada al hombre que la traicionó, Lila se adentra voluntariamente en una prisión dorada, sin imaginar que ha cruzado el umbral hacia algo mucho más peligroso. Entre secretos, poder y un vínculo que desafía su propia voluntad, Lila descubrirá que su decisión no fue una salida fácil sino el inicio de una historia marcada por el peligro, la obsesión y un destino que arde más allá de la razón.
Ler maisEl sueño volvió a encontrarme.
No llega como los sueños comunes, esos que se desvanecen al abrir los ojos. Este no. Este se aferra. Se incrusta en la piel como una espina que nadie ve pero que sangra cada vez que respiro.
Estoy otra vez ahí.
El carruaje detenido. El silencio extraño en medio del camino. El grito que nunca salió de mi garganta. Recuerdo las manos antes que los rostros, siempre las manos, ásperas, urgentes, reclamándome como si mi cuerpo fuera un territorio conquistado. El olor a tierra húmeda. La tela desgarrándose. Mi voz quebrándose en súplicas que nadie escuchó.
—No…
Intento decirlo, pero en el sueño nunca suena. Nunca tengo voz.
Lo peor no es el dolor. Es la certeza. Esa sensación insoportable de que todo estaba decidido mucho antes de que yo lo supiera. Como si mi destino hubiera sido escrito en una tinta oscura y cruel.
Despierto de golpe.
El aire no entra bien en mis pulmones. Mis manos tiemblan sobre las sábanas. Mi camisón está pegado a la piel, húmedo. Tardo unos segundos en recordar dónde estoy. El techo alto. Las cortinas pesadas. El lujo frío que nunca llega a sentirse como hogar.
Esto en el palacio de Sebastián Castellan, el rey, mi prometido.
Me incorporo lentamente, pero el temblor no se detiene. Es como si el sueño no se hubiera ido del todo. Como si algo dentro de mí insistiera en mantenerlo vivo, en repetirlo, noche tras noche, sin descanso.
No olvides.
Esa es la sensación.
No olvides.
Aprieto los dedos contra mi pecho, como si pudiera contener el eco de lo vivido, pero es inútil. Nunca se detiene. Nunca me deja en paz.
Respiro hondo. Una vez y otra. Pero no es suficiente.
Siento que no puedo quedarme aquí.
Salgo de la cama sin encender las luces. No quiero ver mi reflejo. No quiero comprobar si en mis ojos todavía vive ese miedo. Camino descalzo por la habitación y abro la puerta con cuidado, como si el silencio pudiera romperse con el más mínimo gesto.
El pasillo está vacío.
Eso, por sí solo, ya es extraño.
Desde que llegamos al palacio de Sebastian, siempre hay guardias. Siempre. En cada esquina, en cada acceso, en cada puerta. Él insistió en ello. Por mi seguridad.
Por mi bienestar.
Por mi tranquilidad.
Pero ahora, no hay nadie.
Avanzo despacio, sintiendo el frío del suelo bajo mis pies. El silencio no es reconfortante. Es inquietante.
—¿Hola…?
Mi voz suena baja, insegura. No espero respuesta. No la hay.
Sigo caminando.
Tal vez debería volver a mi habitación. Tal vez debería llamar a alguien. Pero hay algo dentro de mí, una inquietud que no logro nombrar, que me empuja hacia adelante.
Hacia el jardín.
Desde que llegue al palacio siempre he encontrado algo de paz ahí. Aunque sea una ilusión. Aunque dure solo unos minutos.
Empujo la puerta que da al exterior y el aire nocturno me envuelve. Es fresco, suave. La luna ilumina los senderos de piedra con una claridad tenue, casi irreal.
Y entonces lo veo.
El lugar, mi lugar favorito y me detengo.
No puedo evitarlo.
El pequeño claro entre los rosales, donde las luces doradas cuelgan como estrellas atrapadas. Donde el mundo pareció detenerse aquella noche.
Donde Sebastián se arrodilló frente a mí y me pidió matrimonio.
—No me importa lo que te hicieron, Lila —me dijo entonces, con esa voz firme que siempre parecía protegerme de todo—. No cambia nada. Tú sigues siendo tú. Y yo, yo te amo. Además nadie tiene porque enterarse.
Recuerdo haber llorado como nunca.
En ese instante, todo el dolor, toda la vergüenza, todo lo que había perdido, pareció encontrar un lugar donde descansar. Porque él estaba ahí. Porque me eligió incluso rota.
Porque me amaba o eso creí.
Doy un paso hacia el claro y entonces escucho voces.
Me detengo de inmediato.
Reconozco la suya.
Sebastian.
No debería estar aquí a esta hora y no está solo, la otra voz es de Elena. Mi hermana menor.
Mi corazón da un vuelco.
No sé por qué, pero no me acerco. No salgo a su encuentro. Me quedo donde estoy, oculta entre las sombras, como si algo dentro de mí supiera que no debo ser vista.
—Esto se ha prolongado más de lo necesario —dice Sebastian, en un tono que no le conocía—. No podemos seguir así.
—No fue mi decisión —responde Elena, suave, casi herida—. Tú fuiste quien insistió.
Hay un silencio breve.
—Era la única manera —dice él finalmente—. Necesitaba mantenerte a salvo.
Siento cómo mi respiración se vuelve más lenta, más pesada.
—¿A salvo, de qué exactamente? —pregunta ella—. Porque no me parece que casarte con mi hermana sea una solución sencilla.
Sus palabras me atraviesan. ¿De qué se trata esto?
—Es la única solución —replica Sebastián—. Mientras todos crean que mi interés está en Lila, tú quedas fuera del juego y no correrás ningún peligro.
El mundo se inclina ligeramente porque no entiendo.
No quiero entender.
—Siempre encuentras la forma de justificarlo —dice Elena, con una risa baja—. Incluso aquello…
Se detiene.
—No empieces —la interrumpe él, más brusco de lo que jamás lo he escuchado.
—¿Por qué no? —insiste ella—. Después de todo, funcionó, ¿no? La destruiste justo lo suficiente para que dejara de ser una amenaza para mi.
Siento que el aire desaparece.
—No fue para tanto —dice Sebastián, pero su voz no suena convincente.
—Claro que lo fue —responde Elena, casi con dulzura—. Lila siempre me ha odiado. Siempre me ha molestado —hace una pausa— y agredido.
Mis manos comienzan a temblar. Aquello es una mentira porque Elena siempre a sido la que me a maltratado a mí no al revés.
—No la odio —dice él. — pero tenía que asegurarme de que recibiera su merecido. Debía pagar por todo el daño que te ha causado.
—Entonces dime —susurra Elena—, ¿a quién amas?
El silencio que sigue es largo, demasiado largo y cuando finalmente habla, su voz es más baja, más íntima.
—A ti.
Todo dentro de mí todo se termina de romper.
No soy capaz de gritar, pero si lo que entiendo es correcto Sebastián está detrás del ataque en donde aquellos hombres…
—Siempre ha sido así —continúa él—. Desde el principio.
—Entonces. ¿Estás seguro de que Lila no te interesa? —murmura entonces Elena.
—Ya te lo dije, ella es un medio para protegerte—dice Sebastián, con una calma que me resulta insoportable—. Nada más. Un sacrificio necesario.
No puedo moverme, siento que no puedo respirar y no soy ni capaz de pensar con claridad.
¿Cómo podré seguir adelante?
Cuando Sebastián cayó de rodillas, supe que había salido del portal que conectaba con la mente de Elena pero que su espiritú seguía con ella.No porque su cuerpo desapareciera.Seguía allí, frente a nosotros, con la cabeza inclinada, pero algo en la energía cambió, como si una parte de él hubiera sido arrancada del mundo físico y enviada a un lugar donde ninguno de nosotros podía intervenir.Cassiel se colocó a mi lado de inmediato.No me tocó.No todavía.Pero lo sentí cerca, tan cerca que su presencia se volvió una muralla entre mis hijos y cualquier amenaza. Alessia dormía envuelta contra mi pecho. Cassian se movía inquieto en los brazos de su padre, como si pudiera sentir que la sangre de todos los presentes estaba atada a un ritual que jamás debió tocarlo.—No me gusta esto —dijo Cassiel.Su voz no fue alta, pero tenía ese tono que me decía que estaba a punto de romper algo.Lo miré.—A mí tampoco.—Entonces terminemos con esto.—No así.Sus ojos encontraron los míos. Fenrik se mo
Atravesar el portal no se sintió como cruzar una puerta, sino como meterme en una grieta viva. La energía temblaba frente a mí sobre las piedras del centro polar, inestable, abierta solo por un instante.Podía irme.El pensamiento llegó con una claridad cruel.Podía dar media vuelta, regresar a un sitio donde aún hubiera hombres dispuestos a obedecer mi nombre y convencerme de que había hecho todo lo posible.Había vivido años así.Mintiendo.Justificándome.Vistiendo mi cobardía de amor, justicia y derecho.Miré mis manos.No tenían sangre, pero podía verla.—Elena —murmuré.Su nombre no me trajo paz. Me trajo una cadena. Una que yo mismo me había puesto desde el momento en que preferí creerle antes que mirar la verdad. Creerle fue cómodo. Me permitió odiar a Lila sin sentirme monstruo. Convirtió mi crueldad en castigo merecido y mi posesión en amor.Qué fácil fue ser miserable cuando alguien más me dio una excusa.El portal vibró.Di un paso.El frío me atravesó la piel, pero no retr
El cuerpo de Lila apareció de nuevo junto a la entrada del portal.Y todo en mí reaccionó.No como Alfa.Sino como bestia.Di un paso hacia ella y el suelo bajo mis pies crujió por la presión de mi fuerza. Los sellos alrededor de portal palpitaban con una energía rojiza que me repugnaba, y aunque las brujas insistían en murmurar palabras para sostener el ritual, yo solo veía su rostro.Su frente tensa.Sus labios entreabiertos.Sus dedos crispándose sobre si misma.Dolor.Lo sentí a través del vínculo como si alguien hubiera metido una garra entre mis costillas y estuviera tirando de mí hacia ella.—Sácala —rugió Fenrik—. Ahora.Mis colmillos descendieron.Nuestros hijos estaban cerca, se los entregué a Orion y avancé.—No te acerques —dijo una de las brujas.La miré.Bastó eso para que palideciera y retrocediera.—Alfa… si rompe el círculo ahora, la otra dragona podría quedar atrapada entre ambos planos.No me importó.Nada me importaba más que el sonido que Lila dejó escapar en ese m
—No —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía por dentro.Elena levantó el rostro.—Lila…—No así.Mi hermana me miró como si esas dos palabras le dolieran más que un golpe. Por un instante, no vi arrogancia en ella. No vi esa máscara cruel con la que había aprendido a defenderse del mundo. Vi agotamiento. Vi a una mujer que llevaba demasiado tiempo huyendo de una verdad que la había alcanzado incluso dentro de su propia mente.Elena tragó saliva. Sus dedos temblaron a los costados de su cuerpo.—Me gustó —susurró.Todo dentro de mí se detuvo.Cassiel no estaba ahí físicamente, pero sentí su vínculo tensarse desde afuera, como si también hubiera escuchado aquella confesión a través de mí.—¿Qué? —pregunté, aunque una parte de mí ya conocía la respuesta.Las lágrimas de Elena cayeron sin que intentara limpiarlas. No lloraba para manipularme. No esta vez. Aquello era más crudo. Más vergonzoso. Más difícil de negar.—Cuando Sebastián me dijo que iba a castigarte, me gustó —confes
Último capítulo