Capítulo 10 POV Cassiel

El mundo que nos rodeaba seguía rompiéndose en silencio, pero nada haría que me apartara de Lila, así que Fenrik se irguió dentro de mí con la dignidad salvaje de un verdadero Alfa, aunque esta vez no sentí en él hambre de pelea, sino algo mucho más extraño.

Respeto y admiración por la dragona de Lila.

—No quiere destruirnos… quiere entender realmente cuáles son tus intensiones —dijo Fenrik de pronto.

No aparté la mirada de aquellos ojos.

—Lo sé.

Di un paso al frente.

El suelo tembló bajo mis pies.

El fuego que rodeaba a la dragona creció de inmediato, como si cada centímetro que me acercaba representara una invasión a un territorio sagrado, y aun así no me detuve, porque después de absorber una parte del dolor de Lila, después de sentir su miedo, su vergüenza, su culpa y la forma en que había aprendido a sobrevivir culpándose por algo que jamás debió cargar, había comenzado a sentir algo más.

Algo que no le pertenecía a ella.

Era una culpa distinta.

Una culpa que olía a fuego, a escamas… y a fracaso.

La dragona que obligaba a Lila a revivir todo aquello.

No lo hacía porque disfrutara de su sufrimiento.

Sino porque no sabía cómo dejar de odiarse a sí misma.

Exhalé despacio antes de hablar.

—Ya basta.

El rugido que recibí como respuesta hizo que el mundo que nos rodeaba se estremeciera, y aun así me mantuve firme mientras el viento ardiente golpeaba mi rostro.

—No la estás protegiendo con esa actitud.

La dragona mostró los colmillos.

Las llamas crecieron.

Fenrik gruñó dentro de mí.

No con miedo.

Con absoluta firmeza.

—Mantente firme, Cassiel. Está escuchándote.

Asentí apenas.

Y di otro paso.

—La estás castigando innecesariamente.

Otro rugido.

Más fuerte.

Más desesperado.

Pero esta vez ya no escuché rabia.

Escuché dolor.

—La obligas a revivir esto una y otra vez porque no soportas aceptar lo que pasó…

Apreté la mandíbula mientras sostenía aquella mirada.

—…porque en el fondo es a ti misma a quien culpas por no haber despertado a tiempo.

El silencio que siguió fue tan absoluto que incluso el fuego dejó de moverse.

Fenrik habló primero.

Su voz resonó como una promesa imposible de romper, y entonces me di cuenta de que la dragona podría oírlo también.

—Tú también la escuchaste.

Los ojos de la dragona se abrieron apenas.

—Escuchaste cómo pedía ayuda…

Su cuerpo tembló.

—…y cuando despertaste, ya era demasiado tarde.

El mundo entero se quebró.

El rugido que salió de ella esta vez no fue uno de guerra.

Fue uno de dolor.

Uno tan crudo y desgarrador que incluso sentí cómo algo dentro de mi pecho se apretaba.

Las llamas comenzaron a disminuir poco a poco, y frente a nosotros, aquella inmensa silueta comenzó a tomar una forma más definida, permitiéndome verla con claridad por primera vez.

Majestuosa.

Oscura.

Cubierta de escamas negras que parecían absorber la luz.

Solo los dragones pertenecientes a la realeza eran de color negro.

—La escuché… —su voz resonó directamente dentro de mi mente—. La escuché pedir ayuda…

Sus ojos dorados comenzaron a humedecerse.

—Escuché cómo gritaba mientras yo era incapaz de despertar.

Aquellas palabras me atravesaron de una forma que jamás esperé.

Di otro paso.

Esta vez sin tensión.

Sin desafío.

Solo con honestidad.

—No fallaste.

La dragona cerró los ojos.

—Fallé.

—No.

Fenrik se alzó dentro de mí con toda la autoridad de un Alfa.

—No fue su culpa y tampoco fue tuya.

La criatura tembló.

—Sebastian Castellane, el rey de Boca del Río, nos traicionó.

Apreté los puños. Ese maldito pagaría con sangre.

—Y aun así tú permaneciste con ella.

Su respiración se quebró mientras le aseguraba:

—La protegiste.

Mi voz bajó.

—Solo olvidaste que proteger no siempre significa encerrar.

El silencio que siguió pareció eterno, hasta que finalmente la dragona inclinó la cabeza, no en sumisión, sino aceptando que tanto Fenrik como yo estábamos destinados a ellas.

—…Ciri.

Fruncí apenas el ceño.

—¿Ese es tu nombre?

Sus ojos se abrieron una vez más.

Esta vez sin furia.

—Sí.

Fenrik dejó escapar un gruñido satisfecho.

—Eres realmente hermosa.

Ciri nos observó durante largos segundos, primero a mi lobo… después a mí, como si estuviera evaluando cada herida, cada decisión y cada parte de nosotros.

—Si la reclamas… —murmuró finalmente— sentirás todo.

Mi pecho se tensó.

—Lo sé.

Ciri negó suavemente.

—No. No lo entiendes.

Su mirada se clavó en la mía con una intensidad brutal.

—Sentirás cada pesadilla, cada recaída, cada recuerdo que la haga temblar, cada pensamiento que la haga cuestionar si sigue siendo digna de ser tocada, de ser amada o incluso de ser mirada.

Fenrik no dudó.

—Si ella sangra… nosotros sangramos. Si tú lo haces, igual.

Ciri guardó silencio.

La dragona me observó junto a mi lobo.

Esperando mi respuesta.

Di un paso más.

Hasta quedar prácticamente frente a ella.

—No vine por una versión fácil de Lila.

Mi voz salió firme.

Segura.

Llena de una verdad que ya no podía negar.

—Vine porque ella es mi destino y quiero estar junto a ella por toda la eternidad.

Por primera vez…

Ciri sonrió.

Y con aquella sonrisa, el mundo entero comenzó a iluminarse.

—Entonces… ¿qué esperas? Reclámenla, y a mí junto con ella.

Mi corazón golpeó con fuerza.

Me giré hacia Lila.

Seguía tendida sobre la tierra húmeda, vulnerable, hermosa y rota de formas que jamás debieron existir, pero cuando me incliné sobre ella y acaricié su mejilla con la yema de mis dedos, sus pestañas temblaron apenas y una única lágrima escapó por la comisura de su ojo cerrado.

Como si alguna parte de ella… ya me hubiera reconocido.

Mi pecho se cerró.

Había liderado guerras.

Había quitado vidas.

Había enfrentado monstruos que habrían hecho huir a cualquier hombre.

Pero inclinarme sobre Lila, sabiendo que incluso intentando salvarla podía hacerle daño…

Me aterraba más que cualquier batalla.

Aun así no retrocedí.

Acerqué mis labios a su oído.

—Escúchame, mi compañera destinada, porque quiero que tanto tú como Ciri entiendan algo.

Sus dedos se cerraron débilmente sobre mi camisa.

Fenrik rugió con orgullo.

—No puedo borrar lo que pasó, no puedo prometerte que jamás volverá a doler y tampoco voy a mentirte diciendo que sanar será sencillo…

Cerré los ojos.

Y apoyé mi frente contra la suya.

—Pero sí puedo prometerte que tus pesadillas serán mías, que tus recaídas serán mías, que cada vez que el pasado intente arrastrarte de nuevo, ni mi lobo ni yo permitiremos que caigas sola…

Mi voz se quebró apenas.

—Porque tu soledad…

Mis colmillos descendieron.

—…se acaba hoy.

Y entonces la marqué.

El vínculo explotó entre nosotros con una intensidad tan brutal que el mundo desapareció.

Dolor.

Luz.

Oscuridad.

Amor.

Todo al mismo tiempo.

Y cuando volví a abrir los ojos…

El olor a hierbas, sangre y medicina reemplazó al fuego.

Lila jadeó debajo de mí al despertar exactamente al mismo tiempo.

Mi respiración seguía agitada cuando levanté la mirada y encontré a Samuel de pie a pocos metros, discutiendo con la bruja que nos había guiado hasta aquí.

—¿Qué le hiciste a mi Alfa? —gruñó Samuel.

La bruja cruzó los brazos.

—El destino nunca pide permiso.

Samuel abrió la boca para responder…

Pero entonces sus ojos bajaron hacia el cuello de Lila.

Y el color abandonó su rostro.

—¿Qué? ¿Qué pasó? Cuando la marcaste… ¿cómo?

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP