Capítulo 6 POV Lila

—¿Quién te hizo esto? —repitió Cassiel, pero ninguna palabra logró salir de mi boca.

Porque algo dentro de mí ya se estaba apagando.

Lo vi moverse, lo sentí acercarse, escuché cómo mi nombre abandonaba sus labios con una urgencia, una desesperación que no entendía… pero todo eso comenzó a perder forma, a desdibujarse frente a mis ojos.

—Lila… mírame…

Su voz ya no sonaba igual.

No porque hubiera cambiado, sino porque yo dejaba de alcanzarla.

El aire se volvió pesado, espeso, como si cada respiración me hundiera más en lugar de sostenerme, mientras mi cuerpo permanecía inmóvil, atrapado en una quietud que no podía romper, aunque en algún lugar muy lejano de mí aún quisiera hacerlo.

Sabía que él no era como los otros. Lo sabía.

Pero mi cuerpo no entendía de diferencias.

Solo recordaba el infierno por el que tuve que pasar.

Y ese recuerdo no llegó como imágenes claras, sino como una sensación que lo invadía todo, una presión invisible que me arrastraba hacia dentro, cada vez más profundo, alejándome de ese instante, de ese lugar, de él.

—Lila… respóndeme…

Su voz se volvió más insistente, más urgente, pero también más lejana.

Como si viniera desde la superficie… y yo ya no estuviera ahí.

Porque me estaba hundiendo.

No físicamente.

Era algo más oscuro, más silencioso, un descenso lento dentro de mi propia mente donde la luz comenzaba a desaparecer, donde todo lo que dolía, todo lo que aterraba, me alcanzaba desde otro lugar.

Mis dedos no se movieron.

Mis labios no respondieron.

Y mientras su voz seguía llamándome, cada vez más tensa, más quebrada, arrastrándose entre la distancia como si estuviera luchando contra algo que intentaba arrebatármela, yo solo podía sentir cómo la oscuridad me envolvía por completo, cerrándose a mi alrededor como un refugio frío, profundo y peligrosamente reconfortante del que, en el fondo, ya no quería salir.

—Lila… escúchame… —su voz volvió a alcanzarme, más rota, más desesperada, como si cada palabra le costara más que la anterior—, no puedes hacer esto… no ahora que finalmente te he encontrado…

Quise responderle, quise decir su nombre, aferrarme a ese hilo invisible que aún nos conectaba, pero la sensación de vacío era más fuerte, más densa, como si todo lo que alguna vez fui estuviera desvaneciéndose en ese silencio que poco a poco comenzaba a parecerme paz.

Hasta que incluso él… desapareció.

Y en su lugar quedó la nada.

Un silencio absoluto que no pedía nada, que no exigía nada, que no dolía.

Por un instante creí que aquello era el final, que al fin había encontrado un lugar donde el pasado no podía alcanzarme, donde los recuerdos no tenían forma ni voz, donde nadie podía volver a romperme.

Pero entonces…

—Siempre fuiste así de estúpida, Lila… demasiado buena para sobrevivir en un mundo como este. Pero no te preocupes yo me encargare de hacerte ver, de hacerte más fuerte.

Mi respiración se detuvo.

No tenía idea de quién había dicho aquello. No podía reconocer esa voz ni ver a nadie, porque la oscuridad me había envuelto. Pero antes de que pudiera contradecirla, antes siquiera de que pudiera huir de ella, la oscuridad desapareció y una luz explotó, dejándome prisionera de mi pasado, arrastrándome a revivir el origen, el inicio de todo.

Y entonces lo entendí.

Ya no estaba ahí para decidir.

Solo para mirar.

Convirtiéndome en una espectadora de los recuerdos que no podía cambiar.

Vi mi cuerpo moverse… pero no lo sentía.

Escuché mi voz… pero ya no me pertenecía.

—Elena… —mi voz salió más baja de lo que esperaba, y aun así supe que no era yo quien hablaba, no del todo, era mi versión pasada—, hay alguien en el agua.

El silencio cayó entre nosotras mientras mí yo del pasado avanzaba, y cuanto más se acercaba, más claro se volvía lo que estaba viendo. Mi pasado.

—Está muerto —dijo Elena sin emoción, deteniéndose antes de acercarse demasiado—, no te metas.

Pero entonces…

—A… ayuda…

El susurro fue débil, apenas audible, pero suficiente para que algo dentro de mí —de la Lila que observaba— se contrajera con fuerza.

Qué estúpida fui.

Quise detenerme a mí misma al verme.

Quise gritarme que no lo hiciera.

Pero no podía solo era una espectadora de mis recuerdos.

—No —dijo de inmediato esa versión de mí que me daba pena, negando con la cabeza mientras avanzaba hacia el agua—, está vivo… tenemos que sacarlo.

—¿Tenemos? —repitió Elena, cruzándose de brazos—. Corrígete, Lila… tú quieres sacarlo.

—Elena, por favor —insistí en aquel momento mirándola—, si lo dejamos ahí se va a morir.

Elena sostuvo mi mirada durante un segundo, y lo que vi en sus ojos no fue duda, fue indiferencia.

—Entonces que muera —respondió con frialdad—, eso sería lo más humano.

Sentí algo romperse dentro de mí.

Pero no en ese momento.

Ahora.

—¿Lo comprendes ahora? Lo estúpida que fuiste.

Aquella voz que seguía sin saber quien era pero que estaba segura era la causante de que estuviera atrapada en los recuerdos de mi pasado regreso. No me dejo responderle, sino que se retiró a lo profundo de mi mente, solo para dejarme de nuevo como espectadora de algo que ya había vivido, del algo que ya sabía cómo terminaría.

—¿Cómo puedes decir eso? —dijo mi versión pasada, retomando con esto mis recuerdos pasados—, es una persona…

—Es un problema —me interrumpió Elena—, y no es nuestro… vámonos.

—No voy a dejarlo.

El silencio que siguió fue pesado, cargado de algo más profundo que una simple discusión, y cuando Elena habló de nuevo, su voz ya no tenía rastro de burla.

—Siempre eliges mal, Lila… siempre.

—Esto no es elegir mal —respondí, sintiendo cómo la determinación reemplazaba cualquier duda—, esto es hacer lo correcto.

La piedra que me arrojo entonces Elena impactó contra mi rostro sin previo aviso, haciéndome retroceder con un jadeo ahogado mientras la sangre comenzaba a correr por la piel.

Yo lo sentí otra vez reviviendo cada instante.

Pero no podía hacer nada.

—Entonces hazlo sola —dijo Elena, su voz dura, casi molesta—, pero no esperes que me quede a ver cómo te arruinas por alguien que ni siquiera conoces.

—Elena… espera…

Pero ya se estaba alejando sin mirar atras.

—Tranquilo… —murmuré, adentrándome en el agua mientras el frío me calaba hasta los huesos—, no te voy a dejar aquí, te voy a ayudar.

Cuando lo toqué, su cuerpo estaba helado, pesado, apenas consciente, y, aun así, cuando intenté moverlo, su reacción fue instintiva, débil pero presente.

—No… —susurró—… no…

—Shh… —susurré en aquel entonces, acercándome más—, estás a salvo…

No recuerdo cuánto tiempo pasó mientras aquella versión mía luchaba por sacarlo del agua, mientras mis brazos ardían, sus piernas temblaban y su respiración se volvía cada vez más inestable.

Yo seguí atrapada entre el recuerdo, lo veía todo.

Sin poder intervenir.

Sin poder detenerme a mí misma.

—Vamos… —jadeo la versión de mi pasado, tirando de él con todo lo que le quedaba—, no te rindas ahora…

Cuando finalmente logré arrastrarlo fuera del río, el mundo parecía girar a nuestro alrededor, pero aun así me incliné sobre él, temblando, agotada, negándome a soltarlo.

—Oye… —susurré, tocando su rostro—, quédate conmigo…

No respondió.

Pero seguía respirando.

Y eso…

Eso fue suficiente para condenarme sin que lo supiera en aquel entonces.

—¡Lila!

La voz de mi padre atravesó el aire con urgencia, haciendo que levantara la cabeza de golpe.

—¡Aquí!

Mi padre se detuvo en seco.

—No… —murmuró, acercándose lentamente—… no puede ser…

—Papá… —dije, confundida—, estaba en el río… iba a morir…

Pero él no me estaba escuchando.

Sus ojos estaban fijos en el hombre que había logrado sacar del río.

—¿Sabes a quién has salvado? —preguntó, su voz más grave de lo que jamás la había escuchado.

Negué en aquel entonces con la cabeza, pero ahora lo sé muy bien.

—Ese hombre… es Sebastian Castellane, el rey de Boca del Río.

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