Mundo ficciónIniciar sesiónNo sabía qué era peor.
Si verla gritar y suplicar que la soltaran mientras sus manos se aferraban inútilmente a la tierra húmeda del camino… o ser consciente de que no existía absolutamente nada que pudiera hacer para ayudarla.
Ver a Lila siendo arrastrada lejos del carruaje, lejos del camino que debía conducirla al palacio de Boca del Río, lejos de cualquier posibilidad de auxilio, me hizo sentir por primera vez desde que tenía memoria que todo mi poder, toda mi fuerza… no servían para absolutamente nada.
—¡Suéltenla! —rugí, lanzándome contra el primer hombre.
Mis manos fueron directo a su garganta, pero mis dedos atravesaron su cuerpo como si no estuviera hecho de carne, sino de humo, de sombras, de un pasado cruel que seguía vivo solo dentro de ella.
Me quedé inmóvil apenas un instante.
Después lo intenté otra vez.
Y otra.
Y otra más.
Golpeé, mordí, embestí, dejé que Fenrik se alzara dentro de mí con una violencia que habría despedazado a cualquier enemigo real, pero ninguno de esos hombres cayó, ninguno sangró, ninguno sintió el peso de mi furia, porque no eran más que fragmentos de una memoria que Lila había sobrevivido sola.
Sola.
La palabra me rompió algo por dentro.
¿Dónde demonios había estado yo cuando ella me necesitaba?, pensé, con una rabia tan feroz que me quemó la garganta. ¿En qué rincón del mundo respiraba tranquilo mientras mi compañera era arrastrada hacia el peor momento de su vida? ¿Cómo podía el destino atreverse a unirla a mí después de haberme hecho llegar tarde?
Fenrik rugió en mi interior, no solo por deseo de sangre, sino por un dolor que reconoció antes que yo pudiera nombrarlo, porque para mi lobo Lila no era una mujer que acabábamos de encontrar en medio de la oscuridad de su mente, era nuestra mujer, nuestra compañera, la criatura que debíamos proteger incluso si el vínculo todavía no había sido sellado sobre su piel.
Y aun así no pudimos salvarla.
El recuerdo siguió su curso con una crueldad insoportable.
Cuando todo terminó, el mundo quedó en silencio.
Un silencio enfermo.
Los hombres se desvanecieron poco a poco, como sombras satisfechas que regresaban al lugar miserable del que habían salido, y Lila quedó tirada sobre la tierra húmeda del prado, inmóvil, con los dedos hundidos en el barro y el rostro vuelto hacia un cielo que ni siquiera era real.
Me acerqué sin saber si mis piernas iban a sostenerme.
Había enfrentado criaturas capaces de devorar ejércitos, había provocado guerras, había visto morir hombres que suplicaban por una misericordia que jamás les concedí, pero nunca había sentido tanto miedo como en ese instante, porque Lila estaba frente a mí y aun así parecía inalcanzable, como si una parte de ella se hubiera quedado atrapada en un lugar al que ni siquiera mi furia podía entrar.
—Lila… —susurré, y mi voz salió rota de una forma que no reconocí—. Mi compañera, estoy aquí.
Ella no respondió.
Ni siquiera podía escucharme.
Me dejé caer a su lado, sobre la tierra fría, porque si no podía levantarla, si no podía cubrirla con mis brazos, si no podía borrar de su cuerpo aquel recuerdo, al menos no iba a permitir que siguiera sola dentro de él.
Entonces lo sentí.
El vínculo.
Débil todavía, incompleto, porque no la había marcado, pero real.
Era apenas un hilo rojo entre su dolor y mi alma, una conexión frágil que palpitaba bajo mi piel como una herida abierta, y en medio de mi desesperación entendí que quizá no podía detener el pasado, pero podía cargar una parte de él.
Podía tomar su dolor y hacerlo mío.
Podía robarle al menos un poco de aquella carga que la mantenía hundida en la tierra.
—Dámelo —murmuré, apretando los dientes mientras apoyaba la frente cerca de la suya—. No todo, porque sé que no puedo cambiarlo, pero dame lo que pueda soportar por ti.
Fenrik gruñó una advertencia.
No era miedo.
Era conciencia.
Sabía que tocar una herida tan profunda sin la marca podía destruir algo dentro de nosotros, sabía que el vínculo aún no era lo bastante fuerte para sostener semejante oscuridad, pero también sabía que no había una sola parte de mí dispuesta a detenerse.
Busqué ese lazo con todo lo que era.
Al principio no ocurrió nada.
Luego el dolor llegó.
No como una herida limpia, sino como una caída interminable.
El dolor que sentía Lila por lo que le habían hecho se abrió paso por mis costillas y me tragó con una violencia que me obligó a arquearme contra el suelo. Sentí su miedo. Sentí su vergüenza, aunque nada de aquello le perteneciera. Sentí la culpa absurda que su dragona, había sembrado en ella para hacerle creer que sobrevivir también era una forma de mancharse.
Un hilo de sangre bajó por mis ojos y nariz.
Después otro.
Fenrik se estremeció dentro de mí, furioso y dolido, mientras mi cuerpo pagaba el precio de sostener una memoria que no había sido hecha para mí. Vi destellos entre el sufrimiento, pequeños fragmentos de una Lila distinta, una niña corriendo sin miedo, una joven mirando el mundo con una esperanza terca, una mujer que alguna vez creyó que ayudar a alguien no podía condenarla.
Y luego vi cómo esa esperanza era arrastrada al barro.
—No —gruñí, clavando los dedos en la tierra—. No voy a dejar que esto sea lo único que quede de ti.
Entonces algo respondió desde lo más profundo de su mente.
No fue solo una voz.
Fue un rugido, inmenso y feroz.
El entorno entero tembló, la tierra se abrió en grietas oscuras y el cielo falso del recuerdo se cubrió de sombras, como si una criatura enterrada bajo todas las capas de dolor hubiera abierto los ojos.
Su dragona.
La sentí antes de verla.
Estaba furiosa.
Y su furia estaba dirigida hacia mí.
Desde algún lugar oculto en el inconsciente de Lila, aquellos ojos antiguos se clavaron en mi alma, evaluándome, midiéndome, preguntándose con una arrogancia salvaje si yo era digno de tocar el dolor que ella había mantenido encerrado.
Fenrik se alzó dentro de mí con una violencia absoluta.
No retrocedió.
No dudó.
Respondió al rugido de la dragona con un aullido brutal que quebró los bordes del recuerdo y sacudió la oscuridad como una declaración de guerra.
Yo levanté la mirada, con la sangre todavía bajando por mi rostro y el dolor de Lila ardiendo dentro de mi pecho, y entendí que aquella criatura no solo la estaba castigando a ella, se castigaba a sí misma en el proceso.
Ambas estaban atrapadas.
—Escúchame bien —susurré, aunque mi voz resonó en todo aquel mundo roto—. Si la estás castigando por algo que no es su culpa, ni siquiera la tuya, tendrás que aprender a entender que yo compartiré ese dolor con ustedes, porque ni mi lobo ni yo nos iremos.
La dragona volvió a rugir.
Fenrik respondió.
Y mientras Lila temblaba apenas a mi lado, comprendí que el verdadero enemigo no estaba en los hombres que ya no podía matar, sino en la prisión que su propia mente había construido para sobrevivir.
Ya le habían arrebatado demasiado.
A ambas.
Su paz.
Su confianza.
Su derecho a sentirse limpia dentro de su propio cuerpo.
Pero a mí no iban a arrebatármela.
Si tenía que vivir con en el infierno de su propia mente para traerla de vuelta, entonces este infierno estaba a punto de descubrir que yo también sabía morder.







