Mundo ficciónIniciar sesiónNo recuerdo en qué momento logré volver a mi habitación, porque el camino se disolvió en una neblina espesa dentro de mi memoria, como si mi cuerpo hubiera seguido avanzando por pura inercia mientras mi mente se quedaba atrás, atrapada en las palabras de Sebastián, en esa verdad que nunca debí descubrir y que ahora me deja más rota de lo que creí posible.
Así que, cuando finalmente llega la mañana y la luz comienza a filtrarse por las cortinas, no siento alivio ni descanso, solo el peso de una noche que no terminó de irse conmigo.
Mi madre me recibe en el comedor con una sonrisa que intenta ser cálida, pero que no logra tocarme, porque hay cosas que ni siquiera el amor de una madre puede alcanzar cuando algo dentro de ti ya se ha apagado.
—Lila, cariño, siéntate —dice, señalando mi lugar—. Hoy trajeron fruta fresca de la ciudad, dicen que es el mejor de la temporada.
Asiento.
Escucho las voces como si vinieran desde lejos, como si estuvieran separadas de mí por una distancia imposible de cruzar, y aunque sé que mi familia habla de mí, que me preguntan cosas, que esperan respuestas, no logro conectar con nada de lo que dicen, porque mi mente sigue atrapada en la noche anterior, repitiendo cada palabra, analizando cada gesto, reconstruyendo una escena que ya no puedo deshacer.
Entones mi padre comenta algo sobre los preparativos de mi boda, la boda que será a final de mes. A mi ya no me importa nada.
—Lila ha estado muy callada —dice de pronto Elena y es en aquel momento a quien menos me interesa escuchar, porque mi corazón este sangrado —. Supongo que es normal, considerando todo lo que esta apunto de suceder. Debe ser maravilloso ser la próxima reina.
No le respondo.
No confío en mí misma lo suficiente como para sostenerle su mirada sin que algo dentro de mí no la quiera matar.
Por suerte en ese momento, un sirviente entra al comedor con paso apresurado, llevando un sobre sellado que entrega directamente a mi padre, quien lo toma con una expresión que cambia casi de inmediato, como si el contenido, aún sin abrirlo, ya le resultara inquietante.
Rompe el sello totalmente alterado y algo en su rostro se transforma.
No es solo sorpresa.
Es miedo.
Un miedo que nunca le había visto antes, un tipo de preocupación que no se molesta en ocultar, porque es demasiado grande para contenerla detrás de la compostura que siempre ha sabido mantener.
Se levanta de golpe.
La silla se mueve con un sonido seco que resuena en el silencio repentino del comedor.
—Tengo que ocuparme de esto de inmediato —dice, sin mirar a nadie en particular, y antes de que mi madre pueda preguntar algo, ya está saliendo, dejando tras de sí una tensión que se instala en el aire como una presencia incómoda.
No reacciono.
Ni siquiera me doy cuenta del todo.
Porque sigo ausente.
Porque, en comparación con lo que descubrí anoche, todo lo demás parece lejano, irrelevante, como si mi mundo ya hubiera colapsado y lo que ocurre ahora fuera simplemente ruido de fondo.
El resto de la mañana transcurre sin que logre registrar mucho más que fragmentos sueltos, miradas, silencios, intentos fallidos de conversación que no llegan a tocarme realmente.
Y la tarde, la tarde se siente aún más larga.
Permanezco en mi habitación la mayor parte del tiempo, sentada, de pie, caminando sin rumbo, observando el mismo punto sin realmente verlo, como si mi mente hubiera decidido desconectarse para protegerme, aunque no estoy segura de que eso esté funcionando.
Mi madre entra poco después, con una energía distinta, más decidida, como si hubiera tomado la resolución de no dejarme caer en ese estado en el que claramente me encuentro.
—Lila, no puedes seguir así —dice con suavidad, acercándose con un conjunto de telas cuidadosamente dobladas—. Sebastián ha enviado varias opciones para tu vestido de novia, y creo que sería bueno que comenzáramos a verlas.
Vestido de novia.
Las palabras me atraviesan, pero no reacciono como antes lo habría hecho, no hay emoción, no hay ilusión, solo una especie de vacío que absorbe todo lo que intenta formarse dentro de mí.
Mi madre despliega los diseños sobre la cama, mostrando detalles, comentando telas, hablando de bordados y cortes con una dedicación que refleja el amor que siente, la ilusión que tiene por mí, una ilusión construida sobre una verdad que ella no conoce.
—Este es particularmente hermoso —dice, levantando uno de los bocetos—. Es elegante, pero no excesivo, creo que resaltaría mucho tu figura.
—Claro —interviene Elena desde la puerta, apoyándose con aparente naturalidad—. Aunque no sé si Lila querrá algo blanco, considerando que ha perdido la inocencia.
La miro por primera vez.
Cada gesto que antes me parecía inocente ahora revela una intención que no quise ver, una constante que siempre estuvo ahí, disfrazada de fragilidad, de inseguridad, de una necesidad de atención que todos parecían justificar.
—Tal vez deberías elegir algo más sencillo —continúa—, algo rosa.
Mi madre la mira con desaprobación.
—Elena, basta —dice con firmeza—. No es momento para ese tipo de comentarios además nadie más que nosotros y Sebastián sabe lo que paso.
Elena baja la mirada casi de inmediato, sus ojos llenándose de lágrimas con una facilidad que siempre me sorprendió, pero que ahora me parece, calculadora.
—Lo siento —murmura—. Solo intentaba ayudar, pero supongo que nunca hago nada bien.
El silencio cae y como siempre, el centro de la escena cambia.
Mi madre suspira, suavizando su expresión.
—No es eso, cariño —dice, acercándose a ella—. Solo debes ser más cuidadosa con tus palabras.
Elena asiente, limpiándose una lágrima.
Y yo simplemente observo sin intervenir porque hace que me hierva la sangre.
Entonces mi padre entra, pero no está solo. Aquello es aún más extraño que lo de la mañana.
Dos hombres lo acompañan, vestidos con uniformes que no reconozco, con una presencia que altera el ambiente de inmediato, como si trajeran consigo algo que no pertenece a este lugar.
Mi madre se endereza.
—¿Qué ocurre?
Mi padre nos mira a todas, una por una, y por primera vez desde que tengo memoria, parece dudar antes de hablar.
—Hay algo importante que deben saber.
El silencio se vuelve denso, casi palpable.
Y mi madre, con el ceño fruncido, da un paso al frente.
—¿A qué te refieres?







