—No —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía por dentro.
Elena levantó el rostro.
—Lila…
—No así.
Mi hermana me miró como si esas dos palabras le dolieran más que un golpe. Por un instante, no vi arrogancia en ella. No vi esa máscara cruel con la que había aprendido a defenderse del mundo. Vi agotamiento. Vi a una mujer que llevaba demasiado tiempo huyendo de una verdad que la había alcanzado incluso dentro de su propia mente.
Elena tragó saliva. Sus dedos temblaron a los costados de s