La obsesión del Alfa
La obsesión del Alfa
Por: Lulival
Capítulo 1 POV Lila

El sueño volvió a encontrarme.

No llega como los sueños comunes, esos que se desvanecen al abrir los ojos. Este no. Este se aferra. Se incrusta en la piel como una espina que nadie ve pero que sangra cada vez que respiro.

Estoy otra vez ahí.

El carruaje detenido. El silencio extraño en medio del camino. El grito que nunca salió de mi garganta. Recuerdo las manos antes que los rostros, siempre las manos, ásperas, urgentes, reclamándome como si mi cuerpo fuera un territorio conquistado. El olor a tierra húmeda. La tela desgarrándose. Mi voz quebrándose en súplicas que nadie escuchó.

—No…

Intento decirlo, pero en el sueño nunca suena. Nunca tengo voz.

Lo peor no es el dolor. Es la certeza. Esa sensación insoportable de que todo estaba decidido mucho antes de que yo lo supiera. Como si mi destino hubiera sido escrito en una tinta oscura y cruel.

Despierto de golpe.

El aire no entra bien en mis pulmones. Mis manos tiemblan sobre las sábanas. Mi camisón está pegado a la piel, húmedo. Tardo unos segundos en recordar dónde estoy. El techo alto. Las cortinas pesadas. El lujo frío que nunca llega a sentirse como hogar.

Esto en el palacio de Sebastián Castellan, el rey, mi prometido.

Me incorporo lentamente, pero el temblor no se detiene. Es como si el sueño no se hubiera ido del todo. Como si algo dentro de mí insistiera en mantenerlo vivo, en repetirlo, noche tras noche, sin descanso.

No olvides.

Esa es la sensación.

No olvides.

Aprieto los dedos contra mi pecho, como si pudiera contener el eco de lo vivido, pero es inútil. Nunca se detiene. Nunca me deja en paz.

Respiro hondo. Una vez y otra. Pero no es suficiente.

Siento que no puedo quedarme aquí.

Salgo de la cama sin encender las luces. No quiero ver mi reflejo. No quiero comprobar si en mis ojos todavía vive ese miedo. Camino descalzo por la habitación y abro la puerta con cuidado, como si el silencio pudiera romperse con el más mínimo gesto.

El pasillo está vacío.

Eso, por sí solo, ya es extraño.

Desde que llegamos al palacio de Sebastian, siempre hay guardias. Siempre. En cada esquina, en cada acceso, en cada puerta. Él insistió en ello. Por mi seguridad.

Por mi bienestar.

Por mi tranquilidad.

Pero ahora, no hay nadie.

Avanzo despacio, sintiendo el frío del suelo bajo mis pies. El silencio no es reconfortante. Es inquietante.

—¿Hola…?

Mi voz suena baja, insegura. No espero respuesta. No la hay.

Sigo caminando.

Tal vez debería volver a mi habitación. Tal vez debería llamar a alguien. Pero hay algo dentro de mí, una inquietud que no logro nombrar, que me empuja hacia adelante.

Hacia el jardín.

Desde que llegue al palacio siempre he encontrado algo de paz ahí. Aunque sea una ilusión. Aunque dure solo unos minutos.

Empujo la puerta que da al exterior y el aire nocturno me envuelve. Es fresco, suave. La luna ilumina los senderos de piedra con una claridad tenue, casi irreal.

Y entonces lo veo.

El lugar, mi lugar favorito y me detengo.

No puedo evitarlo.

El pequeño claro entre los rosales, donde las luces doradas cuelgan como estrellas atrapadas. Donde el mundo pareció detenerse aquella noche.

Donde Sebastián se arrodilló frente a mí y me pidió matrimonio.

—No me importa lo que te hicieron, Lila —me dijo entonces, con esa voz firme que siempre parecía protegerme de todo—. No cambia nada. Tú sigues siendo tú. Y yo, yo te amo. Además nadie tiene porque enterarse.

Recuerdo haber llorado como nunca.

En ese instante, todo el dolor, toda la vergüenza, todo lo que había perdido, pareció encontrar un lugar donde descansar. Porque él estaba ahí. Porque me eligió incluso rota.

Porque me amaba o eso creí.

Doy un paso hacia el claro y entonces escucho voces.

Me detengo de inmediato.

Reconozco la suya.

Sebastian.

No debería estar aquí a esta hora y no está solo, la otra voz es de Elena. Mi hermana menor.

Mi corazón da un vuelco.

No sé por qué, pero no me acerco. No salgo a su encuentro. Me quedo donde estoy, oculta entre las sombras, como si algo dentro de mí supiera que no debo ser vista.

—Esto se ha prolongado más de lo necesario —dice Sebastian, en un tono que no le conocía—. No podemos seguir así.

—No fue mi decisión —responde Elena, suave, casi herida—. Tú fuiste quien insistió.

Hay un silencio breve.

—Era la única manera —dice él finalmente—. Necesitaba mantenerte a salvo.

Siento cómo mi respiración se vuelve más lenta, más pesada.

—¿A salvo, de qué exactamente? —pregunta ella—. Porque no me parece que casarte con mi hermana sea una solución sencilla.

Sus palabras me atraviesan. ¿De qué se trata esto?

—Es la única solución —replica Sebastián—. Mientras todos crean que mi interés está en Lila, tú quedas fuera del juego y no correrás ningún peligro.

El mundo se inclina ligeramente porque no entiendo.

No quiero entender.

—Siempre encuentras la forma de justificarlo —dice Elena, con una risa baja—. Incluso aquello…

Se detiene.

—No empieces —la interrumpe él, más brusco de lo que jamás lo he escuchado.

—¿Por qué no? —insiste ella—. Después de todo, funcionó, ¿no? La destruiste justo lo suficiente para que dejara de ser una amenaza para mi.

Siento que el aire desaparece.

—No fue para tanto —dice Sebastián, pero su voz no suena convincente.

—Claro que lo fue —responde Elena, casi con dulzura—. Lila siempre me ha odiado. Siempre me ha molestado —hace una pausa— y agredido.

Mis manos comienzan a temblar. Aquello es una mentira porque Elena siempre a sido la que me a maltratado a mí no al revés.

—No la odio —dice él. — pero tenía que asegurarme de que recibiera su merecido. Debía pagar por todo el daño que te ha causado.

—Entonces dime —susurra Elena—, ¿a quién amas?

El silencio que sigue es largo, demasiado largo y cuando finalmente habla, su voz es más baja, más íntima.

—A ti.

Todo dentro de mí todo se termina de romper.

No soy capaz de gritar, pero si lo que entiendo es correcto Sebastián está detrás del ataque en donde aquellos hombres…

—Siempre ha sido así —continúa él—. Desde el principio.

—Entonces. ¿Estás seguro de que Lila no te interesa? —murmura entonces Elena.

—Ya te lo dije, ella es un medio para protegerte—dice Sebastián, con una calma que me resulta insoportable—. Nada más. Un sacrificio necesario.

No puedo moverme, siento que no puedo respirar y no soy ni capaz de pensar con claridad.

¿Cómo podré seguir adelante?

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