Mundo ficciónIniciar sesiónEl viaje no fue solo largo.
Fue agotador de una forma que nunca había experimentado antes, porque no se trataba únicamente de la distancia, sino del ritmo, de la resistencia, de la forma en que los cuerpos de los lobos parecían avanzar sin esfuerzo mientras el mío se quedaba atrás, obligándome a reunir fuerzas que no sabía que tenía, a ignorar el dolor en las piernas, la pesadez en el pecho, el cansancio que se acumulaba como una segunda piel imposible de quitar.
No era como ellos.
Nunca lo sería.
Y cada paso me lo recordaba.
Hubo momentos en los que pensé que no llegaría, en los que el mundo parecía reducirse al sonido de mi propia respiración y al latido insistente de un corazón que ya no sabía si seguía funcionando por inercia o por costumbre, pero no me detuve, porque no tenía a dónde volver, porque lo que dejé atrás ya no existía para mí.
Cuando finalmente divisamos el castillo de Cassiel Raventhorn, no sentí miedo.
No de inmediato.
Sentí algo más cercano a la incertidumbre, a una calma extraña que no sabía si era resignación o simplemente la ausencia total de expectativas, porque después de todo lo que había vivido, después de todo lo que había perdido, no quedaba mucho más que pudiera arrebatarme.
El lugar no era lo que esperaba.
No había decadencia.
No había oscuridad en el sentido que me habían imaginado.
Había silencio, orden y la sensación de una presencia imponente.
Cuando atravesé las puertas, no fueron hombres o lobos quienes me recibieron.
Fueron mujeres, humanas como yo.
Eso me sorprendió más de lo que debería.
No vestían como damas de la nobleza, pero tampoco como esclavas, no había cadenas, no había miradas vacías, no había ese rastro de sometimiento que había aprendido a reconocer incluso en los gestos más pequeños.
Había algo distinto.
—¿Eres una de las hijas del duque Whitmore? —dijo una de ellas, acercándose con una leve inclinación de cabeza, no sumisa, sino respetuosa—. Te estábamos esperando.
Asentí.
No supe qué decir más que mi nombre era Lila.
Ellas me guiaron hacia el interior, hablaban entre ellas con naturalidad, como si aquel lugar fuera suyo, como si no vivieran bajo la sombra de un Alfa al que el mundo entero temía.
Y eso me desconcertó.
El corazón me dolía todavía, de una forma constante, profunda, como si la verdad sobre Sebastián y Elena no hubiera terminado de asentarse dentro de mí, como si cada paso que daba lejos de ellos no fuera suficiente para alejarme realmente de lo que me habían hecho.
Pero por primera vez ese dolor no lo llenaba todo.
Había espacio para algo más.
Duda, curiosidad hasta tal vez una pequeña chispa de esperanza que no me atrevía a nombrar.
Me llevaron a una habitación amplia donde otras mujeres ya estaban reunidas, y al entrar, sentí sus miradas sobre mí, evaluándome, no con crueldad, sino con una especie de reconocimiento silencioso que me hizo sentir comprendida.
Eran al menos diez.
—Otra más —murmuró una, con una sonrisa leve—. Parece que hoy la suerte estuvo de nuestro lado.
No entendí a qué se refería.
Pero no pregunté.
El baño llegó después.
Aguas perfumadas que envolvían mi cuerpo con una suavidad que contrastaba con la dureza del viaje, manos que no invadían, que no exigían, que solo ayudaban, que solo estaban ahí, presentes, sin imponer nada.
Me dejaron sola el tiempo suficiente para que pudiera respirar, para que pudiera mirarme sin sentir que alguien esperaba algo de mí.
Cuando salí, la ropa que habían preparado no era lo que conocía.
No era un vestido de corte noble, no tenía los bordados que solían definir mi posición, no era lo que habría elegido en otro momento y aun así, cuando lo sostuve entre mis manos, sentí algo distinto.
Era ligero se adaptaba a mí figura y la realzaba.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentí que mi cuerpo fuera algo que debía esconder.
Cuando regresé con ellas, las conversaciones fluían con una naturalidad que me sorprendía, como si compartieran algo más que un destino común, como si aquel lugar, lejos de ser una prisión, se hubiera convertido en algo distinto.
—Somos tributos —dijo una de ellas cuando finalmente me atreví a preguntar—. Todas lo somos.
Miré a mi alrededor.
—¿Y él se acuesta con todas ustedes?
—Nunca nos ha tocado —respondió otra, sin rastro de vergüenza, sin incomodidad—. Ni una sola vez.
El silencio que siguió fue mío.
—¿Entonces… para qué…?
—Para hacer recordar a los hombres —dijo la primera, con una calma que parecía ensayada por la vida misma—. Para dejar claro que la ayuda de los lobos no es gratuita, que cada favor tiene un precio, aunque no sea el que los humanos esperan.
—Cassiel elige a quién ayudar —añadió otra—. Siempre lo ha hecho. Y cuando lo hace, exige algo a cambio, no por necesidad sino por principio.
—Pero no somos esclavas —intervino una tercera—. Nunca lo hemos sido, nuestra vida aquí es mil veces mejor de lo que hubiera sido en nuestros hogares.
Y era verdad, podía verlo y sentirlo en ellas.
—Somos prueba —continuó—. De que todo acto tiene consecuencias.
Procesé cada palabra lentamente.
Y algo dentro de mí comenzó a cambiar.
La imagen que tenía de él, construida a partir del miedo, comenzó a resquebrajarse.
No era lo que esperaba y eso me inquietaba más que cualquier amenaza.
Cuando finalmente dijeron que era momento de presentarme ante él, no sentí terror.
No como debería, pensé que tal vez estaría bien.
Que tal vez, después de todo este lugar no sería peor que vivir con Sebastián quien si Elena hubiera deseado me hubiera fingido un nuevo secuestro solo para atormentarme.
Qué equivocada estaba.
El accidente ocurrió en un pasillo amplio, decorado con pinturas antiguas que parecían observar cada paso que daba, y aunque intenté mantener la calma, mis manos aún no dejaban de temblar del todo, mi mente aún arrastraba el cansancio, el dolor, la confusión de todo lo vivido.
Una de las mujeres —Cinthia, una omega, como se había presentado — caminaba a mi lado cuando aquello sucedió.
—Esa pintura —murmuró de pronto—. Era de su madre, no quedan muchas de ella en el castillo.
Giré ligeramente la cabeza y entonces ocurrió.
Mi hombro rozó el borde de una mesa y un jarrón cayó.
El sonido del impacto rompió el silencio con una violencia inesperada.
El líquido se derramó sobre la pintura que minutos antes había tirado por accidente.
—No… —susurré, acercándome de inmediato. ¡Porque tenía que ser tan torpe!
Intenté limpiar el cuadro, aunque Cinthia intento detenerme.
Solo intentaba arreglarlo.
Mis manos torpes, desesperadas, hicieron más daño del que pretendían reparar, arrastrando el pigmento incrustado, deformando la imagen hasta convertirla en algo irreconocible.
—Detente —repitió Cinthia, pero ya era tarde.
Muy tarde y entonces lo sentí antes de verlo.
Esa presencia, tan pesada como oscura.
Levanté la mirada y lo encontré.
Cassiel Raventhorn estaba frente a mí, estaba segura de que era él.
Y la forma en que me miraba no era solo furia era algo más.
Algo que hizo que todo mi cuerpo se tensara, que cada instinto gritara dentro de mí sin que pudiera moverme, sin que pudiera apartar la vista.
Como si en ese instante… no fuera una mujer frente a un Alfa.
Sino una presa frente a algo que no estaba seguro de querer perdonarla.
Y por primera vez desde que llegué sentí miedo de verdad.
Uno que no venía del pasado sino de lo que estaba a punto de comenzar.
¿Había hecho algo imperdonable?







