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Cada mañana, una sirvienta, con su uniforme impecable, diligentemente preparaba el desayuno para su jefe y su esposa, hoy era el turno de unos huevos con tostadas y un jugo de uvas para comenzar el día. Tan diligente y cuidadosa, como hermosa, Emma Castillo, ese es su nombre, un amor de persona, que siempre piensa en los demás antes que en lo que ella necesite.
Trabaja a tiempo completo en la mansión de los Harrington. Para Emma, no importaba el tipo de trabajo que hiciera, nada de eso importaba si podía obtener el dinero necesario para pagar el tratamiento de su madre, Carmen, quien padece una enfermedad hasta el momento “incurable”. Lo que más le aterra es perderla y perderse a sí misma. También, debe pagar sus estudios en una universidad prestigiosa, entró con una beca pero solo cubre la mitad, el resto debe pagarlo ella misma. Un ruido la distrajo apenas colocó ambos platos en la mesa del comedor. “De nuevo se pelearon… No otra vez… Todos los días es lo mismo… Ella es muy… Egoísta con él… Y él no se da cuenta… Ojalá pudiera cambiar las cosas… Al menos para él… No se como es que se enamoró de ella… ”. Pensaba mientras volvía a la cocina. Después de unos minutos donde Emma comió, lavó los platos y se dispuso a limpiar lo que quedaba en la estufa. Una hora más tarde, limpiaba las ventanas de los corredores, cerca de la habitación de aquella pareja algo disfuncional. Esta vez se escuchó como se abría la puerta, de esa habitación salió el jefe de este hogar, billonario, con poder, pero su cara lo decía todo… Él no era feliz con su actual esposa. Si nombre es… Emma lo notó y se detuvo para saludarlo. — Buenos días señor Alexander. Ella podía notar la cara de cansancio que traía, sus ojeras marcadas, sus ojos apagados, él nunca ante los medios se veía así, siempre lo enmascaraba, menos de Emma. Y él, siempre le sonreía, como si nada hubiera pasado pero su cara lo decía todo. — ¿Señor…? ¿Por qué luce tan cansado?, ¿Ha pasado algo?... —le pregunto mientras veía como cerraba la puerta detrás de él. — … Creo que usted, no ha dormido de nuevo… Alexander la miró con unos ojos tristes, su cabello, usualmente bien peinado y arreglado, luce como un desastre andante. Suspiró, pasándose una mano entre sus cabellos. — Ah… Eso, no es nada, Emma, solo son… Asuntos personales… —dijo. — No es nada de lo que tengas que preocuparte, en serio, no te preocupes. —sonrió ligeramente. Emma solo asintió y se quedó en silencio, Alexander caminó hasta una de las ventanas que ella recientemente había limpiado. El observaba hacia el jardín, con sus manos detrás de él. Más aún, el silencio no era para nada incómodo entre ellos. Era como si este silencio, dijera más entre ambos. — Sabes… Me alegro que te preocupes por mí, eres muy amable, muchas gracias Emma… Ya llevas un año aquí… ¿Cómo te sientes?... ¿El trabajo no se te dificulta nada, verdad?... Sé que las cosas se pueden volver un poco pesadas y algo caóticas… Por aquí, aunque seamos nada más los tres. —comentó. — No, al contrario, estoy bien, yo me he acostumbrado a su hogar… Déjeme le sirvo café, aún es temprano, le vendría bien para empezar el día. Emma se tomó unos minutos para caminar hasta la cocina y volver con una taza de café. Alexander solo asintió apenas vio la taza de café humeando entre los dedos de Emma. La tomó suavemente y tomó un pequeño sorbo. — Gracias… Sin duda eres maravillosa, Emma. — No tiene por qué agradecer, este es mi trabajo. — Insisto eres muy buena en esto, Emma. —dijo tomando otro sorbo. — No se como lo haces pero me encanta cuando cocinas o preparas bebidas... Emma solo sonrió, le gusta que solo él le hable así, que la elogie y que note todo el esfuerzo y amor en lo que prepara todos los días… Pero luego esa sonrisa se desvaneció. Temía preguntar lo siguiente pero era necesario. Siempre era necesario. — ehem… Señor, ahm… La señora Natasha, ¿comerá su desayuno como siempre?... Alexander se tenso apenas Emma mencionó a su esposa. Es lo que más evita y lo que más le da estrés. — Ah sí, el desayuno de Natasha… —dijo con una sonrisa incómoda, casi sarcástica solo para aparentar lo obvio. — Yo le he preparado huevos con tostadas y juego de uva señor. — Oh no, esta vez, mínimo querrá comer fruta, yogurt griego y un poco de granola… Ah, y por favor no le añadas nueces esta vez… La última vez por poco te despide… Hizo un escándalo que aún me siguen persiguiendo esas palabras. — Lo sé, por eso desde esa vez le he estado preparando huevo y tostadas. Alexander se acercó hasta estar frente a frente con ella, estaba nervioso de solo sentir la proximidad de Emma. Era mucho más alto que ella, 1,90.. y Emma medía apenas 1,70… a veces parecía que media menos al lado de él. Y de alguna manera, se sentía vulnerable cerca de ella. — Emma, si… si ella alguna vez te da problemas… No dudes en acudir a mi, eres… Importante para mí. —lo susurro solo para que ella lo escuchará, nadie más, solo ella. — Lo tendré en cuenta… Muchas gracias, señor… —asintió. Emma retomó su trabajo como de costumbre, mientras Alexander se encontraba perdido entre sus pensamientos, después de unos segundos sacudió su cabeza y se dirigió a la puerta. — Creo que debería irme… Tengo que revisar algunas cosas… si algo cambia con tus estudios o con tu madre, por favor házmelo saber… tú sabes que quiero ayudar de la manera que pueda, sabes que cuento con los recursos necesarios. —exclamó con una sonrisa sincera. Al haber dicho esas últimas palabras, se retiró, dejando a Emma sola para que continúe haciendo su trabajo. Cuando escuchó sus pasos alejarse, no pudo evitar sentir una mezcla de gratitud y también, empezaron a brotar sentimientos que no debería tener por quién le dio este trabajo, es un sentimiento prohibido pero que a su vez, no podía dejar de pensar en él de esa manera.






