El silencio en la habitación era distinto esta vez.
Emma estaba sentada en el borde de la cama, aún envuelta en la chaqueta de Alexander. La prenda era demasiado grande para ella... Las mangas le cubrían casi hasta las puntas de los dedos, pero el calor que desprendía no tenía nada que ver con la tela. Sus manos seguían frías, aunque ya no temblaban con la misma intensidad de antes.
Alexander no se había marchado.
Seguía ahí, de pie frente a ella, observándola con esa intensidad que parecía cap