El silencio se extendió entre ambos durante unos segundos que se sintieron eternos, como si el tiempo mismo hubiera decidido detenerse en esa cocina pequeña y mal iluminada.
La luz tenue de la lámpara sobre la encimera dibujaba sombras largas en las paredes, suavizando los contornos de los muebles viejos y creando un espacio que parecía más íntimo.
Emma no había retirado la mirada. Sus ojos, de un marrón profundo que siempre parecía esconder más de lo que revelaba, permanecían fijos en los de