Emma intentó incorporarse para demostrar que estaba bien, que no se sentia mal o que estaba enferma, pero Alexander la detuvo colocando una mano suave pero firme sobre su brazo.
— No, quédate quieta, no debes de levantarte... Sigues con fiebre... —dijo suavemente.
No fue exactamente una orden, ni tampoco una simple petición. Fue algo entre las dos cosas, con ese tono que solo él sabía usar. Su mano se quedó unos segundos más sobre su brazo antes de apartarla con cuidado.
— ¿Qué… pasó? —preguntó