Mundo ficciónIniciar sesiónDurante cinco años de matrimonio, Susana Mendoza le había dado un hijo a Rodrigo Morales. Ella creyó que, aunque su relación no fuera apasionada, al menos era estable... por lo que imaginó que seguirían así para siempre. Pero todo cambió cuando Lorena Salas regresó al país. Ahí fue cuando Susana lo entendió todo: siempre había sido la pieza sobrante. Rodrigo no dudaba en dejarla de lado una y otra vez por Lorena, sin importarle nada. Incluso su propio hijo se mostraba más cercano a esa mujer que a ella. Por suerte, todo era un contrato. En siete días, Susana al fin sería libre. Y esta vez… de verdad.
Leer más—¿No sabías? —preguntó Camila mientras tomaba un sorbo de su bebida—. La familia Morales se vino abajo hace ya un par de años. Con la llegada de nuevas empresas, fueron quedando rezagados hasta que terminaron vendiendo casi todos sus activos. Ya ni siquiera se les compara con negocios medianos.A Susana se le agrandaron los ojos. No tenía idea de nada de eso. Desde la última vez en el hospital, había cortado todo contacto con Rodrigo. Llevaba años concentrada en su vida en el extranjero y no se había enterado del colapso empresarial de los Morales.Mientras comían, Clara arrugó la carita:—Papá, me siento mal… me duele la panza y quiero vomitar.Leandro tocó su frente y frunció el ceño.—Está ardiendo. Seguro es por el cambio de clima… se resfrió.Susana se levantó de inmediato y salieron a buscar un taxi para ir al hospital.Después de un control pediátrico, el médico le recetó antipiréticos. Tras tomar la medicación, Clara se durmió acurrucada en los brazos de Susana, provocando una
Cuando la voz se despidió, llegaron los policías.Lorena no opuso resistencia cuando le pusieron las esposas. Esta vez no gritó, no forcejeó. Su expresión era la de alguien que ya lo había perdido todo.Susana, aún temblando, sostuvo la mano de Rodrigo con fuerza.—Rodrigo… aguantá. La ambulancia está por llegar. Por favor, no te rindas —suplicó con la voz quebrada.Rodrigo apenas pudo mover los labios. Su voz era apenas un susurro:—Perdoname, Susana… Esto… esto era lo que te debía. Mi deuda de esta vida…Diez minutos después, Rodrigo entró a emergencias. Los médicos lucharon por su vida durante horas hasta que, finalmente, su corazón volvió a latir.Susana, preocupada, decidió quedarse unos días más en el país para cuidarlo. Al igual que antes, volvió a velar por él en silencio.Cuando Rodrigo abrió los ojos, lo primero que vio fue a Susana. Ella le acercó un vaso de agua y le preguntó cómo se sentía. Él no respondió de inmediato. Solo unas lágrimas silenciosas rodaron por su rostro,
Rodrigo se quedó helado. Todo el color abandonó su rostro. Desde que Susana se había ido, Matías lo era todo para él. Si le pasaba algo a su hijo, probablemente ni siquiera tendría ganas de seguir viviendo.Susana, que había alcanzado a escuchar lo que decía la persona al otro lado del teléfono, mantuvo la calma y le dijo con firmeza:—Tranquilo. Preguntá primero si alguien más fue a buscar a Matías.Rodrigo comenzó a llamar desesperado. Uno por uno, contactó a todos los que conocía. Nadie sabía nada. Hasta que recibió un mensaje:“Matías está conmigo. Si querés que viva, no llames a la policía. Traé quinientos mil dólares en efectivo.”A continuación, venía la dirección de una fábrica abandonada.Rodrigo, con la voz quebrada y temblando, le mostró el mensaje a Susana:—Se llevaron a Matías… ¡lo secuestraron!Ella palideció por un instante, pero enseguida recuperó el control.—Vamos a hacer lo que dice. Yo voy con vos.No importaba todo lo que había pasado: Matías era su hijo. No pensa
Cuando terminó la reunión con la empresa, Susana se encontró, al salir del edificio, con un lujoso Maybach aparcado justo frente a la puerta. Apoyado con aparente calma contra el auto, estaba Rodrigo.Susana frunció el ceño. No había dicho a nadie que tenía una cita comercial en ese lugar. ¿Cómo lo había averiguado?Rodrigo la vio y se acercó de inmediato.—Susana, ¿podemos hablar un momento?Finalmente, ella aceptó subir al auto. Sabía que había muchas cosas que debían decirse de una vez por todas.Durante el trayecto, Rodrigo le lanzó una mirada de reojo mientras conducía.—Me contaron que abriste tu propia editorial. ¿Es cierto?Susana asintió con frialdad. Rodrigo no se molestó por su actitud; al contrario, continuó con una sonrisa tenue:—Nunca supe que te gustara tanto escribir.—Porque nunca te interesaste en conocerme. Si no te importaba quién era yo, menos ibas a saber qué me apasionaba —respondió ella, irónica.Rodrigo se quedó sin palabras, con una expresión incómoda. Justo





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